Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


viernes, 22 de junio de 2012

Dejen que entre el brillo del sol



Viajaron muchos kilómetros para verlo, para encontrarlo, para que se reencuentren.
Sheila, la rubia acomodada, se había enamorado de Claudio, el rubio campesino que se había alistado para ir a pelear a Vietnam. Los amigos, incondicionales, hicieron todo lo posible como para que se pudieran ver antes de la partida. ¿Pero cómo entrar al cuartel? ¿Cómo llegar a ese soldado que ya no podía volver sus pasos atrás?
Viajaron muchos kilómetros, cantando, felices, cabellos largos, muy largos, al viento. Y se la ingeniaron. Sheila simuló conquistar a un oficial del glorioso ejército yanqui  y le robó el uniforme, mientras Berger sacrificaba sus largos cabellos por la noble causa: ingresar al cuartel disfrazado de oficial y permitir así que Claudio abandone por un rato la milicia y pueda despedirse de Sheila.
Pero los militares —no solo los yanquis— son impredecibles. Berger, contento y orgulloso de ayudar a su amigo, ocupaba el puesto de Claudio cuando alistaron a la compañía para partir al infierno. No volvió a tiempo Claudio para ocupar su lugar y devolver a Berger a su mundo natural.
El avión partió.
El final es emocionante. Los amigos de Berger, incluido Claudio, lo despiden cantando “let the sunshine in” ante un cementerio de miles de lápidas blancas, con una placa con nombre equivocado, con cuerpo cambiado.
Un verdadero canto a la amistad y a la paz.



jueves, 14 de junio de 2012

5 - GUARDIA IMAGINARIA



Ningún consuelo penetra
detrás de aquellas murallas,
el varón de más agallas,
aunque más duro que un perno,
metido en aquel infierno
sufre, gime, llora y calla.

