sábado, 11 de julio de 2020

23 DE OCTUBRE


Fue el peor día de mi vida. Lo digo ahora, mirándolo desde lejos, analizando la situación con un poquito más de tranquilidad. Corría octubre, recuerdo, y la situación de mi familia era crítica. El viejo hacía tiempo que andaba sin laburo y se las rebuscaba con algunas changas. Del ferrocarril lo habían echado por racionalización. ¡Qué palabrita! Como si el hombre fuera solo un pedazo de carne… La política neoliberal estaba haciendo estragos en el país y la privatización de los ferrocarriles era inminente. La vieja tenía bastante que hacer en casa con mis hermanos y también conmigo, que a los dieciocho años no estudiaba ni laburaba y estaba viviendo a costillas del pobre viejo. De vez en cuando me las rebuscaba para llevar unos mangos a casa pero, debo confesarlo, no me simpatizaba mucho hacerlo. Siempre fui un tipo tranquilo. Buscaba constantemente la soledad y me aislaba de los que me rodeaban. Nunca me gustó el tumulto. La gente no me cae bien.
Pensándolo bien, no sé si fue el peor de los días de mi vida, porque en realidad me dejó muchas, muchísimas enseñanzas. Si no fuese por ese día, hoy Sebastián no me estaría mirando.
Me desperté cuando el viejo llegó a casa, a los apurones y llevándose todo por delante. Eran las cinco de la mañana. Escuché los gritos de la vieja: ¡¿Qué hacés, Adolfo?! ¿De dónde sacaste eso? Mi viejo tardó en contestar. Luego de unos minutos, jadeando y en voz baja, quizás para evitar que sus hijos escuchásemos, le explicó el porqué de todo. No aguanto más, Susana, no aguanto más. Ya no me siento ni siquiera hombre. No puedo sentirme orgulloso de ser padre. Llorisqueaba. Fue la primera vez que lo escuché hablar con dificultad. Me imaginé su rostro y me sentí muy triste. ¿No me entendés, Susana? Los pibes tienen hambre. Estoy cansado de golpear y golpear puertas y que me reciban con los puños cerrados. ¡¿No me entendés, carajo?! Hacía esfuerzos para no gritar. Hubo un largo silencio de palabras pero no de llantos. Lloraron juntos. Quizás se abrazaron. Poco a poco el silencio se fue adueñando de la situación. No pude volver a cerrar los ojos y me levanté. Dos o tres mates fueron suficientes. Los viejos se habían ido a su pieza. Sobre la mesa había unos cuantos billetes apilados y dos relojes pulseras dorados. Ni los toqué. Busqué aire puro y no lo encontré. Las calles de la ciudad estaban sumergidas en una nube negra y espesa.
¿Qué día de octubre fue? Sí, ahora lo recuerdo: 23 de octubre. El 24 iban a ser dos años que había conocido a Mariela y quería darle una sorpresa. Confieso que el dinero que estaba sobre la mesa me tentó y mucho. Pero, ¿qué sabía yo para qué lo había llevado mi viejo a casa? Caminé sin rumbo fijo e intentaba pensar en algo ingenioso. No tenía un solo peso, por lo tanto, mi ingenio tendría que hacer un gran esfuerzo, cosa a la que no estaba acostumbrado.
Cuando lo vi, me paralicé. Me encandiló. Pestañé dos o tres veces hasta que lo observé detenidamente. El brillante era hermoso. Estaba en una cajita de terciopelo roja y anulaba con su majestuosidad a todas las joyas que estaban a su alrededor. ¡Cómo me gustaba! ¡Cómo le gustaría tenerlo a Mariela! La gente apenas transitaba por la calle a esa hora y faltaban por lo menos dos horas para que la joyería abriera sus puertas al público. Sentí una incertidumbre desconocida. Tenía ganas de romper el vidrio y llevarme el brillante. ¿Y la alarma? Ese era el problema. Pero pensé que preocuparme por eso era el mayor obstáculo. Alcé una baldosa, cerré los ojos y escuché la explosión. Los pedazos de vidrio se desparramaron y en el mismo momento en que la alarma comenzó a hacerse escuchar, agarré el brillante y corrí hacia cualquier lado.
Mariela me abrazó y me besó con mucho entusiasmo al principio. Pero con preocupación a los pocos segundos. El brillante la había enloquecido. Nunca había visto algo parecido. ¿Cuánto te costó? No la miré y desconfió. ¿De dónde lo sacaste? No contesté con palabras. Los besos fueron mi respuesta y como contrarrespuesta recibí la entrega total de Mariela. Pasamos toda la siesta en un hotel y tras cada pregunta acerca del brillante, que ya tenía colocado en su anular y no dejaba de mirarlo en ningún momento, yo callaba o cambiaba de tema. Fue todo muy lindo, pero algo adentro mío me decía que ese día, ese maldito 23 de octubre, iba a ser más largo de lo que yo esperaba y me traería más de una sorpresa. Y no tardé en comprobarlo.
Cuatro enfermeros sacaban dos camillas con sábanas blancas bañadas en sangre que cubrían aparentemente dos cuerpos. La policía prohibía el paso de peatones y de vehículos. Yo me acercaba con mucho miedo e intriga. De mi casa parecía salir humo o eso fue lo que me pareció. No veía a mis hermanos ni a los viejos. ¡Alto, no se puede pasar!, me gritaron. ¡Yo vivo ahí!, respondí mientras empujaba al policía sin obedecerle. Me dirigí hacia una de las camillas y levanté la sábana: un hombre de barba oscura tenía la cara empapada de sangre. Sentí náuseas. Me apartaron sin dejarme ver quién estaba en la otra camilla. La ambulancia se fue inmediatamente pero sin hacer sonar la sirena. ¿Quién sería ese hombre de barba? ¿Qué hacía en mi casa? ¿Cómo había muerto? ¿A quién se llevaban en la otra camilla?
Sebastián, fruto de aquella siesta del 23 de octubre, me sigue mirando con mucha atención. Mariela lo tiene en brazos mientras yo aprieto con fuerza, impotente, los barrotes de mi celda. Si no fuera por ese revistero que me vio correr como loco luego de la explosión del vidrio, no me hubiesen agarrado. Pero las cosas son como el destino manda y hasta dentro de dos años y tres meses no podré correr con Sebastián por la plaza del barrio.
¡Pobre, el viejo! También a él el destino le jugó una mala pasada. Yo sospechaba que mi vieja tenía sus aventuras, pero nunca creí que lo haría en casa. ¿Quién te mandó, vieja, a meterte en tu propia cueva?
¡Ay, día nefasto! Mi viejo en cana. Yo también. Mi vieja… que en paz descanse. Mis hermanos, solos, a la buena de dios. Mariela con Sebastián… lo único bueno que me pasó entre tanta miseria. ¡Ay, 23 de octubre, quién te pudiera borrar del almanaque para siempre!

