Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


domingo, 20 de junio de 2010

LA REBELIÓN DE LAS BESTIAS

"Huelga" (1960)

Rugió con mucha bronca. Nadie se inquietó. No volaron los pájaros ni salieron corriendo los animales salvajes hacia los cuatro puntos cardinales. El rey de la selva quedó atónito. Miró a su alrededor y vio a los monos jugando en los árboles; a las hienas que, muertas de risa, ni siquiera lo miraban; a las jirafas que coqueteaban entre ellas; y hasta vio una pareja de venaditos apareándose sin ningún tipo de inhibición. Creyó estar soñando y pidió a su compañera que lo pellizcara. Rugió nuevamente, pero ahora por el dolor, y con mucha más bronca que la primera vez ya que comprobó que, efectivamente, estaba despierto. Y nuevamente ninguno de los habitantes de la selva pareció conmoverse con el tradicional mensaje de su rey. Se rascó la cabeza y se echó pesadamente sobre los pastos húmedos del valle. La Leona lo miró extrañada. ¿Estará ya viejo?, se preguntó. Tiempo atrás hubiese salido a matar al primer ser viviente que se le cruzara por el camino y ahora ni siquiera movía una pata. Solo se había echado a descansar y a observar cómo se le reían sus súbditos en su propia cara.
Dos días atrás había venido uno de sus ministros, el Leopardo, a comunicarle que había sido disuelta una reunión a dos kilómetros del lugar, en la que se encontraban representantes de las más diversas especies de la selva. No había sabido explicarle el motivo por el cual se habían congregado esos bichos porque ni siquiera los había interrogado antes de que sus secuaces atacaran despiadadamente a la animalada. El Leopardo también le había dicho que ante una incipiente resistencia por parte de los insurrectos, se había procedido a reprimirlos en forma violenta, causando más de sesenta víctimas, las que ya habían sido devoradas por el ejército a su cargo. ¡Leopardo estúpido!, había exclamado el León. ¡Perdiste la oportunidad de averiguar qué estaban tramando por muerto de hambre! Desde hoy -lo sentenció- me vas a tener que consultar antes de atacar. El Leopardo bajó la cabeza y sin decir una palabra más se retiró hacia su caverna, cerca de las montañas.
Ahora el León pensaba en los posibles temas que estarían tratando en esa asamblea las bestias que hoy no le prestaban atención. Murmuraba entre dientes maldiciones para todas las bestias que seguían divirtiéndose como en feriado nacional. El venadito macho bebía agua jadeando de cansancio mientras la hembrita, insatisfecha, jugueteaba a su alrededor pidiendo una segunda vez. Un gran mono con trasero colorado se paseaba permanentemente a pocos metros del León haciendo alarde de su gran prominencia, dejando escapar de vez en cuando, a manera de burla, alguna flatulencia. Un jabalí y una jabalina lo miraban fijamente como estudiando la forma de gastarle alguna broma. Ni siquiera esos pajarracos insoportables que revoloteaban encima suyo dejaban de chillar. Estuvo echado allí hasta el amanecer, pensando, mirando, buscando el porqué de esa falta de respeto hacia su poderosa y siempre temida presencia. Si no hubiese sido por su compañera, hubiese pasado la noche allí, bajo las estrellas que iluminaban el valle sin ayuda de la luna. Vamos -le dijo-, los cachorros deben estar con hambre. Sí, vamos -contestó sin ganas y se dirigió hacia su cueva. El tranquilo sonido de las noches en la selva lo acompañó en su trayecto.
Esa noche los cachorros y su compañera comieron los restos de un ciervo que habían matado la tarde anterior. Todavía estaba sabroso. Él no probó ni un solo bocado. Masticó un poco de pasto fresco y se echó boca arriba a pensar. Preguntó una y mil veces a sus queridas estrellas por qué y por qué, pero el silencio fue la única respuesta. Pensó en la evolución del mundo y en la promulgación de los Derechos Animales, pero creyó que no tenía nada que ver. Si estos pobres bichos ni siquiera saben que hay una ley que los defiende, se dijo. ¿Qué pretendían? ¿Que se los trate con más rigor? ¿Estaban insatisfechos? Hasta en las ardillas advirtió una falta de respeto insoportable. Desde los árboles le arrojaban todo tipo de frutos y hasta ramas cuando pasaba. Las serpientes vivían sacándole la lengua como si fuera una diversión más. Y no solo los venaditos daban rienda suelta a su instinto sexual; también el hipopótamo, bicho apestable, montaba constantemente a su hembra en la orilla del lago. Y qué asco le daba ver al jabalí, con su cara de chancho baboso, hacer el amor -¿amor?- a una pequeña jabalina que, creía, era su propia hija. No había más respeto. Todo el orden impuesto por él y los de su raza desde siempre se estaba desmoronando. No podía ser que cada uno hiciera lo que quisiera ni que se paseasen muy tranquilamente por la selva cuando él estaba presente. ¿Y el temor que debían tenerle? Seguramente habría agitadores; algún bicho asqueroso estaría llenándoles la cabeza a todos esos imbéciles, que no sabían en lo que se estaban metiendo. ¿Y qué hacer?
