Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


viernes, 21 de noviembre de 2014

AMOR DE LOCO

Salvador Dalí
(Paranoia, 1944)
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Nunca pensé que me haría algo así. Ella siempre fue conmigo una buena mina, pero no tenía derecho a hacerme eso. Él mismo me lo dijo, con una frialdad que me asombró. ¿Cómo podría hablarme así de mi propia novia? Era obvio que dieciséis años atrás las cosas habían sido diferentes. La pasión nos unía y también ese espíritu aventurero que nos llevó a recorrer a dedo todo el país. Hace dieciséis años estábamos muy enamorados y a pesar de que con el tiempo nuestro noviazgo se fue enfriando, yo creía que ella me seguía queriendo como entonces. ¿Por qué este imbécil vino y me lo contó? ¿Qué quiso? ¿Qué yo la dejara para que la ganase él? ¡Qué idiota! Justamente a mí me va a patear la mina... Lo miré con una sonrisa irónica y no le dije nada. Al otro día la encaré: era cierto. Ella me dijo lo mismo. Yo ya estaba preparado para eso, así que tomé coraje y la corté ahí mismo.
Esa noche lo invité a tomar una cerveza y, curiosamente, aceptó. Le dije que yo ya no la vería más, que me había defraudado y que le agradecía que me lo haya dicho así, de frente, de hombre a hombre. Él fingió condolencia hacia mí pero en realidad sé que se alegró. Saqué la cuchilla todavía ensangrentada, se la mostré y, aliviado, le dije que a pesar de todo no la olvidaría jamás.

DISPAROS

. A la memoria de H.Q.
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. No sé muy bien por qué estoy acá, si todo fue un accidente... Todavía los oídos me palpitan por la explosión. Federico me había apuntado sin querer mientras le pasaba el trapo al cañón. Le dije que tuviera cuidado, que no apuntara, y me contestó riendo: ¡Cagón! ¡Está descargada!... Por las noches todavía escucho los disparos y me despierto sobresaltado. Los escucho de día también. Sus rostros se me aparecen en los espejos, a través de las paredes. A mi padre lo conozco por el retrato pintado que siempre estuvo colgado en la pared de la sala. Lo imagino bajando de la canoa con esa escopeta. Y escucho una y otra vez el disparo. Y me veo dentro de unos años con la misma escopeta en mis manos... Yo no le disparé a propósito a Federico. Primero a la escopeta la tenía él. Él era el que le estaba pasando el trapo por el cañón. Yo limpiaba la funda y acomodaba los cartuchos en la caja. Pero se la saqué. Ya me había apuntado varias veces sin querer y no me había gustado nada. Mi madre tampoco tuvo la culpa del ataque de apoplejía de Ascencio, mi padrastro. Y menos yo, que lo encontré ahí, recién muerto por propia voluntad. ¿Por qué me dejan solo? Y ahora vos, Federico. Te dije, a las armas las carga el Diablo, y te me reíste en la cara. Cagón, me dijiste. Te sacudí para que me dijeras que estabas bien, pero tamaña herida y el hilo de sangre que bajó de tus labios fueron suficientemente expresivos. El olor a pólvora y el charco de sangre me descompusieron. Tuve ganas de vomitar e intenté salir corriendo, pero una mano en la frente me lo impidió. Disparos y más disparos. Me pregunto cómo será morir de un tiro en la cabeza. Me pregunto si el cianuro no será menos violento, menos doloroso, más romántico... A Federico se le dieron vuelta los ojos y yo le grité: ¡¿Estás bien?! ¡Contestame! Pero todo fue inútil. Todavía nadie me preguntó nada. Solo me trajeron a los empujones hasta aquí sin escuchar mis explicaciones. Maldita escopeta. Mi madre la tendría que haber tirado o regalado cuando lo de mi padre. Pero no. El destino funesto de ese cañón no me va a dejar dormir más. Las detonaciones me persiguen. No soporto más estar acá encerrado. ¿A quién le digo que fue un accidente? ¿Cuándo me van a escuchar? Federico me apuntó... Y me dijo que el Diablo nada sabe de armas. Y se la saqué. Tironeé con él y escuché el disparo. No gritó. Ni siquiera gimió. Como si se hubiera dado cuenta de que no fue culpa mía. Sólo se desplomó en el suelo y yo alejé la escopeta de Federico... pensando quizás que él hubiese querido vengarse, dispararme... Y cuando sentí en la boca mis entrañas, la gente de la casa comenzó a llegar. Todo sucedió tan rápido que no sé si lo voy a poder explicar. Los disparos siguen sonando en el aire y mi padre, mi padrastro y Federico me miran a través de las rejas. Pasan unos segundos y se van diluyendo en las penumbras, se van alejando, me van abandonando definitivamente. Estoy solo como siempre lo estuve y quizás siempre lo estaré. No quiero escuchar nunca más disparos de escopeta. ¡Por favor, que alguien venga y me diga: Oiga, Quiroga, ¿qué fue lo que pasó?!

