Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


sábado, 25 de marzo de 2017

FB


Se levanta temprano y mientras prepara el desayuno enciende la notebook para empezar el día informado a través de la lectura de noticias en diarios digitales. Revuelve el azúcar con la cucharita en el café con leche y piensa que antes de ir a los diarios, podría ver si tiene alguna notificación en su muro de Facebook. Ni una. Pero sin pensarlo demasiado, se pone a leer las publicaciones de sus cientos de amigos. A las 6:30 alguien clickeó y compartió en su muro una diapositiva con un gran ¡BUEN DÍA! y un dibujo de un osito de peluche que endulza el mensaje. Al lado, una frase con la que desea que Dios te dé todo lo que tiene. Enseguida otro le contestó a ese alguien con un buen día sin el énfasis que le podrían haber dado unos sencillos signos de admiración. No obstante, inmediatamente después del saludo, estalla un me gusta. Ese alguien es una amiga a la que, paradójicamente, no conoce. Decide no saludarla ni indicar que le gusta su saludo. Las próximas intervenciones son de la misma amiga: foto de un caballo con la mirada triste, flaco, que tira de un carro. Una frase impresa sobre la foto exige justicia para con los animales. Ella misma estampa en su propia foto el botón de me gusta. Le sigue una imagen de Cristo con un corazón fuera del pecho y un aura dorada que hace mal a los ojos. Comenta: En vos confío. Luego, la foto del papa Francisco que sonríe y extiende su mano a manera de saludo o de yo te perdono, acompañada de una de las tantas frases que dice ante los micrófonos —o que le hacen decir sin que él se entere—. También a su propia publicación le estampa el insulso me gusta. La siguiente es una publicación de la misma amiga que muestra un perro en estado calamitoso de salud, y en su comentario pide por favor urgente adopción. Con la ruedita del mouse va pasando lentamente publicación tras publicación de sus amigos. A algunas las lee, a otras apenas observa la foto y descarta la lectura del texto. Reflexiones de Jacques Lacan, Friedrich Nietzsche, San Martín o poemas de Mario Benedetti, versos de Arjona y textos de Eduardo Galeano, se mezclan cada tanto con los últimos análisis filosóficos de Diego Armando y algunos que otros comentarios de Mirta en su último almuerzo con famosos. Fotos de fin de semana en el campo, en Colastiné, en Buenos Aires o Viena, de varios de sus amigos se mezclan con provocativas selfies frente a un espejo de baño sacadas por una señorita que le tira un besito a quien quiera recibirlo. No sabe quién es a pesar de que figura como amiga. Se entera al mirar hacia su derecha, arriba, de que hoy cumplen años Liliana, Américo, Silvina y Pato. Lee: Desea feliz cumpleaños a tus amigos. Solo saluda a Liliana y agradece a Facebook, en silencio y para sí, el recordatorio. No se había acordado. Un gimnasio amigo, a través de su muro, lo incita a no bajar los brazos, a seguir con el entrenamiento, con la rutina diaria, porque solo así se logra el objetivo de llegar en forma al verano. Recuerda que hace un año y medio que no va al gimnasio y que también dejó de trotar tres días a la semana, como era su costumbre hasta hace unos cuantos meses atrás. Se le nota y se mira la panza. Reflexiona parafraseando un texto de Galeano que alguna vez releyó en Facebook: “No sé si la vida tiene sentido sin salame”. Sonríe ante frases ocurrentes o creativas, o con buenas canciones; bufa ante imágenes de santos, perros abandonados, niños con tumores visiblemente horrendos o comentarios inútiles como Toy aburrida. Se pregunta —y se enoja— por qué carajo no existe el botón no me gusta o directamente es basura. Dedica un par de minutos a razonar que sería bueno proponerlo. ¿A quién? ¿Al señor Facebook? Sabe que puede optar libremente e ir de una vez por todas a los diarios digitales y enterarse un poco de lo que pasa por el mundo. U optar por alejarse de la computadora y hacer cualquier otra cosa. Observa sobre la mesa, detrás de la notebook, un libro cuyo señalador le indica que no falta mucho para terminarlo. Quizás media hora, cuarenta y cinco minutos. Decide ponerse a leer… pero dentro de un rato. Siente que el café con leche