Su compañera ya había acostado a los cachorros y vino a su encuentro. Le hizo algunas caricias e insinuaciones eróticas pero el León no le hizo caso alguno. Insistió. Le lamió una pata, luego otra, jugó con su larga cola y así se fue arrimando al miembro anhelado; pero lo encontró frío y débil. La Leona sintió una bronca feroz y gritó: ¡¿Qué?! ¿Además de la autoridad perdiste también la hombría? El León, tomando esa ofensa con calma, la llamó a su lado y le explicó su mal. ¿Por qué no reunís al gabinete?, sugirió ella.
Al día siguiente se reunieron en el valle los miembros del gabinete. No estaban todos, algunos estaban de viaje -relaciones públicas, que le llaman-. Estaban allí el Leopardo, el Tigre, el Rinoceronte y el Búfalo, todos ellos serios y malos, tal cual lo exigía su rey, el León. Cada uno dio su opinión sobre los acontecimientos según sus propias experiencias.
-Yo creo que se dieron cuenta de que uniéndose pueden hacernos frente -opinó el Tigre.
-A mí constantemente me hacen burlas -dijo el Leopardo.
-Y a mí también -continuó el Búfalo-. Y lo peor de todo es que si uno reacciona como lo hacía antes, ni siquiera se preocupan...
-Es más -siguió el Rinoceronte-, ¡te hacen frente!
-Creo que debemos adoptar medidas urgentes -concluyó el León.
Deliberaron durante dos días y dos noches sin volver a sus cuevas sobre los pasos a seguir. Tenían que volver a la normalidad antes de que fuera demasiado tarde. El terror debía volver a ser la ley de la selva. Los fuertes, los dueños; los débiles, la comida.
-De ahora en más -declaró el rey- todo aquel que no respete ni haga respetar las leyes de la selva, eternamente impuestas por mi poderosa persona y los de mi linaje, será condenado a muerte mediante ejecución pública que se llevará a cabo en este valle y frente a los ojos de todos los demás animales de la zona. Nuevamente el terror debe reinar en esta tierra porque si no corremos el riesgo, como nos está ocurriendo, de perder el dominio total de esto que es, sin duda, nuestro. No nos importará la raza ni la especie ni el tamaño ni la edad. Morirán todos aquellos que no quieran comprender que aquí mando yo. ¿De acuerdo?
No solo estaban de acuerdo; ninguno de los presentes se hubiera atrevido a contrariar las órdenes del León, el rey por naturaleza. Luego se pusieron a estudiar las formas de capturar a los insubordinados y cómo se los ejecutaría en público. Pruebas no se necesitarían. ¿Quién se atrevería a pedirle pruebas a la máxima autoridad? Se llamaría a asambleas generales en el valle cada vez que se llevara a cabo una ejecución, se explicaría el porqué y se advertiría sobre lo que le esperaba al que actuara de igual o similar forma que los ejecutados. Estuvieron seguros de que pronto la normalidad volvería a la selva. La fuerza y el miedo, sin duda alguna, se impondrían de nuevo.
Una vez terminadas sus deliberaciones, dispusieron el regreso a sus cuevas para descansar y prepararse para el nuevo plan a seguir. El Rinoceronte vio algo extraño hacia el sur del valle: una polvareda. ¡Miren!, exclamó. Cuando todos miraron hacia el sur, vieron esa nube de polvo y, mucho más cerca de ellos, a la Tigresa que venía corriendo como loca. Gritaba algo ininteligible. Todos aguardaron impacientes su llegada hasta que por fin pudieron descifrar sus palabras: ¡La animalada! ¡La animalada! Al llegar, entre suspiros y llantos, trató de explicar lo que pasaba. Los animales se habían unido para reclamar por sus derechos. Venían hacia ellos y no justamente en misión de paz. La polvareda se agrandaba y se acercaba cada vez más. El rey y sus ministros no supieron qué hacer. Debían actuar inmediatamente antes de que llegaran los insurrectos. Los nervios no dejaban pensar, y mucho menos el miedo, sentido por primera vez en su vida.
Sonó en su bolsillo el celular.
-¡Qué! ¿Qué? ¿Qué pasa?
Estaba muy entretenido en su escritorio leyendo la redacción de su hijo para la escuela -¿estas cosas aprenden ahora?, pensó-, cuando el insoportable sonido del teléfono lo interrumpió abruptamente.
-Hola. ¿Qué pasa?
Le contestaron del otro lado del aparato.
-¿Son muchos? -preguntó nervioso.
Habrá escuchado algún número o alguna cantidad aproximada.
-¿Y los otros están trabajando?
La respuesta pareció afirmativa.
-Dígales a esos negros de mierda que se pongan a laburar inmediatamente. No quiero llegar y verlos protestando porque me van a oír y que se atengan a las consecuencias. Ya voy para allá.
-¿Los obreros? -preguntó su esposa.
-Ajá -asintió malhumorado.
-Y... estamos a veinte y todavía no cobraron...
-¿Por qué no te ocupás de tus cosas? -le gritó, y sin saludar se fue hacia la fábrica. Los nervios no lo dejaban pensar. Durante el trayecto pensaría una solución. Encendió un habano cubano, puso en marcha su Mercedes Benz y suspiró.

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