HACIENDO LA COLA

"Negro y violeta"
Wassily Kandinsky
(Rusia, 1966/Francia, 1944).
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Cuando ingresé al banco que lleva el nombre de mi provincia, la Invencible, me quedé un poco sorprendido. A pesar de estar en pleno invierno, en Santa Fe se sentía una pesadez muy particular, sobre todo adentro de un banco, el día de vencimientos, a última hora. Apenas traspasé la puerta, me detuve y no supe dónde ir. Fue en 1987. Estaba estudiando en la facultad, pero ayudaba a mi viejo con su laburo. Debía abonar todos los impuestos que sus clientes le encomendaban, a cambio de… de que me siguiera manteniendo sin laburar. No era la primera vez que lo hacía, podía decirse que ya estaba canchero en esos menesteres, y por eso mismo, a pesar de mi mal humor al ver tanta gente haciendo cola en las cajas, iba preparado: un buen libro y a otra cosa. Me relajé, tomé coraje y elegí una de las cuatro cajas habilitadas. A mi parecer, la que menos gente la formaba. Me había puesto en puntas de pie para ver por encima de la gente que se amontonaba desprolijamente y a pesar de saber que cualquiera de las colas me sería indistinta, por esas cuestiones del momento y porque uno actúa sin pensar, interrogué a una señora mayor, la última de la cola por mí elegida.
—Disculpe, señora. ¿Esta es la cola para pagar impuestos?
—Ah, no sé mijito, yo no sé. Yo acá siempre pago la luz.
—Entonces sí, acá cobran los imp…
—¡No sé, no sé! —me interrumpió la ahora vieja— Pregunte en la caja.
Preguntar en la caja… Se me presentaban algunos problemitas. Primero, apenas divisaba a una de las cuatro que estaban habilitadas; segundo, llegar me acarrearía varios pisotones y empujones, me podrían quemar la campera de nailon con un cigarrillo —en el 87 todavía se fumaba donde a uno se le antojaba—, pero sin pensarlo demasiado, me aventuré. Comencé a abrirme paso discretamente entre la gente y, por supuesto, sucedió lo que ya me había imaginado.
—¡Eh, usted! ¡La cola está más atrás! —me dijo un cuarentón de manera no muy amigable.
—¡No sea vivo! —me gritó otro más viejo y más ofuscado todavía—. ¡Todos estamos haciendo la cola! ¡Y no hay una sola! —recalcó.
Fue el principio de un griterío que en poco segundos me dejó como blanco principal de los insultos de cientos de contribuyentes que evidentemente ya hacía un buen tiempo que esperaban resignadamente su turno en la cola. Con timidez y sin muchos ánimos de dar explicaciones, me detuve e intenté una débil defensa:
—Eh… yo solo quería saber si esta es la cola para pagar impuestos…
—¡No! —gritó un irónico—. Estoy acá esperando cobrar la herencia de mi tío de Italia…
—¿No ve usted —me dijo un anciano de manera increíblemente cordial— que tenemos todas las boletas de nuestros impuestos en la mano? ¡Hace ya como dos horas que estoy en este infierno!
—Gracias… Y disculpe…
Eché una mirada a mi alrededor y caí en la cuenta de que el noventa por ciento de las personas que estaban en el interior del banco esperaba pagar sus impuestos antes que yo. Suspiré resignado y volví a evaluar a simple vista cuál de las colas era la más corta. Fue una elección difícil, pero ya en aquel tiempo me pasaba lo que me sigue pasando hoy cuando opto por una cola en el supermercado: elijo siempre la más corta y me voy mucho después de los que se ubicaron en otras cajas después que yo. Siempre delante de mí se ubica alguien que pide factura o que no le anda la tarjeta de crédito o que se olvidó de pesar la verdura o simplemente a la cajera se le termina el papel de la impresora y —oh, casualidad— es nueva y nunca desde que trabaja le había tocado cambiarlo aún, lo que implica el llamado a la encargada para que le explique cómo se hace. No obstante ello, elegí la que me pareció más conveniente. Debo aceptar que jugó un poco también la cara del cajero. A pesar de que estaba lejos, pude ver en su rostro un gesto más aliviado que el de sus otros tres compañeros. Pero no tuve en cuenta que me daba las espaldas una señora de avanzada edad que comenzó a mirarme de manera molesta y constante. Intenté no ponerme nervioso, pero la vieja pudo más.
—Tenemos para rato, ¿no? —le dije sin ganas.
—¡Qué le parece! De acá no nos vamos hasta la noche… —contestó de mal humor y con voz chillona.
Comencé a transpirar, me sequé fastidiado con mi pañuelo la frente y me puse a mirar a mi alrededor. El libro que contenía la veintena de boletas de impuestos a pagar estaba demasiado cerrado y no tuve ganas de abrirlo. Advertí que la gente ya se va preparada y resignada a hacer esas largas colas. No entiendo todavía hoy por qué aceptamos las cosas que no nos gustan y que sabemos que son mejorables. No entiendo por qué bajamos la cabeza y no nos rebelamos de una vez por todas. Pero que yo no lo entienda no quiere decir nada. Vi que muchos no pueden contener su lengua y utilizan a su ocasional compañero de desgracia para aturdirlo durante las dos o tres horas de espera, hasta que llega —al fin— el turno en la caja y el adiós aliviador. A pocos metros de mi posición, un poco más adelante, un muchacho de mi edad leía a Kafka. Elección seguramente demasiado arbitraria para la ocasión. Más allá una señora tejía escarpines celestes para un futuro nieto y, a su lado, un señor de traje, muy bien peinado y con maletín en su mano derecha, cerraba sus ojos para concentrarse en la música proveniente de sus walkman. Estaban también los infaltables lectores de diario y los fumadores empedernidos que encendían un pucho detrás del otro. También enriquecían esas colas aquellos que te improvisan un diálogo o monólogo por el solo hecho que en un determinado momento no tuviste más remedio que mirarlo a los ojos; los babosos de siempre: cuarentones que traspasaban con la mirada a una adolescente bastante bien formada que llevaba minifaldas y era el centro de sus comentarios libidinosos. No faltaban los politiqueros de ocasión que sacaban el cuero hasta el pobre panadero que había aumentado unos centavos el kilo de pan para no trabajar a pérdida. Y por supuesto, la infaltable vecina de ruleros plásticos bien anchos, que comentaba con su circunstancial compañera el último capítulo de la novela de la tarde, de alguna que otra serie norteamericana o de algún programa de chimentos del jet set.
Estaba incómodo. Me dolía la espalda y no soportaba el humo del cigarrillo de mi vecino. Yo fumaba, pero detestaba que me obligaran a aspirar el pucho de otro cuando no tenía ganas y sin la opción de irme libremente a otro lugar. De pronto vi entrar en escena a no de los personajes habituales de la zona bancaria santafesina.
—Señor, cómpreme tres almanaque por un austral…
—No, gracias.
—Pero dele, usted tiene plata…
—No necesito, gracias.
—Dele… Es solo un austral…
—¡No! ¡Gracias!
Al vendedor no le bastaba con ofrecer al montón. Uno por uno le iba ofreciendo su producto, insistiendo ante cada respuesta negativa y creo que ni él entendía por qué nadie le reprochaba estar ofreciendo almanaques a mitad de año.
El tiempo pasaba muy lentamente, pero yo me entretenía bastante observando a mi alrededor. En aquellos años, las puertas de los bancos cerraban a las 13.15. Y así ocurrió. Me di cuenta de que era el último de todos y que solo me salvaría de mi última posición la velocidad del cajero de la cola que momentos antes había elegido. Suspiré con resignación. Ya no llegaría a casa a almorzar y no sabía si en casa encontraría algo para comer a mi regreso. Era consciente de que como mínimo me quedaban aún dos horas de espera. Revisé las boletas que contenía mi libro, la cuenta hecha a máquina por mi viejo con el total a pagar y conté el dinero. Estaba todo perfecto. Eran cerca de veinte boletas y el importe superaba los mil quinientos australes. Era día de vencimiento y debía pagar sí o sí para evitar los recargos. Apreté fuerte el libro debajo de mi brazo y seguí con mi sana diversión de observar el accionar ajeno.
Una joven madre reprendía constantemente a su inquieto hijito que manchaba los pantalones de un viejo jubilado con su paleta de caramelo gigante. El viejito sonreía falsamente y se notaba en su mirada que tenía más ganas de pegarle a la madre que a la inocente criatura.
—¿Qué hora tiene, señor?
—Las dos, señora. ¡Qué largo se hace esto!
Pero lentamente la cola se iba acortando y sentía con entusiasmo que la caja se me acercaba a mí, más que yo acercarme a ella. Estaba cansado de esperar, pero valía la pena. Hasta el mes venidero no volvería a entrar a ese horrible banco para hacer la cola. Me chillaban las tripas por el hambre. Poca gente quedaba en el banco. La adolescente, que, confieso, a mí también me había deleitado con su simple postura de espera, ya se había ido. La vieja tejedora de escarpines ya estaría en su casa cocinando para la familia. El vendedor de almanaques estaría deambulando por bares céntricos o viajando gratis en los colectivos ofreciendo su prescindible producto de venta.
Éramos cinco —yo el último— los que quedábamos en la cola. Me sentía mejor, ya saboreaba el placer de salir del banco a las tres y media de la tarde con la obligación encomendada por mi viejo cumplida. Sus clientes deberían estar tranquilos en su casa sin pensar en que yo, infeliz, les estaba pagando sus impuestos el último día, el del vencimiento. Preparé nuevamente las boletas, reconté el dinero y volví a comprobar que nada había cambiado. Todo seguía en orden. A los cajeros se les notaba el cansancio en el rostro y en la lentitud de sus dedos. Ya casi no coordinaban sus movimientos. Y el que yo había elegido como el que en mejor estado se encontraba, era ahora el más maltrecho.
Y por fin me llegó el turno. Efectivamente, fui el último. Le sonreí al cajero a manera de saludo y le entregué las boletas, bien acomodadas. Dejé a un costado el dinero. El cajero se dispuso a hacer su trabajo, tomó las boletas, las observó detenidamente, una por una, y las dejó caer en el mostrador. Levantó la vista y me miró fijamente. Su rostro reflejaba un estado emotivo en el que no se podía descifrar si lo que deseaba era sonreír, llorar, gritar o salir corriendo de ese espantoso lugar. Ante mi mirada inquisidora, habló. Pero antes se pasó la mano por la frente y sonrió, ahora sí lo advertí, con lástima. Sospeché algo malo.
—Pibe… —me dijo serenamente.
—¿Sí?
El cajero volvió a revisar una por una las boletas, hizo un gesto como diciéndome que él no tenía la culpa, me devolvió las boletas y con un gesto casi burlón, me dijo:
—Estos impuestos se pagan todos en el banco Nación.

