Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


viernes, 29 de julio de 2011

VOLVER ATRÁS (1991)


El profesor ingresa al aula con decisión y seriedad. El curso está desordenado. Los alumnos no advierten su llegada. O sí, pero lo ignoran. Deja sus libros y carpetas sobre el escritorio y, suspirando, se dirige al frente del aula y observa el desorden con mal humor. No abre la boca. No le gusta poner orden a los gritos y adopta su típica postura de espera con las manos en los bolsillos y su mirada amenazante. Algunos advierten su presencia, su actitud, y lentamente se van acomodando en su banco. Otros siguen parados, caminando o hablando. Es la primera hora de la mañana y no tiene ganas de empezarla pidiendo silencio. Pero los segundos pasan y no le queda otra opción que abrir la boca. Dos o tres apellidos pronunciados con voz severa fueron suficientes como para que el curso entero advirtiera su presencia. Momentos después todos lo miran desde su asiento en silencio y llega el buen día que tanto se hizo esperar.
La clase se desarrolla normalmente. Esto es: una parte del curso atiende al profesor y trabaja; algunos alumnos hablan en voz baja y creen que no son vistos ni oídos, y otros vuelan en su mundo fantástico —o real— muy lejos de la clase de Lengua. El docente es consciente de todo y retiene en su memoria caras y actitudes. De vez en cuando agarra su cuadernito y anota para no olvidarse. No dice nada, pero los alumnos saben que está calificando. Observa a uno de esos pequeños hombres con una birome en la boca, sin la carga de tinta. Sigue hablando de sustantivos y adjetivos, pero no lo pierde de vista. Siente ganas de reír, pues el alumno canutero desconoce que es vigilado. Otro, un poco más atrás, juega con un pequeño trozo de tiza que, supone, es un futuro proyectil. Una morochita, delgada, cuestiona en voz alta la explicación. El profesor pide fundamentos al cuestionamiento y la morocha no sabe qué decir. Le gusta que lo cuestionen. Es una buena forma de darse cuenta de que siempre hay alguien que lo escucha atentamente. Otros dos alumnos participan desordenadamente de la cuestión planteada. Se alegra. El canutero aprovecha la ocasión para expulsar el proyectil de su pequeña arma de un soplido. El profesor lo advierte y lo mira fijamente. El rostro del joven cambia repentinamente de color. Desesperadamente trata de disimular su falta pero ya es tarde. La próxima vez te vas, sentencia.
Dicta un cuestionario y pide que trabajen en forma individual y en silencio. Algunos se resisten pero luego se adaptan —o parecen adaptarse— a la situación. Abre el cuaderno, toma su portaminas y comienza a caminar lentamente entre los bancos. Observa el trabajo de sus alumnos y a veces siente ganas de reír. Lo disimula. Sus pesadas botas negras despiden una melodía monótona. Advierte un movimiento sospechoso a sus espaldas y se da vuelta con lentitud. Una rubia intenta esconder desesperadamente una hoja escrita en rojo. El profesor se la saca y sin leerla la guarda entre las hojas de su cuaderno. Escucha ruegos desesperados de devolución pero no accede. Quiere ponerse serio pero los gestos de súplica de la alumna no lo dejan. Sonríe y, sin complacerla, continúa su recorrido por el curso.
Ahora la mayoría trabaja. Algunos se paran y exponen sus dudas. Otros lo llaman desde su asiento. Uno pregunta a los gritos. No habla. Solo mira y gesticula. El gritón calla y espera en su banco. La rubia insiste con la devolución de la misteriosa hoja que él no ha leído. Es una clase normal. A sus espaldas, alguien molesta a una compañera. No mira pero sabe lo que pasa. Sonríe por dentro al pensar que sus alumnos creen que no advierte nada. Camina. Observa la hoja de un flaquito tímido. Dos grandes ojos ascendían desde el piso. Unas venitas servían de apoyo. Un águila despegaba sus alas en el firmamento. Guardá eso y trabajá, sentenció ante la sorpresa del dibujante. Menea la cabeza y cierra los ojos. Muchos recuerdos dan vuelta en su mente. El viejo colegio de curas está permanentemente en sus pensamientos. Aquel flacucho que fue algún día está reflejado en varios de sus actuales alumnos. No hace mucho él estuvo sentado en pupitres como esos, mamarracheados con más de un centenar de nombres. Mira a su derecha. Una tiza surca el espacio velozmente y se estrella en la nuca de una alumna. No vio quién fue el lanzador y hace la pregunta. El curso entero calla. El silencio se adueña de la situación. Dirige la vista hacia el sector desde donde presumiblemente partió el proyectil. Nadie abre la boca pero ya descubrió quién fue. Un rubio, de tez muy blanca, sospechosamente está colorado, transpirado. Su cara no puede enrojecerse más. ¿Quién fue?, insiste. Los ojos del profesor traspasan al supuesto culpable pero este no abre la boca. Camina en silencio alrededor del curso y en silencio es observado por decenas de ojos asustados. Pronuncia algunas palabras de reproche y murmura un cobarde. Está serio. Muy serio. Pero solo él sabe que finge. Sabe que no puede culparlos por tener la edad que tienen. A veces los envidia. Esa edad había sido muy linda para él pero razona: la mejor edad es la que se está viviendo. La rubia rompe el silencio y vuelve al ataque. No leyó el papel que le reclama pero sospecha que algo interesante debe decir. ¿Algo sobre él? No hace caso a las súplicas y sigue su recorrido mientras los alumnos trabajan ahora en silencio.
Toca el timbre, finaliza la hora, comienza el recreo. Hace recomendaciones para la próxima clase, toma sus útiles y autoriza a los alumnos para salir del aula. La rubia se queda y él sonríe. Intenta evitarla pero no puede impedir un nuevo pedido. Ahora es por favor, por el amor de dios. La mira. Esa cara solo expresa picardía. Saca el papel de su cuaderno, aguanta la curiosidad y se lo entrega a la joven que salta de felicidad y no se olvida de agradecer.
Da media vuelta y camina alegremente. Recuerda las palabras de Miguel Cané en Juvenilia, que debe leer en la próxima hora en otro curso:
“Decían las cosas que en otro tiempo yo había dicho;
usaban las mismas estratagemas que yo había empleado”.
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2º año Instituto Santa Marta - Pilar – Santa Fe

2 comentarios:

  1. Fui alumna, hoy docente.... se repiten mas o menos las mismas situaciones. Hermoso revivir en el relato.

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  2. Felicitaciones. Una pintura muy exquisita de una época memorable para mí también.

    Abrazo desde Neuquén

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