le está haciendo efecto y se dirige al baño. Lleva consigo el smartphone, así como hace un par de años atrás llevaba una revista para leer. Ahora aprovecha el tiempo sentado en el inodoro jugando al Preguntados. Va por el nivel 225. Al menos cultivo el intelecto, se justifica. Vuelve a la media hora y sigue dándole rosca a la ruedita del mouse. Le llama la atención que en el muro de una de sus tantas amigas, que publica oraciones cristianas en cadena, innumerables fotos del papa y de Cristo, aparezcan duendes benefactores que bendicen tu casa si compartís la publicación con al menos diez amigos. La fe da para todo, piensa. Alguien protesta por el impuesto a las ganancias y pide por favor su derogación, sobre todo a los jubilados. Otro putea a la yegua de la presidenta porque estuvo dos horas hablando por cadena nacional. Un desconocido le comenta que prefiere eso y no escuchar los discursos vacíos, sin ideas, de la oposición. Los comentaristas suman cuarenta. La publicación se ha convertido en un debate abierto a todo el mundo, tenga o no idea de qué se está hablando. Decide no seguir leyendo los comentarios. Avanza con las publicaciones y una sonrisa se le dibuja en la cara cuando ve una vieja foto con la que un amigo suyo recuerda épocas de infancia. Le pone me gusta y sigue. Cada tanto se mezclan publicidades de empresas turísticas que ofrecen lugares, hoteles, paquetes de excursiones a mitad de precio. No les da importancia pero recuerda que alguna vez debe haber puesto me gusta en las páginas de esas empresas y por eso aparecen constantemente. Mira el reloj. La taza hace ya una hora y cuarto que no tiene el café con leche en su interior. No leyó aún las noticias y piensa que en todo ese tiempo que estuvo navegando en Facebook hubiese podido haber terminado de leer su libro. Evidentemente, la trama del libro no lo había atrapado. ¿Y Facebook sí? Quién sabe. El dedo índice de su mano derecha hace girar nuevamente la ruedita del mouse y sigue leyendo, mirando, sonriendo, protestando, mientras espera, casi con desesperación, que algún amigo se digne a escribirle, a etiquetarlo en una foto o mandarle alguna notificación de lo que sea. A esta altura del día, ya casi al mediodía y con toda la mañana perdida, no le importa el tenor del mensaje.

viernes, 10 de marzo de 2017

EL BOTÓN


Agustín Benvenutto dejó de enfermarse a partir de la última vez que le pararon el carro. Y eso fue en la empresa, donde aún sigue trabajando. Necesitaba una palma de la mano abierta en su frente.
No es una historia tan larga de contar —diría mejor, es una historia demasiado breve— pero servirá para conocer a nuestro personaje. Y lo peor de todo es que Benvenuttos hay varios pululando por el mundo.
Antes de entrar a la empresa, ya venía con lo suyo encima. Antecedentes, podemos decir. Ingresó el mismo día en que se iniciaron las actividades. Con el tiempo se fue afianzando y al principio su buena predisposición para el trabajo en equipo y su efectiva labor habían hecho que los socios gerentes le tomaran suma confianza. En el grupo, no tan numeroso al principio, cada uno tenía su rol asignado y, mal que mal, la labor mancomunada hacía que los resultados que se obtenían sean buenos, aunque, a decir verdad, distaba mucho de las expectativas que había tenido la gerencia el primer día de trabajo.
Pero tratemos de entender un poco más la historia de este personaje. Vivía con su hermana mayor, Mariela, y Pluma, una gata negra que habían adoptado cuando la sintieron maullar desesperadamente en la puerta de calle. Estaba herida y desesperada. Seguramente buscaba refugio, calor y comida. En la casa se llevaba mejor con la gata que con Mariela debido quizás al poco tiempo que los hermanos coincidían en el hogar. Mariela era docente recién recibida con cargo doble turno, por lo que no almorzaba en su domicilio, y Agustín trabajaba por la mañana en la empresa y por la tarde concurría al club a jugar fútbol, en la primera división del equipo liguista de sus amores, aunque nunca tuvo ni la técnica ni la habilidad necesaria para llegar a ser titular. Muchas veces ni siquiera integraba el banco de suplentes. Una o dos noches por semana cenaba junto con Mariela.