Martín Fierro


Eran las dos de la mañana y se sentía mal. Quería dormir y no podía hacerlo. Parado, caminando por los pasillos, pensaba en cómo matar el tiempo. Le molestaba el casco blanco sobre su cabeza húmeda de transpiración. De su cintura colgaba un duro bastón de goma que debería usar en caso de indisciplina. Él sabía muy bien que jamás lo haría. ¿Qué hacer? Todos dormían. ¿Con quién hablar? ¿Cómo matar el aburrimiento a esa hora de la noche? Se dirigió hasta la cama del sanjuanino Chirino casi sin hacer ruido.
—Camilo... Camilo... —susurraba mientras sacudía suavemente el cuerpo dormido—. Che, Camilo, despertate.
—¿Eh? ¿Quién es?
—Yo, loco. Prestame la radio, porque si no me duermo.
Camilo lo miró seriamente tratando de despertarse.
—¡La puta madre! ¿No había otro a quien pedírsela?
—¡Dale, che! Si es por las pilas, te las pago...
—No, no es eso... ¡Estoy durmiendo! ¿No ves?
—Sí, veo...
—¿No me digás que estás de imaginaria? —preguntó Camilo largando una carcajada que se confundía con un bostezo.
—Sí, loco. Estoy cuidando que el enemigo no ataque la cuadra y nos afane las botas. Dicen estos milicos que los ingleses acostumbran a atacar por la noche y se ponen de acuerdo con la guerrilla armada para hacerlo sorpresivamente —dijo irónicamente—. Y parece que buscan a los sanjuaninos putos...
—Ay, entonces cuidame mucho, mucho, mucho... —afeminó la voz.
Un chistido se escuchó en el fondo de la cuadra. Camilo, entredormido y de mal humor, abrió la taquilla y tomando la radio portátil, se la dio a su compañero.
—Tomá y dejame de romper las bolas.
Cuando el imaginaria le quiso dar las gracias, Camilo ya estaba dormido. Encendió la radio y se sorprendió al escuchar un tema de Sui Géneris. Será algún jovato romántico, se dijo pensando en el conductor del programa. Caminaba incesantemente para no dormirse, solo tenía que esperar hasta las cuatro y lo relevarían. Fue al baño y se sacó el casco. El calor era sofocante. Diciembre se estaba yendo y se despedía calurosamente.
Abrió una canilla y puso su cabeza debajo del chorro de agua fría. Pensó que así se despabilaría un poco. Se peinó los pocos pelos que tenía y volvió a andar por los oscuros pasillos.
¿Qué harán mis amigos en Santa Fe?, pensaba. Deben estar de joda... Aunque allá a esta hora debe estar casi todo muerto, ni un alma en la calle... pero cómo me gustaría estar con ellos...
Sostenía la radio pegada a su oreja izquierda, mientras que con la mano derecha jugaba con el bastón de goma. Sus piernas estaban cansadas y el sueño no se iba. Estaba contento porque por la radio pasaban la música que a él le gustaba, esa música que le traía recuerdos de mates siesteros y reuniones nocturnas en la casa de alguna amiga. Recuerdos con los que viajaba a cientos de kilómetros con un abrir y cerrar de ojos, recuerdos que no eran suficientes como para alejar el sueño.
Se sentó en una de las tantas camas vacías que había en ese oscuro lugar y, apoyando su codo derecho sobre su pierna, recostó su cabeza en su mano extendida. No me tengo que dormir, pensó. Eran las tres y media de la mañana, media hora más y lo reemplazarían. La música se mezclaba en su mente con los recuerdos pasados, haciendo un solo sueño, sueño hermoso, loco, destructor...
Viajó sin darse cuenta por espacios infinitos. Corría por el aire y daba vueltas sintiendo nuevamente en él su castrada libertad. De pronto se encontró parado sobre una calle de adoquines y no vio a nadie, estaba completamente solo. Quería gritar pero pensó que era totalmente inútil, nadie lo escucharía, nadie acudiría a su llamado. La calle era larga, no podía divisar el final de la misma ya que el mismo horizonte la cortaba. Caminaba lentamente buscando un lugar adonde ir. A los costados de la calle solo se levantaban dos muros inmensos y no vio otra salida que seguir caminando. Luego de varios minutos de andar, el paisaje no variaba: dos muros enormes y la calle sin fin. Entró a inquietarse y caminó más rápido, cada vez más hasta llegar a correr como un loco, desesperadamente. Era para él como estar corriendo sobre una esfera gigantesca, a la que hacía rodar sin avanzar, como lo hacen los osos en el circo sobre una pelota o sobre un gran cilindro acostado. Sin saber en qué momento ni por qué, se vio tirado en el suelo, dolorido y ensangrentado, sus piernas débiles le temblaban, sus ojos mirando hacia arriba se extraviaban, su boca sonreía y sentía cómo todo su ser se iba. Vio una luz. Una luz cegadora frente a sus ojos, insoportablemente poderosa, que no lo dejaba ver qué pasaba. Al fin pudo divisar imágenes oscuras, indescifrables. Miró su cuerpo y no sangraba, estaba sentado sobre una cama, con la radio apretada en su oreja izquierda, su casco puesto y el bastón de goma tirado en el piso.
Ya no soñaba, ya no dormía. Una luz maligna lo había despertado. Tardó algunos segundos en reaccionar. Se paró y pensó en lo peor. Una sombra se alejaba por el pasillo con una linterna en la mano... y lo había descubierto dormido. Casi con rabia pensó que solo faltaban seis días para la Navidad y que ya tenía el permiso de sus superiores para viajar a su ciudad. Hizo fuerzas inhumanas para no dejar escapar una lágrima y maldijo la hora en que se había quedado dormido. Apagó la radio y la escondió debajo de un colchón. Luego se acomodó el uniforme y se quedó parado, inmóvil, esperando el regreso de la sombra.
Nuevamente vio la luz en el fondo del pasillo. Se aproximaba el momento que él no hubiese querido vivir nunca. Quiero irme a Santa Fe, se decía en silencio. Rogaba para que la sombra pasara de largo, para que lo ignorara, pero sabía que no sería así. Cuando la sombra estuvo cerca, la identificó. Era un hombre alto, canoso y delgado. En su brazo brillaba un brazalete rojo que lo identificaba como suboficial de guardia. Él seguía inmóvil, ahora en posición de firme y saludó a su superior militarmente.
—¡Buenas noches, suboficial! —dijo con voz fuerte y segura.
En suboficial se detuvo frente a él y lo miró, serio y aterrador. Estuvieron mirándose tres o cuatro segundos. Solo se escucharon ronquidos lejanos y el ruido de las ramas de un árbol que golpeaban una ventana. Eran las tres y cuarenta y cinco, quince minutos antes del relevo. El suboficial no contestó el saludo y con voz ronca murmuró:
—¡Treinta días!