DOS MUNDOS

(Santa Fe, Argentina, 1958)
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Te sorprenderá verme acá, Marcela, pero sentí la necesidad de volver para hablar seriamente con vos. Hay algo adentro de mí que me lo pide, que me lo exige. Algo que no me hubiese dejado seguir por la vida si no regresaba y te lo decía. Sabés bien que me atrajiste apenas te vi. Fue tu mirada, fue tu cuerpo, fue tu sonrisa, fue tu timidez. Y fueron tu mirada y tu cuerpo los que con el tiempo nos reunieron en una noche inolvidable. Esa última noche que te vi, que te sentí, que fuimos uno, que disfruté tu cuerpo como supongo vos debés haber disfrutado el mío. Fue una noche fantástica en la que no supe interpretar tu entrega y te abandoné. Fueron tres meses y veinte días en los que no pude descansar ni pegar un ojo sin pensar en vos. Tres meses y veinte días, sí, los tengo bien contaditos, porque para mí fueron una eternidad, fueron un calvario del que hoy quiero liberarme para siempre. Por eso volví. Por eso estoy acá y advierto en tu mirada que no entendés nada. ¿Me escuchás, Marcela? Antes de que nos hiciéramos tan compinches, yo creía que nunca podríamos llevarnos bien. No formábamos parte del mismo mundo. El tuyo no iba más allá de tu humilde trabajo, de tus telenovelas siesteras y de tus lecturas de autoayuda. Yo trabajaba en el diario casi todo el día y el poco tiempo que me quedaba lo aprovechaba para continuar mi novela eternamente inconclusa, para esbozar algún nuevo cuento, para leer y releer literatura rusa del siglo XIX y para escuchar música clásica y rock nacional. Pero esas diferencias para mí no existían cuando pasabas cerca de mi computadora, en la redacción del diario, con el escobillón o con el balde y el detergente entre tus manos, sin siquiera reparar en mí. Pero entre noticias internacionales, bombas de Al Qaeda y globalización, se paseaban tus pantalones de jean ajustados, muy ajustados, gastados, perfectos; tu pelo y tus ojos negros, y tu sonrisa bien natural. Me mirás extrañada y sonreís sin entender. No digas nada. Dejame a mí. Soy yo el que debe hablar y darte una explicación. Reconozco mi error, mi cobardía. Cuando perdiste el trabajo en el diario, mi trabajo dejó de tener sentido y nació en mí la necesidad de seguir viéndote. Por eso te fui a buscar a tu casa esa tarde y te pregunté si querías limpiar de vez en cuando mi departamento, que no tenía más de cincuenta metros cuadrados y que jamás había necesitado a alguien para que lo limpiase. Si ni comía en él, qué podría ensuciar más que los ceniceros, los vasos y las tazas... Y aceptaste de buena gana, con esa sonrisa de siempre pero con tu típica timidez que a mí me atraía y me hacía sentir cierto poder sobre tu persona. Comenzaste a tocar el timbre tres veces por semana a las siete de la mañana y me obligabas a levantarme a pesar de que hacía pocas horas que me había acostado. Pero lo hacía de buena gana porque volvía a verte y desde el día anterior ya me ponía de buen humor porque te vería sonreír a mi lado otra vez. Y te cebaba mates mientras limpiabas el departamento, demorando tu tarea a propósito porque no te hubiese llevado más de una hora hacerlo por completo, y te quedabas hasta el mediodía, tomando mate, charlando o leyendo algo que me pedías prestado y yo te invitaba a quedarte y vos aceptabas sin hacerte rogar. Te quejabas de los rusos porque no los entendías y además te asustaba el tamaño de los libros y la letra tan chiquita. Me pedías poemas cursis que yo no tenía y pensaba que nunca los tendría, pero los empecé a comprar para vos, para verte leer en casa, para verte sonreír, suspirar y, a veces, hasta llorar. En fin, una excusa para tenerte a mi lado. Y un día te quedaste a almorzar y otro día te ofreciste para preparar la cena y tu mirada me gustaba cada vez más y tus cabellos negros eran cada vez más negros, al igual que tu mirada, y no sé si te dabas cuenta o no, pero yo advertía que los pantalones de jean ajustados te quedaban cada vez mejor y me empezaba a importar dos pepinos esa diferencia de mundos que vivíamos y que a pesar de todo, compartíamos. Me hacías reír mucho con tus ocurrencias y tus salidas ingenuas ante los problemas del mundo que yo, aburrido, te comentaba como última noticia cuando nos juntábamos a cenar. Pero ahora estoy acá, Marcela, pidiéndote perdón. Fueron tres meses y veinte días los que me hicieron estallar la cabeza pensando en esa última noche en que te acaricié mucho y disfruté mucho tu cuerpo blanco y bello. Noche en que me perdí en tu mirada oscura y en tu cuerpo infinito, en esa mirada que ahora observo y me gusta cada vez más. Y en esa sonrisa que me hace pensar que me escuchás pero que no me entendés, Marcela. Volví para decirte que estos tres meses y veinte días fueron fundamentales para darme cuenta de todo lo que te necesito. Y de lo que quiero al fruto de nuestro amor. Sí, por más que abras de esa manera tus hermosos ojos negros, quiero decirte que volví para hacerme cargo, para estar con vos para siempre y compartir la felicidad de nuestro hijo. Y te veo delgada como siempre pero sé que debajo de tu camisa seguramente la pancita ya debe estar asomando. Me dijiste esa noche que no te habías cuidado y lo soñé durante los tres meses y veinte días: vas a tener un bebé, nuestro bebé. Por eso, Marcela, estoy de vuelta, para mirar hacia adelante juntos y vivir definitivamente para él... o para ella. ¿Sí?
Su cara había ido cambiando desde el mismo momento en que me vio aparecer. Sus ojos negros fueron agrandándose segundo a segundo hasta casi estallar. Y luego de haber ofrecido con tanto amor mi reconocimiento de paternidad, me gritó con toda su bella personalidad:
—¡¿Pero qué decí, bolú?! ¡¿De qué guacho me hablá?!