Al terminar la escuela secundaria, Agustín se inscribió en una facultad privada en la carrera de Administración de Empresas. No sabía de qué se trataba, si tenía salida laboral o qué podría hacer una vez que hubiese logrado el título. Pero algunos de sus amigos de secundaria iban a estudiar “eso” y hacia allí volcó sus pocas ganas de estudiar. Logró los resultados que eran obvios: abandonó después del primer cuatrimestre, cuando advirtió que no sabía en realidad qué estaba haciendo adentro de esas aulas entre gente tan distinta.
Sus padres, empleados del campo propiedad de una de las personas más ricas de la ciudad, le mandaban dinero mensualmente para que ayudara a Mariela con el alquiler de la casa, pero cuando se enteraron de que había abandonado los estudios, la historia cambió. O se volvía al campo para ayudar en el tambo o se buscaba un trabajo en la ciudad para terminar de depender económicamente de sus padres. Y empezó a asomar paulatinamente la ladina personalidad de Agustín: “A Mariela nunca la sentenciaron así”, reprochó a sus padres. “¿Por qué a ella la mantuvieron cinco años sin que trabajara y a mí no pueden?”. Agustín actuaba como si su reclamo fuera justo. Mariela, enterada de las palabras de su hermano y de su actitud, se disgustó con él y se lo hizo saber: “Yo estudié durante los cinco años que me mantuvieron los viejos, me recibí y gracias a eso tengo trabajo. ¿Vos qué hacés para que te sigan ayudando?”. Agustín comprendió de mala gana que la única opción era buscarse un trabajo y no volver al campo donde seguramente le esperaba un futuro como exprimidor de ubres.
Antes de ingresar a la empresa, intentó dejar de jugar al fútbol para incorporarse como ayudante del cuerpo técnico. Allí podría ganarse una aceptable suma de dinero que podría alcanzarle para pagar a medias el alquiler con Mariela y compartir los gastos comunes. Además, trabajaría en el club que tanto amaba y seguramente le sobrarían unos pesos para disfrutar su vida de soltero. Lo intentó. Pero no por el camino adecuado. No lo habló ni con el director técnico ni con su ayudante de campo, ni con el médico ni con el preparador físico. Creyó, quizás inocentemente, que hablar con el presidente del club lo colocaría en una mejor situación para acceder al trabajo anhelado.
—¿Y por qué, Agustín, no querés seguir jugando?
Era consciente de que jamás alcanzaría la titularidad en el equipo de primera pero no quiso aceptarlo de su propia boca ante la máxima autoridad del club.
—En realidad, ya tengo veinticuatro años y comencé a sentir una molestia en los meñiscos —mintió—. Mi médico me dijo que corría peligro de lesión grave y que tendría que bajar un poco el nivel de competición.
—Raro, Agustín, que nuestro médico no lo haya advertido… ¿No se lo comentaste?
—El Dr. Arredondo nunca se preocupó por mí porque estoy en el banco de suplentes. Creo que ni sabe que existo.
El dirigente lo miró serio.
—Supongo, Agustín, que entonces habrás hablado sobre esto con López. Él, como director técnico, te debe haber alentado para que tomaras esta decisión de salir del equipo y colaborar desde afuera. ¿Te va a aceptar en su equipo de trabajo?
—López es un boludo. Nunca me tuvo en cuenta como jugador y creo que nunca lo va a hacer. Quizás como ayudante…
Nunca se arrepintió Agustín tan rápido de algo como de haber dicho las palabras que acababa de pronunciar en caliente. El presidente del club, luego de mirarlo fijo y con el ceño fruncido durante no más de cinco segundos, le aconsejó con algo de furia.
—Mirá, pibe —ya dejó de ser “Agustín”—, mejor agarrá tus cosas, andá para tu casita y no intentes volver por el club. Pendejos como vos, que no entienden nada de la convivencia, de la fraternidad y la lealtad deportiva, no tienen cabida en esta institución.
Las palabras del presidente del club le hicieron acordar a las de su hermana Mariela, cuando le reprochó la injusta actitud que había tenido hacia ella frente a sus padres.
