Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


viernes, 21 de noviembre de 2014

HACIENDO LA COLA

"Negro y violeta"
Wassily Kandinsky
(Rusia, 1966/Francia, 1944).
.
Cuando ingresé al banco que lleva el nombre de mi provincia, la Invencible, me quedé un poco sorprendido. A pesar de estar en pleno invierno, en Santa Fe se sentía una pesadez muy particular, sobre todo adentro de un banco, el día de vencimientos, a última hora. Apenas traspasé la puerta, me detuve y no supe dónde ir. Fue en 1987. Estaba estudiando en la facultad, pero ayudaba a mi viejo con su laburo. Debía abonar todos los impuestos que sus clientes le encomendaban, a cambio de… de que me siguiera manteniendo sin laburar. No era la primera vez que lo hacía, podía decirse que ya estaba canchero en estos menesteres, y por eso mismo, a pesar de mi mal humor al ver tanta gente haciendo cola en las cajas, iba preparado: un buen libro y a otra cosa. Me relajé, tomé coraje y elegí una de las cuatro cajas habilitadas. A mi parecer, la que menos gente la formaba. Me había puesto en puntas de pie para ver por encima de la gente que se amontonaba desprolijamente y a pesar de saber que cualquiera de las colas me sería indistinta, por esas cuestiones del momento y que uno actúa sin pensar, interrogué a una señora mayor, la última de la cola por mí elegida.
—Disculpe, señora. ¿Esta es la cola para pagar impuestos?
—Ah, no sé mijito, yo no sé. Yo acá siempre pago la luz.
—Entonces sí, acá cobran los imp…
—¡No sé, no sé! —me interrumpió la ahora vieja— Pregunte en la caja.
Preguntar en la caja… Se me presentaban algunos problemitas. Primero, apenas divisaba a una de las cuatro que estaban habilitadas; segundo, llegar me acarrearía varios pisotones y empujones, me podrían quemar la campera de nailon con un cigarrillo —en el 87 todavía se fumaba donde a uno se le antojaba—, pero sin pensarlo demasiado, me aventuré. Comencé a abrirme paso discretamente entre la gente y, por supuesto, sucedió lo que ya me había imaginado.
—¡Eh, usted! ¡La cola está más atrás! —me dijo un cuarentón de manera no muy amigable.
—¡No sea vivo! —me gritó otro más viejo y más ofuscado todavía—. ¡Todos estamos haciendo la cola! ¡Y no hay una sola! —recalcó.
Fue el principio de un griterío que en poco segundos me dejó como blanco principal de los insultos de cientos de contribuyentes que evidentemente ya hacía un buen tiempo que esperaban resignadamente su turno en la cola. Con timidez y sin muchos ánimos de dar explicaciones, me detuve e intenté una débil defensa:
—Eh… yo sólo quería saber si ésta es la cola para pagar impuestos…
—¡No! —gritó un irónico—. Estoy acá esperando cobrar la herencia de mi tío de Italia…
—¿No ve usted —me dijo un anciano de manera increíblemente cordial— que tenemos todas las boletas de nuestros impuestos en la mano? ¡Hace ya como dos horas que estoy en este infierno!
—Gracias… Y disculpe…
Eché una mirada a mi alrededor y caí en la cuenta de que el noventa por ciento de las personas que estaban en el interior del banco esperaba pagar sus impuestos antes que yo. Suspiré resignado y volví a evaluar a simple vista cuál de las colas era la más corta. Fue una elección difícil, pero ya en aquel tiempo me pasaba lo que me sigue pasando hoy cuando opto por una cola en el supermercado: elijo siempre la más corta y me voy mucho después de los que se ubicaron en otras cajas después que yo. Siempre delante de mí se ubica alguien que pide factura o que no le anda la tarjeta de crédito o que se olvidó de pesar la verdura o simplemente a la cajera se le termina el papel de la impresora y —oh, casualidad— es nueva y nunca desde que trabaja le había tocado cambiarlo aún, lo que implica el llamado a la encargada para que le explique cómo se hace. No obstante ello, elegí la que me pareció más conveniente. Debo aceptar que jugó un poco también la cara del cajero. A pesar de que estaba lejos, pude ver en su rostro un gesto más aliviado que el de sus otros tres compañeros. Pero no tuve en cuenta que me daba las espaldas una señora de avanzada edad que comenzó a mirarme de manera molesta y constante. Intenté no ponerme nervioso, pero la vieja pudo más.
—Tenemos para rato, ¿no? —le dije sin ganas.
—¡Qué le parece! De acá no nos vamos hasta la noche… —contestó de mal humor y con voz chillona.
Comencé a transpirar, me sequé fastidiado con mi pañuelo la frente y me puse a mirar a mi alrededor. El libro que contenía la veintena de boletas de impuestos a pagar estaba demasiado cerrado y no tuve ganas de abrirlo. Advertí que la gente ya se va preparada y resignada a hacer esas largas colas. No entiendo todavía hoy por qué aceptamos las cosas que no nos gustan y que sabemos que son mejorables. No entiendo por qué bajamos la cabeza y no nos rebelamos de una vez por todas. Pero que yo no lo entienda no quiere decir nada. Vi que muchos no pueden contener su lengua y utilizan a su ocasional compañero de desgracia para aturdirlo durante las dos o tres horas de espera, hasta que llega —al fin— el turno en la caja y el adiós aliviador. A pocos metros de mi posición, un poco más adelante, un muchacho de mi edad leía a Kafka. Elección seguramente demasiado arbitraria para la ocasión. Más allá una señora tejía escarpines celestes para un futuro nieto y, a su lado, un señor de traje, muy bien peinado y con maletín en su mano derecha, cerraba sus ojos para concentrarse en la música proveniente de sus walkman. Estaban también los infaltables lectores de diario y los fumadores empedernidos que encendían un pucho detrás del otro. También enriquecían esas colas aquellos que te improvisan un diálogo o monólogo por el solo hecho que en un determinado momento no tuviste más remedio que mirarlo a los ojos; los babosos de siempre: cuarentones que traspasaban con la mirada a una adolescente bastante bien formada que llevaba minifaldas y era el centro de sus comentarios libidinosos. No faltaban los politiqueros de ocasión que sacaban el cuero hasta el pobre panadero que había aumentado unos centavos el kilo de pan para no trabajar a pérdida. Y por supuesto, la infaltable vecina de ruleros plásticos bien anchos, que comentaba con su circunstancial compañera el último capítulo de la novela de la tarde, de alguna que otra serie norteamericana o de algún programa de chimentos del jet set.