EL PACTO

"Niños y perro" /Técnica Grafito
Maritza Álvarez


El estampido los enmudeció. No lo esperaban. No lo deseaban. Pero los tres vieron cómo Elvira se desplomaba en el piso. José arrojó la escopeta al suelo como en un acto reflejo. Pepe y Tato lo miraron con horror. Sintieron el pánico que, lo sabían, los atacaría irremediablemente si algo así llegaba a ocurrir. “¡Elvira! ¡Elvira! ¡Elvirita! ¡No, no, por favor!”, gritó José sin consuelo y se arrojó de bruces al lado del cuerpo. Comprendieron inmediatamente que ese disparo cambiaría de ahora en más su vida. Como ya había pasado con Elvira, que ahora yacía sobre la gramilla del potrero donde Urretabiscaya hacía pastar a sus mejores caballos. La explosión había hecho que cinco o seis relinchos se mezclaran e interrumpieran el silencio típico de una siesta en la pampa húmeda. Al galope y asustados desaparecieron rumbo al casco de la estancia todos los caballos, incluidos los suyos. El disparo siguió resonando en sus oídos durante seis o siete segundos. No lo dijeron, pero pensaron en lo mismo: seguramente Urretabiscaya había escuchado el disparo. El casco no estaba tan lejos y a caballo no le llevaría más de diez o quince minutos encontrarlos si se lo propusiera. Tenían ahora una urgencia. ¿Qué hacer con Elvira? ¿Qué hacer con ese frágil cuerpecito ahora? ¿Cómo hacer para que nadie se enterara de la desgracia? “Te dije, boludo. ¡Tené cuidado!”, le reprochó Tato. José inmediatamente olió sus manos y las refregó en su pantalón de jean. El olor a pólvora denunciaría sin dudas quién había jalado el gatillo. “Te lo dijimos, tené cuidado que es muy celosa”, casi gritó con desesperación Pepe. El rostro de José se desformaba segundo a segundo. No faltaba mucho para el llanto. Venía a su mente la dura imagen de Urretabiscaya, el patrón, pero sobre todo, la de sus padres. ¿Cómo explicaría lo ocurrido? “¿Y ahora qué hacemos?”, pidió ayuda desconsoladamente a sus hermanos. Tato y Pepe se miraron. José había disparado, no ellos. José había bromeado cuando le apuntó a Elvira, no ellos. José tenía el estigma de la pólvora, no ellos. Si el delicado cuerpecito yacía ahora en el piso, era culpa de José, no de ellos. “¡Todavía está viva!”, gritó José. Le tomó la cabeza suavemente con su mano derecha y la levantó un poco. Los ojos tristes lo miraban pero los párpados se le cerraban poco a poco. El abdomen subía y bajaba con movimientos bruscos. Pero la herida era muy grande y el final, inevitable. José se largó a llorar con desesperación mientras sostenía la delicada cabecita moribunda. Y pasó lo que indefectiblemente iba a pasar: Elvira dejó de respirar. Sus ojitos no llegaron a cerrarse del todo. Esa mirada fija, fría, triste, quedaría grabada en el alma de José por el resto de sus días. La apoyó nuevamente sobre la tierra sin dejar de llorar. Volvió a refregarse las manos en el pantalón. Tato y Pepe observaban a su hermano de pie, sin decir una sola palabra. A Pepe se le escapó una lágrima y sacó un pañuelo. José estaba desesperado. Repetía el movimiento casi instintivo de refregarse las manos en el pantalón y de llevárselas a la nariz para oler, una y otra vez, la pólvora delatora. Tato, quizás el menos afectado emocionalmente de los tres, pensó en Urretabiscaya. Si había escuchado el disparo, tardaría unos pocos minutos en llegar al lugar. “Hay que ocultar el cuerpo”, sugirió. “¡Y rápido!”. José, todavía arrodillado al lado del cadáver, levantó la vista y gimió: “Pero… ¡la maté!”. Pepe se limpió ahora los mocos. “¡Ya está! No podemos hacer nada ahora. Escondamos el cuerpo antes de que llegue el vasco”. José no tuvo fuerzas para levantarse. Acarició delicadamente la cabecita muerta y lloró sin consuelo. Tato comenzó a mirar a su alrededor. Puro campo, pampa infinita. El horizonte era tan llano como esa línea imaginaria que separa el cielo del mar. “Pero… ¿dónde?”, inquirió Pepe. “Hay que enterrarla”. “¡Qué!”, gritaron a dúo José y Pepe. “¡Enterrarla, boludos! ¡Qué otra cosa se les ocurre!”. José y Pepe se miraron intrigados. “¿Con qué hacemos el pozo?”. “Con los dientes, si es necesario”, dijo Tato y se echó al piso. Extrajo entre sus ropas una pequeña navaja que llevaba siempre consigo, regalo del mismísimo Urretabiscaya, y comenzó a herir la tierra. Pepe se puso a ayudarlo con la vaina servida del cartucho disparado y José se sacó el cinto y colaboró con la hebilla de bronce. La desesperación era más eficiente que las herramientas. Envueltos en un nerviosismo nunca vivido, cavaban y miraban constantemente hacia el sur, en dirección al casco, y rogaban que nadie apareciera. El cuerpo no era pequeño y las herramientas empleadas no eran las adecuadas. José no podía dejar de llorar, sabía que esa muerte lo seguiría de por vida y enterrar el cadáver y ocultar el crimen no lo libraría de la culpa. El espantoso olor a pólvora no se le desprendía y deseó estar en su casa, tranquilo, sin la pesada mochila que ahora debía llevar a cuestas.
Dos horas y media después arrojaron el cuerpo de Elvira al foso. La profundidad alcanzada fue apenas suficiente para su tamaño y la taparon en unos pocos segundos con la tierra. Apisonaron bien el montículo que se asemejaba a un pequeño tacurú y confiaron en que pronto lloviera para que la propia naturaleza terminara el trabajo. Tato se sacudió las manos, Pepe estiró sus piernas, casi dormidas, y José, sentado al lado de la improvisada tumba, dobló sus piernas, apoyó la cabeza sobre sus rodillas y continuó con su llanto interminable. La noche se acercaba. “Volvamos”, dijo Tato y alzó la escopeta. No quiso que José la volviera a tocar. “¿Así nomás?”, preguntó Pepe. Tato lo miró extrañado. “Necesita cristiana sepultura. Hagamos una cruz con dos ramas aunque sea y la clavamos al lado de la tumba”, sugirió. La reacción de Tato no se hizo esperar: “¡¿Sos boludo o te hacés?! Ponele un cartel también que diga Aquí yace la Elvira, muerta por el pelotudo de José”, agregó irónicamente. Tendió una mano a José y lo ayudó a incorporarse. “Debemos guardar el secreto. Nadie debe saber que Elvirita murió, si no estamos fritos”, dijo seriamente Tato. “Yo soy el asesino y me haré responsable”, dijo José. “¡No rompás las pelotas! Estamos los tres juntos en ésta y seguiremos juntos. Nadie se debe enterar”. Pepe asintió con la cabeza y José se encogió de hombros. “¡Dejá de llorar de una vez, vos! ¡Tenés la cara hinchada”. Ahora debían volver a pie.
Llegaron destrozados, física y anímicamente. Sus gestos los delataban. “¿Por qué volvieron solos los caballos?”, preguntó su madre. Se miraron. Recordaron el pacto. “Se asustaron con un tiro”, dijo Pepe. Tato casi se lo come con la mirada. “¡Les dije que no salieran solos con la escopeta! ¡Es peligroso!”, recriminó la madre. “Le tiramos a una perdiz”, dijo Tato para quitarle importancia al hecho. “Estuvo el patrón hace un rato. Vino a buscar a papá y se fueron al pueblo”. Ninguno de los tres hizo un comentario. “Preguntó por la Elvira”. Silencio total. La madre puso la olla con agua al fuego. “Estaba preocupado”. Les hablaba tranquilamente, como nunca. Sin siquiera mirarse, creyeron que su madre sabría algo. “¿Ustedes no la vieron, no?”. José, que siempre había sido el más débil de los tres, estuvo a punto de aflojar, de ceder, de abrir la boca. Pero Tato no le permitió romper el pacto y se hizo cargo de la respuesta. “No, no la vimos. Pero no debe preocuparse el patrón. La Elvira suele irse y volver a los dos o tres días. Nunca se pierde. Es una perra fiel”.