1991

viernes, 10 de julio de 2020

DELINCUENTES



Eran cuatro. Tres pertenecían a la misma familia (dos hermanos y un primo). El restante, un incondicional. De los dos hermanos, una era mujer. La cabecilla, el cerebro. Sus variadas lecturas y su admiración por Tom Sawyer y Huckleberry Finn la habían ayudado a erigirse en líder de la banda. Dicen quienes los conocieron más de cerca que los hombres debían rendirle cuenta sobre su actividad delictiva y que ella celosamente guardaba lo malhabido en su casa. Nunca usaron armas, nunca maltrataron a sus víctimas. Si alguien les hubiese dicho que eso era un trabajo, no lo hubiesen hecho seguramente. A ella ser la jefa le daba seguridad suficiente como para ejercer dominio sobre sus compinches. Tomaba esa actividad como un pasatiempo rentable, como un hecho provechoso, pero por sobre todas las cosas, como un juego, una actividad que nadie la obligaba a realizar. Se sentía líder. Y así era feliz. 
La suerte fue por un tiempo su aliada pero, como ocurre siempre con esta clase de triunfadores, el éxito fue efímero. 
El final de las tropelías que habían comenzado quién sabe cuánto tiempo atrás, llegó antes de lo esperado en un comercio céntrico de la ciudad. El primo fue observado por una vendedora justo cuando tomaba lo que no correspondía y lo escondía en el bolsillo de la campera. El incondicional fue un poco más burdo para ocultar su botín y ante la desesperación por sacárselo de encima, se lo pasó a la jefa, quien lo ocultó bajo la ropa. No pudo pasar desapercibida. Los paquetitos de queso sustraídos por el primo tenían un tamaño ideal y tentador, pero la pelota de fútbol número cinco no fue fácil de disimular. Y menos aún estando inflada. El hermano menor los miraba absorto. Los cuatro fueron aprehendidos ese nefasto día en Casa Tía. 
Los delincuentes, con solo doce años a cuestas, debieron prometer el resarcimiento del daño para no ser reportados a la autoridad policial y, por ende, a sus padres. Y lo hicieron bastante rápido. En un descuido de una familiar cercana, se hicieron del dinero que estaba destinado a abonarle al sodero la compra mensual, y así evitaron que su accionar se hiciera público ante la sociedad, sus familias y sus amigos, delito cometido en un comercio del que, según dicen, muy pocos chicos de esa edad han podido salir sin llevarse su pequeño botín escondido…