Fue así que se enteró a través de uno de los pocos amigos que tenía, que en la firma “Mantenimiento y Protección de Ambientes” estaban buscando jóvenes emprendedores para trabajar en equipo y con ansias de superación personal. Así como nunca había entendido la finalidad de su carrera truncada, tampoco sabía qué tendría que hacer en esta empresa de mantenimiento. Pero la necesidad de conseguir un trabajo jugó un rol importante. “Antes de meterme en la policía, me meto acá”.
No tenía experiencia en administración ni en atención al público, por lo que tuvo que bajar la cabeza pero sin un mínimo de vergüenza, le pidió a Mariela que intercediera ante uno de los socios gerentes de la empresa, conocido suyo, para que lo ayudara a ingresar. Y lo logró. Ante la falta de experiencia fue asignado al sector Servicios. La empresa creció bastante bien, pero los socios gerentes advirtieron que para mejorar su funcionamiento iba a ser necesario incorporar nuevo personal. Agustín pensó para sus adentros que era una buena medida gerencial. Era casi como un silogismo: mayor cantidad de empleados suponía mejor distribución del trabajo, lo que daría como resultado una más aliviada labor diaria.
Pero Agustín no tardó en darse cuenta de que ese aumento del personal lo relegaría cada vez más a un espacio que si bien era útil, era totalmente irrelevante para la actividad de la empresa. Los nuevos empleados incorporados eran profesionales idóneos o personas sin título pero con una gran experiencia laboral. A ese malestar lo comentó en una de las pocas sobremesas que compartía con Mariela por las noches.
—Vos siempre igual, Agustín. El mundo contra vos. Si estás en el área Servicios, no te comparés con el que está en Ventas o en la Contaduría. Son roles totalmente diferentes. Si hubieses estudiado, podrías estar ahora en esos lugares vos. Pero no, siempre los culpables son los otros…
El sueldo que ganaba era suficiente para sus veinticuatro años de soltero. Pero no soportaba que otros empleados ganaran más que él a pesar de tener menos antigüedad. Y esa situación ayudaba a su malestar personal. Pocos amigos, relación escasa con su hermana, contacto casi nulo con sus padres y con sus compañeros de trabajo, influyeron negativamente en su rendimiento. Las continuas reconvenciones de los gerentes provocaron las primeras náuseas que culminaron en fuertes migrañas y sucesivas licencias cortas, que jamás justificó con un certificado médico.
—¿Por qué se la agarran siempre conmigo? —protestó ante Riskievsky, uno de los socios gerentes—. Falto por un dolor de cabeza que no me deja estar parado y me piden más certificados que si me hubiesen practicado una lobotomía…
Riskievsky no abrió la boca y siguió escuchando con paciencia escasa las protestas de su empleado Benvenutto.
—El otro día faltó Fernández y no le dijeron nada. Ni siquiera explicaciones le pidieron. Robertson se enfermó una semana y no le pidieron un solo certificado. A mí se me parte la cabeza y me piden certificados estampillados e historia clínica…
El gerente lo paró en seco.
—Mirá, pibe. Como primera medida, no seas botón. Si querés trabajar de policía, ya sabés qué tenés que hacer. Hacete cargo de tus errores y no mirés a los demás. Tenés que ser mejor compañero. A la empresa la manejamos Traverso y yo y no vamos a aceptar que un mocoso de veintipico de años nos venga a reprochar nuestra forma de trabajo. Si Fernández faltó, fue porque pidió permiso para hacerlo y se lo dimos. A eso vos no lo sabés, ¿no? Robertson se enfermó y no vino por una semana. El primer día que se reincorporó trajo el certificado médico estampillado como debía hacerlo. ¿Tampoco lo sabías, no? No tengo por qué darte tantas explicaciones…
Agustín bajó la cabeza y no abrió la boca.
—Por lo que andá anotándotelo en la cabeza: la próxima falta injustificada, te pongo de patitas en la calle. No necesitamos alcahuetes.
Tercera parada de carro en muy poco tiempo. A partir de ese día, Benvenutto no se enfermó más y siguió aislado en su área de Servicios, cumpliendo con sus funciones medianamente bien.