NO VA A SERVIR DE NADA...




—¡Aurora! ¡Traeme un lapi y un papel, por favor!
Saúl yace en la cama desde hace varios años. El accidente lo dejó inmóvil de la cintura para abajo. Su cama y su silla de ruedas son su único hábitat. Le duele la espalda y sus quejas son constantes.
—¡Aurora! ¡¿Me escuchá?!
—¡Sí, voy! ¿Qué queré?
—Quiero escribir algo… algo que quiero que quede para después de que yo estire la pata…
—¡Ja! ¿El testamento? A mí dejame el mate y la bombilla, esa de alpaca, que es lo único valioso que tené… ¿Y desde cuándo sabé escribir vo?
—¡Algo sé, che! Para que lo sepa, tengo quinto grado terminado. Dale, traeme un lapi y un papel…
Toma el lápiz para escribir pero no recuerda muy bien cómo hacerlo. Treinta años trabajando como foguista no le permitieron ejercitar la escritura demasiadas veces. Mira el techo. Las chapas muestran su progresivo deterioro. Las moscas no lo dejan tranquilo.
—¡Aurora! Traeme una rama de paraíso…
Mucho tiempo travaje de fueguista asta que el lomo no aguantó mas y me cai, me ice pelota. Fue ese acidente el que me iso quedar aca, todo postrado. Mis piernas nunca volbieron a vivir. Siempre acia lo mismo, siempre. Yo era el que avivava el orno, le daba el fuego que necesitaba, todo con mis brasos, sí, con estos brasos que con el tiempo se fueron quedando sin pelos por la fuerte calor. ¡Caracho! Era imposible asercarse mucho tiempo seguido al fuego… —¡Aurora! ¡La rama!
Yo travaje mas de doce oras por dia. Todos los dias travajaba doce oras por dia o mas. Y siempre vivi asi, en esta miseria. Nunca tube mas que este rancho pulgoso echo con mis propias manos. ¡Aaa!, pero mio… Nadie va a benir a sacarme de aca, del rancho de la familia, de la Aurora y de mis sei chango. Lo que ganava apena me alcansava para darle de comer. No. No fue felis la vida. —Tomá, Saúl. Y dejá de hinchar por un rato…
—Esperá, ayudá a levantarme un poquito… Así… La almuada un poquito ma arriba… Así… Así está bien. Gracia.
Siempre nos explotaron. Nunca fuimo ombres. Nos basurearon. Los que trabajávamo en el cecadero nunca pudimo abrir la jeta para defender nuestros derechos. No tubimo nunca una organización sindical. ¡Qué íbamo a tener! Al que insinuava ser un poco re… —¡Aurora! ¿Rebelde es con be alta?
—¡Qué sé yo…!
—Y bue… lo pongo así.
…belde, lo rajavan. ¡Ai, ai! No nos dejaban hablar, ni comer juntos nos dejavan. El dia que el viejo Velasque se cayo redondito porque se le paro el bobo, todo muerto, se hicieron los estupido los del cecadero. A la viuda solo le dieron el pesame y nada má. ¡Desgraciados! Ni siquiera lo que havia travajado el ultimo mes le pagaron.
—Saúl, ¿queré mate?
—Bueno, pero amargo, por favor. No ese almíbar que tomá vo.
—Pa amarga ta la vida, dicen…
—Con azúca no la vai a mejorar…
Siempre ice trabajos duros, porque siempre fui juerte, pero este, como fueguista, fue el pior. Si el acidente no me uviese paralisado, igualmente ora taría tirado, fuera de servisio, por el desgaste. Ni ambre me daba en esa doce oras manejando la pala. Tenía que tomar mucha agua. En el verano se acia imposible, pero…
—Tomá, Saúl. Decime si le falta.
—No, ta güeno, bien calentito. Pero no me interrumpá.
—¿Qué caracho tai escriviendo?
—¡Shhhhh!
En el cecadero nunca se descansaba, pasara lo que pasara. Nunca. Mientras abia yerba, abia que cecarla. No le tengo miedo a la muerte. Que le voy a tener miedo si eso era el mismisimo infierno… —Dame otro mate, Aurora… ¿Pa qué mierda escribo esto?
—Si no sabé vo… Tomá.
—Ya está frío… ¡La pucha!
—¿Qué te pasa? ¿Por qué chiyás? ¿Por qué rompé el papel?
—Porque quería escribir una… ¡¿Pa qué?! No va a servir de nada…

