Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


miércoles, 22 de junio de 2011

ME EQUIVOQUÉ


Creo que los sueños son sucesos creados en el cerebro desinhibido de un individuo mientras duerme, y que son provenientes de un intenso deseo que permanece oculto en lo profundo de su corazón al estar despierto.

Un evento en un sueño es un fenómeno extraño que posiblemente no pueda ocurrir en la realidad… y aun así posee sentimientos sensoriales como si fuera una experiencia real. Esto sucede porque el sueño es el fruto del más puro e íntimo deseo humano. En mi opinión, el sueño es el máximo medio de expresión posible de esos deseos íntimos.

Akira Kurosawa

Me desperté feliz. A pesar de que me había rechazado diciéndome te equivocás, estaba convencido de que no era cierto.

Conocía a Irene desde hacía mucho tiempo pero hacía muy poco que nos habíamos vuelto a ver. El tiempo había pasado y ambos habíamos cambiado. Irene ya no era la niña que había conocido en la infancia, pero conservaba la misma sonrisa, esa sonrisa que me contagiaba desde entonces, esa sonrisa que aún hoy me contagia…

Anoche me abrazó y me dijo que me quería mucho, que nunca había conocido a alguien como yo. También la abracé. Y le dije que era una mina genial, que también yo la quería. Y nos abrazamos muy fuerte, mucho tiempo… y no aguanté. La besé. Fue solo un segundo en que mis labios se apoyaron en los suyos. Te equivocás, me dijo retrocediendo y le pedí perdón. Pero sabía que, si pudiera, volvería a hacerlo una y mil veces.

Siempre creí en mis sueños y tengo la ventaja de recordarlos muy bien. Y a este en especial no podría olvidarlo. Recuerdo a cada segundo mi abrazo con Irene, y si algún episodio se me borra, lo recreo a mi antojo.

Te equivocás, me dijo. Pero qué hermoso fue acercar lentamente mi rostro al suyo y tomar esa decisión. El beso duró un pestañeo que en mí será eterno. Creí que su rechazo había sido una reacción lógica ante una actitud inesperada. ¿Haría lo mismo en la realidad?

Más de una vez Irene me dijo que yo era un buen tipo, que me consideraba su mejor amigo. Y ayer por la mañana, en la oficina, me lo repitió. Yo escribía en la computadora una amarga carta ordenada por el jefe, cuando se me acercó y se sentó a mi lado. Disfruté el aroma del perfume de siempre, la miré a los ojos y pensé: ¡Cómo me gustó besarte anoche! Irene sonreía. Me acarició la espalda —siempre lo hacía antes de hablarme— y me dijo:

Negrito, sabés bien cuánto te quiero y que confío en vos enormemente, ¿no?

Asentí con la cabeza, con una sonrisa, y ante mi mirada asombrada, siguió:

Te voy a contar un secreto hermoso y quiero que seas el primero en saberlo…

Me acomodé en la silla, me olvidé de la fría carta y la escuché con atención:

Estoy saliendo con Jorge y estoy reenamorada. ¿No es genial? Quería decírtelo a vos primero porque sos mi mejor amigo…

Irene seguramente esperó mi sonrisa sincera, mi alegría, mis felicitaciones y mis palabras. No pude fingir. Solo sonreí sin ganas y acaricié sus manos suavemente y con bronca a la vez. Mientras retumbaba en mi cabeza ese sos mi mejor amigo, la felicité falsamente.

Me había equivocado.

Una vez más.