Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


martes, 5 de enero de 2016

LA VENTANA


Cuando la vi, vinieron a mi mente, escalofrío mediante, las imágenes que tenía guardadas de Alejandra y de Martín. No sé por qué, o sí, lo sé: esa pared gastada, muy vieja, olvidada, color sepia —sin la ayuda de ninguna máquina—, me hizo pensar en el mirador de la vieja casa de Barracas. Las persianas herrumbradas y entreabiertas, la reja trabajada como ya no se fabrican más, también oxidada, descuidada. Las hojas de la puertaventana con vidrios repartidos sucios, alguno más viejo que otro, la banderola en la parte superior y su moldura de estilo. Debo haber dado una imagen sospechosa al haberme quedado parado frente a esa casa, con el cuello inclinado a cuarenta y cinco grados y la mirada absorta perdida en esa vieja ventana, pero no en su superficie, en esa cerrazón que no impidió que mi imaginación volara y penetrara muros infranqueables.
El interior se veía oscuro y no pude dejar de imaginarme una muchacha recostada en su cama, los ojos cerrados pero que supe hermosos, cabellos negros con reflejos rojizos, con sus piernas encogidas, descansando profundamente; y un pibe inocente, visiblemente menor que ella, sentado a su lado, mirándola, deseándola como una bestia desesperada pero sabiendo que era un ser divino inalcanzable. Imaginé que yo era Martín y que Alejandra era un sueño loco y peligroso que estaba dispuesto a enfrentar. Sentí en pleno verano santafesino el frío húmedo del otoño, como si una llovizna acariciara mi barba entrecana y contemplé esa imagen hermosa de dos seres casi juntos, en la misma cama, y tan lejanos a la vez. Escuché en el interior de la casa, quizás en la habitación contigua o en un comedor de la planta baja, el lamento de un clarinete, notas desarticuladas y obsesivas. La habitación estaba oscura, apenas iluminada por la luz de una vela a punto de acabarse, y caminé lentamente por sus pisos gastados de viejos. Al intentar salir de la habitación observé una escalera caracol metálica que me conduciría seguramente hacia el autor de la triste melodía, pero dudé ir en su búsqueda. Estaba en mal estado, herrumbrada y con varios escalones rotos. Además, la escena de Martín y Alejandra me deslumbraba, nunca había visto una imagen tan desgarradora y amorosa a la vez. Como un cuadro expresionista. Ella, de apariencia tan angelical, inmersa en sueños que imaginé tenebrosos; y él, lánguido, triste, esperanzado en un amor que no podía ser.

...

El bocinazo de un colectivo de la línea 2 me hizo volver a la realidad y me sentí ridículo, allí parado, inmóvil, sobre una vereda de calle 9 de Julio, observando la ventana de una vieja casa que había advertido segundos antes, al mirar sin saber por qué hacia arriba, al azar.


Foto del 01/01/2016

1 comentario:

  1. La descripción precisa, poética a veces, alcanza el clímax del relato que luego se deshace en la simple forma de lo imaginado. Excelente.

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