PARTICULARES 30


¿Querés uno? Me tenés podrido con esos yuyos… Simón encendió un Particulares 30 y no le dio importancia al comentario de Valerio. Pitó suavemente y disfrutó el momento.
El sábado siguiente sonó el celular de Simón. ¿De dónde la sacaste? Qué importa, venite. No jodás. Dale, nos vamos a mi quinta. Simón sintió un escalofrío. No lo entusiasmó demasiado la idea, pero fue hacia la casa de Valerio. ¿Y en qué vamos hasta la quinta? Valerio exhibió las llaves del Peugeot 404 y sonrió. Simón meneó la cabeza y dijo vamos.
Poco hablaron en el camino. ¿Dónde la conseguiste? Un conocido… ¡Terminá con el misterio, boludo! No jodás, qué importa. El 404 iba a una velocidad regular, era una joyita. Simón se comía la uña del índice derecho mientras Valerio ponía más fuerte la música: Premiata Forneria Marconi. Ambos sonrieron con ganas mientras se encandilaban con las luces de los autos que iban por la ruta 1 en sentido contrario.
A los pocos minutos estaban ingresando a la quinta. Valerio estacionó el 404 detrás de la casa, para que no se viera desde la ruta, mientras Simón cerraba el portón con el candado. A oscuras ingresaron a la casa. Prendé la luz, boludo. No, más vale que no se note que estamos acá. Simón se encogió de hombros. Actuaban como si estuviesen escapando de la policía, como si hubiesen cometido un delito que les exigiese la clandestinidad. No veo un choto. Abrí los ojos, boludo… Simón encendió el Carusita y las paredes reflejaron un amarillo opaco espantoso. En las paredes no había un solo cuadro. ¿Hay cerveza? Fijate. Simón abrió la heladera. Una botella de agua, una manteca rancia, asado frío de varios días atrás. Protestó. Valerio se sentó en el sillón grande y Simón en el chico, en frente. El Carusita seguía brindando luz, escasa pero suficiente. Valerio había corrido las cortinas por las dudas. Nadie debía enterarse de que estaban allí. ¿Vos ya probaste?, preguntó Simón. Sí, mintió Valerio. ¿Y vos? Simón negó con la cabeza. Los nervios habían comenzado a hacerle efecto. Valerio se inclinó y sacó de su bolsillo trasero del pantalón de jean una caja de fósforos de madera chiquita, toda aplastada. La recompuso con sus manos y la abrió. La puso sobre la mesa ratona y buscó papel para armar cigarrillos en otro bolsillo. Simón tomó la caja y olió su contenido. Hizo cara de malestar. ¿Estás seguro que es esto? Obvio… Valerio se mostraba con más decisión y confianza y se dispuso a preparar el primer cigarro. Pero sus manos temblaban y le salió horrible. Lo desarmó y lo intentó nuevamente. Tomá, dijo y Simón extendió su mano. Preparó otro y suspiró al terminar. En pocos segundos estarían viviendo una experiencia inédita que —imaginaban— daría un giro impensado a su vida.
Valerio tomó el Carusita y encendió su cigarrillo. No tragues el humo, recomendó. Pitó, retuvo el humo en su boca y lo largó suavemente hacia arriba. Simón tomó su cigarrillo con el índice y el pulgar izquierdo y con su mano derecha tomó el Carusita. Sin estar convencido por completo, lo encendió. Pitó profundo, retuvo y largó el humo torpemente. Tosió. ¡Es un asco! Dale, boludo. Fumá tranquilo... despacio... cerrá los ojos... mirá al techo... a la nada… Entre cuatro paredes, a oscuras, solo se distinguían cuando el otro pitaba y la brasa iluminaba débilmente el rostro. El silencio que los rodeaba era inmenso. Estaban escondidos como prófugos. Lo que estaban haciendo era reprochable socialmente y quién sabe si no terminarían tras las rejas si los descubrían.
Apenas un minuto duró la experiencia. ¡Son recortos! Pará, tengo más. Valerio preparó dos cigarrillos más, pero ahora, más tranquilo, se esmeró y los hizo más compactos. El Carusita dio inicio a una nueva experiencia. Una pitada, un suspiro, un techo apenas perceptible. A los pocos minutos la segunda experiencia se acabó. ¿Y? ¿Y qué? Pensé que… ¡Esperá un rato!
Simón se acomodó en el sillón e intentó mirar a través de la oscuridad a su amigo. Apenas lo percibió. Valerio respiraba hondo, como forzado. ¿Qué pasa? Nada. Silencio. Un minuto. Dos. Che… ¡Shhhhh! Simón no entendía nada. Valerio esperaba no sabía qué. Quince minutos. Debe ser trucha. Simón largó una carcajada. ¿Cuánto te cobraron? Me la regalaron. El primero te lo regalan, el segundo te lo venden…, canturreó Simón por lo bajo. Valerio sonrió, se levantó y encendió la luz. Cerraron los ojos instintivamente; les costó ver durante unos segundos a su alrededor. Un humo denso flotaba en la habitación. Valerio abrió una ventana. Quiero una cerveza, dijo Simón. Vamos, volvamos a la ciudad.
El 404 regresaba tranquilamente a la ciudad y sus ocupantes seguían escuchando PFM. ¡Qué boludos!, gritó y largó una carcajada Simón. A Valerio se le contagió la risa. ¡Dame uno de tus yuyos, boludo! Son mucho más ricos. Atravesaron el puente lentamente. La laguna Setúbal contagiaba serenidad. Valerio y Simón ingresaron a la ciudad despidiendo por la boca humo de un Particulares 30.