Estaba incómodo. Me dolía la espalda y no soportaba el humo del cigarrillo de mi vecino. Yo fumaba, pero detestaba que me obligaran a aspirar el pucho de otro cuando no tenía ganas y sin la opción de irme libremente a otro lugar. De pronto vi entrar en escena a no de los personajes habituales de la zona bancaria santafesina.
—Señor, cómpreme tres almanaque por un austral…
—No, gracias.
—Pero dele, usted tiene plata…
—No necesito, gracias.
—Dele… Es solo un austral…
—¡No! ¡Gracias!
Al vendedor no le bastaba con ofrecer al montón. Uno por uno le iba ofreciendo su producto, insistiendo ante cada respuesta negativa y creo que ni él entendía por qué nadie le reprochaba estar ofreciendo almanaques a mediados de año.
El tiempo pasaba muy lentamente, pero yo me entretenía bastante observando a mi alrededor. En aquellos años, las puertas de los bancos cerraban a las 13.15. Y así ocurrió. Me di cuenta de que era el último de todos y que solo me salvaría de mi última posición la velocidad del cajero de la cola que momentos antes había elegido. Suspiré con resignación. Ya no llegaría a casa a almorzar y no sabía si en casa encontraría algo para comer a mi regreso. Era consciente de que como mínimo me quedaban aún dos horas de espera. Revisé las boletas que contenía mi libro, la cuenta hecha a máquina por mi viejo con el total a pagar y conté el dinero. Estaba todo perfecto. Eran cerca de veinte boletas y el importe superaba los mil quinientos australes. Era día de vencimiento y debía pagar sí o sí para evitar los recargos. Apreté fuerte el libro debajo de mi brazo y seguí con mi sana diversión de observar el accionar ajeno.
Una joven madre reprendía constantemente a su inquieto hijito que manchaba los pantalones de un viejo jubilado con su paleta de caramelo gigante. El viejito sonreía falsamente y se notaba en su mirada que tenía más ganas de pegarle a la madre que a la inocente criatura.
—¿Qué hora tiene, señor?
—Las dos, señora. ¡Qué largo se hace esto!
Pero lentamente la cola se iba acortando y sentía con entusiasmo que la caja se me acercaba a mí, más que yo acercarme a ella. Estaba cansado de esperar, pero valía la pena. Hasta el mes venidero no volvería a entrar a ese horrible banco para hacer la cola. Me chillaban las tripas por el hambre. Poca gente quedaba en el banco. La adolescente, que, confieso, a mí también me había deleitado con su simple postura de espera, ya se había ido. La vieja tejedora de escarpines ya estaría en su casa cocinando para la familia. El vendedor de almanaques estaría deambulando por bares céntricos o viajando gratis en los colectivos ofreciendo su prescindible producto de venta.
Éramos cinco —yo el último— los que quedábamos en la cola. Me sentía mejor, ya saboreaba el placer de salir del banco a las tres y media de la tarde con la obligación encomendada por mi viejo cumplida. Sus clientes deberían estar tranquilos en su casa sin pensar en que yo, infeliz, les estaba pagando sus impuestos el último día, el del vencimiento. Preparé nuevamente las boletas, reconté el dinero y volví a comprobar que nada había cambiado. Todo seguía en orden. A los cajeros se les notaba el cansancio en el rostro y en la lentitud de sus dedos. Ya casi no coordinaban sus movimientos. Y el que yo había elegido como el que en mejor estado se encontraba, era ahora el más maltrecho.
Y por fin me llegó el turno. Efectivamente, fui el último. Le sonreí al cajero a manera de saludo y le entregué las boletas, bien acomodadas. Dejé a un costado el dinero. El cajero se dispuso a hacer su trabajo, tomó las boletas, las observó detenidamente, una por una, y las dejó caer en el mostrador. Levantó la vista y me miró fijamente. Su rostro reflejaba un estado emotivo en el que no se podía descifrar si lo que deseaba era sonreír, llorar, gritar o salir corriendo de ese espantoso lugar. Ante mi mirada inquisidora, habló. Se pasó la mano por la frente y sonrió, ahora sí lo advertí, con lástima. Sospeché algo malo.
—Pibe… —me dijo serenamente.
—¿Sí?
El cajero volvió a revisar una por una las boletas, hizo un gesto como diciéndome que él no tenía la culpa, me devolvió las boletas y con un gesto casi burlón, me dijo:
—Estos impuestos se pagan todos en el banco Nación.

3 comentarios:

  1. ja, yo crei que iba a terminar como la autopista del sur, usted se levantaba a la chica de la minifalda, pero ella salia antes, y se ponia a extrañar la multitud cautiva, jajajajja.

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  2. ¡Kafka puro!

    Un relato que seguí con las fisonomías traídas de las palabras.

    Muy pero muy bueno.

    Te sigo y te envío un beso y abrazo enorme

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  3. No sé porquè siento una extraña identificaciòn...!
    Cordial saludo!

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