jueves, 26 de enero de 2017

SOFÍA


Qué linda la historia de mi mamá… O triste, no sé. Bah, las dos cosas. Triste por el desarraigo, linda por la familia que luego tuvo: su esposo José Luis. Sus tres hijos: Luis, el mayor; Francisco Melitón, el menor; y yo, Emilia, la del medio. Aunque ahora, a la distancia temporal, y recordando las historias de sus propias palabras, fue una linda vida la de Sofía, que así se llamaba mi mamá. Terradillos, su apellido.
Nació en España de la mano de un nuevo siglo, el 10 de setiembre de 1900. Siempre lo decía como recitando, graciosa y orgullosa, cuando sus nietos le preguntaban dónde había nacido: “Nací en Campo de Peñaranda, partido de Bracamonte, provincia de Salamanca”. Yo nunca supe dónde quedaba ese lugar pero supongo que debe haber sido en el campo, en una casa humilde. Porque ellos eran humildes. Me contaba mi mamá que tenían burros, caballos… Imagínense que eran siete hermanos, no debe haber sido fácil para los padres mantener la casa. Mi madre era la última y quedó huérfana de madre y padre a los tres y cuatro años, muy chiquita… ni se debía acordar de los padres, que se llamaban Rafael y Estanislada. De mi abuelo Rafael me dijo que murió por una coz. Una buena patada de burro, pero no me acuerdo dónde le había pegado. Y sinceramente no recuerdo de qué murió mi abuela Estanislada, no recuerdo que mi madre me lo dijera. Y quién sabe si alguna vez me lo dijo... Pero como les dije, muy chiquita se quedó sin ellos y se crió con una tía, hermana de su madre, por lo que creció junto con sus primos. Recuerdo que me dijo que una de esas primas había sido la madrina de mi hermano Luis y creo que también se llamaba Sofía. Luego se fue a vivir con la hermana y su familia —que tenía esposo e hijos— y para colaborar con la casa ella debía trabajar, era cocinera y, si no me equivoco, trabajaba en casas de familia. La vida en Europa no era fácil en aquellos tiempos. Mi madre y su familia, como todos los españoles, todos los europeos, sufrieron los efectos de la Primera Guerra Mundial, que preanunciaba tiempos futuros muy duros en el Viejo Continente. Así que algunos de sus hermanos viajaron hacia Argentina de muy jóvenes, escapando de la guerra y buscando nuevos horizontes. Sabían que en esta parte de América se recibía de buena manera a los inmigrantes que vinieran con ánimos de trabajo. Era como la tierra prometida, donde abundaba el trabajo y podría encontrarse un futuro de bienestar. Y cuando mi madre cumplió los 29, soltera y con un futuro incierto, sus hermanos radicados en Argentina la mandaron a llamar. La hermana con quien vivía no quería saber nada con que Sofía se viniera a Argentina y llorando preguntaba por qué se la querían traer para acá, que por qué la iban a dejar sola a ella en España. Pero los hermanos le dijeron que ella no estaba sola, que tenía a su marido, a sus hijos, y que mi madre estaba sola y por eso querían traerla para acá. Y así fue que el día 8 de noviembre de 1929 se embarcó en el vapor “Groix” rumbo a este país. Siempre contaba la historia de ese viaje que debió haber sido muy duro. Fueron como cuarenta días arriba del barco atravesando el océano Atlántico, sola, entre desconocidos. Esos días debieron haber sido determinantes para que se hiciera de un novio. ¡Sí! Me contaba que se había puesto de novia en el barco. Y yo le preguntaba qué había pasado con ese novio cuando llegaron a Buenos Aires y me dijo que no lo vio más. Cuando llegaron y comenzaron a desembarcar, entre tanta gente que llegaba y entre tanta gente que iba a recibir a tantos inmigrantes, no lo vio nunca más. “No sé a dónde fue a parar”, decía.