CON EL CHE


A Rosita Fasolís

Cuenta Rosita Fasolís que su amigo Alberto Campazas, escritor rosarino, fue a Cuba en tiempos del Che Guevara junto con otros camaradas y que a su regreso, como exclusividad, le confió la historia.
A la hora de la siesta el Che recibió a los visitantes en su oficina. Luego de escuchar al Comandante durante un par de horas hablar apasionadamente sobre su actividad en la isla y sobre el futuro de la revolución —como era su costumbre, mate en mano—, Alberto arriesgó unas palabras. Usted dijo, Comandante, alguna vez, que la observación del crecimiento, del desarrollo de la revolución año tras año por parte de un revolucionario, es una de las tareas más gratas… Campazas y sus camaradas habían llegado desde Rosario a visitar al Che, a su coterráneo, a esa persona inmensa y tantas veces idealizada y admirada. Sin duda, amigo, sin duda. La revolución se va fortaleciendo con el tiempo y las masas comprenden que el trabajo diario y sin flojeras de ninguna índole es el camino que lleva a la victoria. Y eso a un verdadero revolucionario lo gratifica. Algunos papeles y carpetas y dos o tres libros ocupaban desordenadamente el escritorio inmenso, pero modesto, que separaba al Che de Alberto y sus compañeros. La Revolución es joven y como sabemos, los errores de juventud existen. Hay que romper paradigmas, hay que abrir nuestra mente hacia la construcción de una sociedad nueva, de un Hombre Nuevo. Y nos cuesta porque estamos aprendiendo sobre la marcha. Pero como verdaderos revolucionarios, tenemos que tomar esta tarea entre las manos y buscar el logro del objetivo principal: educar al pueblo. El silencio de los visitantes era realmente la expresión de una admiración suprema. La mano derecha del Comandante no se desprendía del mate. Cuando callaba, tomaba la pava que estaba apoyada sobre un libro rojo y servía. Chupaba la bombilla suave y lentamente, sin hacer ruido. Uno de los camaradas de Alberto observó, sin disimulo, una carabina que estaba apoyada sobre la pared. El Che lo advirtió y sin decir una sola palabra, como comprendiendo la curiosidad, se levantó, la buscó y la apoyó sobre la mesa. Es la que utilicé en Sierra Maestra. Estaba impecable. De caño grueso, más que una carabina parecía una escopeta. Relató, con una sonrisa seria, que conseguir armas no había sido fácil. No solo por el aislamiento geográfico sino por una renuencia de parte de los civiles para entregarlas a la guerrilla. Pero el constante crecimiento de las fuerzas revolucionarias había hecho que poco a poco el campesinado cubano se les fuera uniendo y de esa manera comenzaron a fortalecerse en todo sentido. Alberto sentía que ese hombre que estaba detrás del escritorio con el mate en la mano y acariciando la carabina era un ser superior que estaba poseído por una causa, como diría luego Rodolfo Walsh. Las horas habían pasado a una velocidad increíble. El Che se puso de pie y los visitantes comprendieron que la charla había llegado a su fin. Estaban conmovidos, felices por haber compartido un valioso tiempo de su vida con el Comandante. Un fuerte apretón de manos sirvió como saludo de despedida. Alguno hasta se atrevió a abrazarlo. Si quedó alguna duda, pregunten nomás…, dijo con un gesto amable el Che. Dice Rosita que Alberto, que se había quedado rezagado a propósito, quizás para disfrutar unos segundos más de tan inmensa presencia, se animó a soltar unas palabras que, al principio, creyó imprudentes. Comandante, me extraña que usted no nos haya convidado con un mate. No es de gauchos dejar sin mate a los que acompañan… El Che sonrió a medias, y luego de una suave palmada en la espalda de Alberto, se volvió al escritorio, tomó el mate, lo acercó y lo mostró. Alberto lo miró sorprendido y escuchó las palabras casi cómicas: Si no tengo yerba, amigo Campazas… Y hace tanto tiempo que no tengo…
Rememora Rosita con los ojos extraviados en el recuerdo de su amigo que “ya se fue”, que sin dudas los hechos ocurrieron y que ahora Alberto y el Che estarán seguramente allá por las alturas discutiendo cómo podrían haber sido las cosas.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

PREDICATIVO OBLIGATORIO

"El beso" (1969)
Pablo Picasso
.
.Desde el último banco del curso tenía una panorámica inmejorable. No solo me gustaba el lugar porque desde allí tenía el control del más mínimo movimiento de mis compañeros sino también porque podía manejar los tiempos respecto del accionar de mis profesores. Cuando veía que alguno se dirigía hacia mi banco, tenía tiempo suficiente como para esconder mis dibujos, productos de mis eternos aburrimientos. Pero para ser sincero, lo que más me gustaba de mi ubicación era la perfecta visión que tenía de Alejandra, que se sentaba en el primer banco, dos filas más a la izquierda de la mía.
Me pasaba horas enteras mirándola. Me apasionaban sus largos cabellos oscuros, castaños, mezclados con un caoba indefinido. Yo era consciente de que en el frente había profesores que se esforzaban por explicar sus materias, pero qué me importaban a mí las ecuaciones, los sujetos y predicados o las cuentas del activo y del pasivo...
Amaba cada uno de los movimientos —todos delicados— de Alejandra. Me gustaba verla participar en la clase, levantar su mano pidiendo para pasar a decir la lección, hablar con picardía con Carolina, su compañera de banco. Pero mi mayor felicidad era verla pasar al frente, cuando escribía en el pizarrón. Su guardapolvo siempre estaba impecable, inmaculado y bien planchadito; debajo siempre usaba polleras, nunca pantalón, medias tres cuartas blancas y un par de zapatones negros bien lustrados. Y para colmo siempre tuve la impresión de que al regresar a su banco, antes de sentarse, me miraba por una fracción de segundo, con un poco de vergüenza, como buscándome, y cuando yo reaccionaba ya era tarde; ella ya estaba sentada en su banco prestando nuevamente atención a las explicaciones del profesor. Pero esa fracción de segundo en que me sentía observado bastaba para mantenerme de buen ánimo hasta el final del día. A veces pasaban días en que no advertía que Alejandra me mirase y terminaba convenciéndome de que esas fugaces miradas que yo creía estaban dirigidas a mí, no eran más que un producto de la casualidad.
Una mañana como otras tantas, en la hora de Lengua, mientras navegaba con mi imaginación fecunda por entre los hombros y cabecitas de mis compañeros, y sobre todo los de Alejandra, escuché cómo alguien se acordaba de mí:
—Fernández, vuelva al curso y pase a analizar esta oración... —me dijo con voz socarrona la vieja profesora con su eterno peinado de peluquería.
Reaccioné tarde y lo hice gracias a las risas instantáneas de mis compañeros que, al igual que la profesora, advirtieron mi viaje áulico.
Me levanté y lentamente me dirigí hacia el pizarrón. Tuve vergüenza al sentirme observado por todo el curso, pero por sobre todas las cosas, al verme expuesto ante la belleza de Alejandra. Agradecí no andar tan mal para el análisis sintáctico y pude sortear los primeros pasos: sin dificultad descubrí inmediatamente el verbo y separé a la perfección el sujeto del predicado. El núcleo del sujeto y sus modificadores no tuvieron secretos para mí, pero al internarme en ese predicado maldito tropecé con el primer escollo. Clavé los ojos en el pizarrón y me puse a jugar con la tiza en la mano, simulando estar pensando.
—¿Qué clase de verbo es “es”? —preguntó impaciente la profesora.
Me di vuelta y miré al curso buscando auxilio. No me di cuenta, pero mi cara debió expresar en esos momentos terror. La profesora estaba parada en el fondo del curso, entre los bancos, y vio cómo la mano de Alejandra se elevaba solicitando la palabra para contestar. Ante mi evidente ignorancia, la profesora autorizó a Alejandra.
—Verbo copulativo —contestó orgullosa y escuchó el muy bien, Alejandra de la docente.
—Entonces, ¿qué función cumple lo que le sigue en la oración? —me siguió preguntando la pobre ilusa.
Yo no lo sabía y miré a Alejandra que amagó levantar la mano para contestar, pero se contuvo. De inmediato me miró, acomodó su cuerpo como para que la profesora no la pudiera ver y haciendo mímica con sus labios, me dio a entender la respuesta: predicativo obligatorio. Sentí un escalofrío hermoso. Disfruté como nunca antes lo había hecho esos tres o cuatro segundos en que Alejandra movía sus labios dándome la respuesta. Le sonreí en agradecimiento y contesté orgulloso, en voz alta y sacando pecho:
—Predicativo obligatorio.
—Muy bien, Fernández. Complete la oración en el pizarrón y tome asiento.
Flotaba en el aula mientras con la tiza escribía el predicativo obligatorio más hermoso que había escrito en toda mi vida. Regresé a mi asiento no sin antes expresarle a Alejandra con una gran sonrisa todo mi agradecimiento. Al pasar a su lado, me extendió su mano derecha como diciéndome choque esos cinco y de inmediato sentí el contacto de su piel suave con la mía. Nuestras manos se unieron con un delicado golpe cómplice que a pesar de haber durado un abrir y cerrar de ojos, para mí fue eterno.
Quedaban aún veinte minutos para el timbre de salida y no hice otra cosa que pensar en ese hermoso e inesperado gesto de Alejandra; mientras, no le sacaba la mirada de encima. Mi mente adolescente de chico de segundo año de secundaria me llevó a plantearme cientos de posibles significados de esa ayuda clandestina. Una, que Alejandra, luego de contestar una pregunta que estaba dirigida a mí, se sintió mal, por lo que decidió ayudarme a contestar la otra. Otra era la posibilidad de que Alejandra me había ayudado al verme titubear, como por lástima. Pero la peor de las interpretaciones que le di a ese gesto fue que Alejandra me había ayudado como lo hubiese hecho con cualquiera de los otros treinta y cinco compañeros del curso. ¡Pero no! ¡Me había ayudado a mí! Había sido yo el que había disfrutado por unos segundos el movimiento de sus labios dándome el mensaje. Había sido yo el destinatario de tan sensual gesto. Había sido yo el blanco de la hermosa mirada de Alejandra... Había sido yo quien había acariciado esa hermosa mano fraternal... ¿fraternal? Obviamente, de inmediato, me hice la película. Pensé que esa ayuda se debía a que Alejandra sentía por mí algo más que ese simple compañerismo de aula. Y volé... Mi cuerpo quería estar en cualquier parte menos ahí adentro, entre esas cuatro paredes horribles y escuchando sujetos, predicados, núcleos y modificadores. Quería irme de ahí, irme con Alejandra... Cinco meses habían pasado desde el primer día de clases y durante cinco meses había observado sin cansarme a Alejandra, sin que ella me diera una señal concreta. Y ahora me la había dado. Alejandra al menos sabía que yo estaba allí, que yo existía y que no era uno más del montón. Apoyé los codos en el pupitre y me sostuve la cabeza con las manos. Maldije —una vez más en mi vida— mi timidez y me propuse tomar coraje. Aunque sea tenía que hablar dos palabras con Alejandra a la salida. Los veinte minutos fueron interminables.
El timbre sacudió mi modorra mezclada con ilusión y nerviosismo. Agarré mis carpetas sin dejar de mirar a Alejandra, que guardaba sus libros en la mochila. Hice tiempo como para dejar que saliera ella primero y me propuse seguirla unos metros antes de llamarla. ¿Qué le diría? Qué importaba, algo me iba a salir...
Observé primero sus pasos lentos y graciosos. Luego aceleró y me apresuré tras ella: ya era el momento de darle alcance y hablar. Estaba decidido a todo pero de repente el sueño se esfumó. Debí haber parecido un estúpido al pasar frente a semejante cuadro, porque creo que hasta lloré. Los labios que minutos antes me habían soplado un predicativo obligatorio hermoso y salvador, se estrechaban ahora en un beso con los labios de un estúpido alumno de quinto año “A”.