Lo más gracioso es que la tenía que ir a recibir uno de sus hermanos, el más chico de los que se encontraban viviendo en Argentina. Y ella no lo conocía, porque se habían separado hacía mucho tiempo y solo tenía una foto para reconocerlo. Y la incertidumbre de si lo iba a reconocer o no daba vueltas por su cabeza. Hasta que se encontraron, ahí nomás, en el puerto de Buenos Aires. Mi madre miraba la foto y miraba al tipo que la había ido a buscar y se preguntaba si sería su hermano o no. Y con desconfianza todavía al no poder reconocerlo, recogieron las valijas de mi madre y su hermano le dijo claramente: “Mirá, Sofi, ahora estamos en Buenos Aires, pero nos tenemos que ir hasta Rosario, donde vas a vivir con nosotros”. Así que primero se fueron a comer algo antes de partir hacia Rosario, y mientras comían en un restaurant o en un boliche, qué sé yo, mi madre lo miraba constantemente y se seguía preguntando: “¿Será o no será mi hermano este tipo? ¿A dónde me llevará”. ¿Vos podés creer, encontrarte a los treinta años con un tipo que dice que es tu hermano y vos no lo conocés? ¡Debe ser horrible! Y bueno, era su hermano. Saturnino se llamaba…
Así que después llegaron a Rosario, donde iba a vivir mi madre junto con su hermano y la familia. Y ahí vivía otro hermano más, Manuel. Y otros dos vivían en Chaco, adonde se habían ido a vivir cuando llegaron de España, jovencitos, y ahora ya habían formado sus familias y eran hombres de campo. Se llamaban Francisco y Ángel. Y en Rosario aparece en escena quien sería con el tiempo mi papá. Mi madre vivía con su hermano Saturnino y su esposa Pilar en un barrio de Rosario. Y vieron cómo son los barrios… la gente se junta a charlar, a tomar mates… Y ahí empezó a aparecer un morocho, vecino de mi madre, a tomar mates todos los días. Y ese morocho, como yo, la miraba y la miraba y mi madre no le daba ni bolilla. Hasta que un día la cuñada, Pilar, le dijo: “Sofi: mirá que Luis —Luis le decían a mi padre, que se llamaba José Luis— viene por vos”. Y mi mamá dice que la miró y le dijo: “¿Ese Negro?”. Ese negro… no quería saber nada del negro, mi mamá. Morocho era, porque los negros son negros y mi papá no era negro, era morocho. Y bueno, la cuestión es que el morocho seguía yendo a la casa y después se ponían a tomar mates a la tarde, y qué sé yo, y ella miraba y no tomaba mates, hasta que un día la cuñada le vuelve a decir: “Sofi: mirá que el Luis viene por vos a tomar mates, así que vas a tener que aprender a tomar y a cebar”. Y ella reaccionó casi con desesperación; “¡Ni loca! ¿Qué es eso de que todos chupen del mismo coso?”. En España no existía el mate y recién lo conoció cuando llegó a Argentina. No sabía lo que era un mate, la bombilla, ni nada. “No, yo no voy a hacer eso. Todos chupan de eso mismo, yo no voy a chupar…”, se excusaba espantada. Con el tiempo mi madre cebaría y tomaría mates como la más argentina…
Y después vino la última etapa y definitiva: Santa Fe. La cuestión es que mi padre, el morocho, se terminó casando con la gallega. En Rosario nacimos Luis y yo, y cuando yo tenía un año, a mi padre lo trasladaron en su trabajo. Era ferroviario y lo destinaron en el año 1935 o 1936 a Santa Fe. Mi mamá lloró mucho porque tenía que dejar a toda su familia en Rosario… Fue como un segundo destierro. Primero tuvo que irse de España, su país natal, y dejar allá a su hermana y la poca familia que le quedaba. Y ahora tenía que irse de Rosario, donde vivían sus hermanos, parte de su familia… Y tenía que venir a radicarse a Santa Fe, lugar donde ella no conocía a nadie... Pero por suerte mi papá tenía tías, tías viejas que eran hermanas de su madre, ¿qué sé yo? Pero mi madre lloraba y lloraba como lo había hecho antes de subir al barco y atravesar el Atlántico… Pero se tuvo que venir a Santa Fe nomás…Y bueno, acá en Santa Fe nació su tercer hijo, Francisco Melitón, y se terminaron arraigando definitivamente en la casa de calle Martín Zapata, a una cuadra de la avenida Facundo Zuviría… Ay, ay, ay… Qué linda historia la de mi mamá…