martes, 23 de diciembre de 2025

EL ENTRERRIANO (Texto extra)


Se oyeron ruidos sordos y gemidos en todo el subsuelo del edificio. Nadie supo decir de qué sector específico provenían. Pero en un cuarto casi oscuro, había un cuerpo tirado en el piso sucio, retorciéndose de dolor, y de cuya boca —o de cuyas tripas— provenían los gemidos. Un hilo de sangre brotaba de sus labios que se mezclaba con lágrimas y eso colaboraba a que descendiera más rápido hasta el cuello. Apenas podía abrir los ojos y veía muy turbio dos pares de ojos que lo observaban detenidamente.
—Este no va a botonear más —escuchó decir a uno de los dos, no supo cuál.
Recibió una última patada en el estómago de la cual no se quejó, no se pudo quejar, y lo dejaron solo. No sintió ese último golpe porque los anteriores habían sido mucho más fuertes. Escuchó pasos que se iban, murmullo sobre un determinado plan que no alcanzó a entender. No obstante, escuchó la respuesta enérgica de uno de los dos: “¡Comprendido, cabo primero!”.
No tuvo fuerzas para levantarse. No sentía sus piernas, estaba como anestesiado. Quiso gritar pero solo logró vomitar sangre. Perdió el conocimiento.




A las siete y media de la mañana en la Base comenzaba el horario de trabajo habitual. Luego del desayuno y de la rutinaria formación en la Plaza de Armas, todos, desde capitanes a conscriptos, se retiraron a sus puestos de trabajo.
—Bueno… otro día más —dijo el conscripto alto y flaco mientras abría la puerta de la sección Justicia.
—Espero que hoy no haya laburo —agregó el suboficial encargado de la sección—, porque estos últimos días nos tuvieron al jaque.
Entraron los cuatro: el suboficial, el cabo segundo Fernández y los dos conscriptos que trabajaban en la sección: el petiso Luis Vezpa y Felis Nasal, el flaco alto. Era muy temprano como para ponerse a trabajar y Felis Nasal preparó unos mates. Era una oficina chica, aburrida. De sus paredes solo colgaban placas de vidrio con los nombres de los últimos desertores escritos con fibrón negro, gráficos de accidentes y uno o dos gabanes verde oliva que eran sostenidos por un perchero. Luis Vezpa sacó sus apuntes de abogacía y exclamó:
—A mí me van a perdonar, pero yo me pongo a estudiar…
—Si tendrás tiempo para estudiar abogacía acá adentro… —le dijo irónicamente el cabo Fernández.
—No tanto, no tanto —contestó defendiéndose—. El que tiene bastante tiempo acá adentro es usted, cabo. Yo en unos meses me voy a casita…
—Y el suboficial también —agregó sonriendo Felis Nasal—: toda una vida.
—Bueno, bueno, che. ¡A laburar! —dijo el suboficial y puso un poco de orden y de seriedad a la conversación.
Pero nadie le hizo caso. Las máquinas de escribir no es escucharon hasta después de un buen rato. Una vez acabado el diálogo entre los que manejaban los trámites de la Justicia Militar en la Base, se abrió violentamente la puerta de la oficina.
—¡Hay que trabajar! ¡Y mucho! —gritó el teniente de navío Castellanos exponiendo ante los presentes de manera imperativa su voluminoso cuerpo. Era el jefe del Departamento Secretaría del cual dependía la sección Justicia. Ni siquiera saludó.
—¡Buenos días, señor teniente! —gritaron casi a dúo los conscriptos poniéndose de pie en posición de firmes.
—¡¿A quién le importa si son buenos o malos días?! —contestó nerviosamente—. A ver: una hoja en blanco… ¡Rápido!
El suboficial y el cabo segundo Fernández se miraban con cara de asombro y no emitían sonido alguno. El teniente Castellanos comenzó a escribir rápidamente en la hoja cosas ininteligibles. La situación era cómica. Ninguno de los miembros de la sección Justicia se movía, no decían una sola palabra. No sabían qué era lo que pasaba. A Felis Nasal le causó gracia la situación y sonrió.
—¡Esto no es chiste, conscripto! Tome, cabo, haga tres copias y llévemelas a mi despacho enseguida. Y prepárense también para laburar. Tenemos un caso inusual y jodido.
Hizo varios movimientos torpes al guardar su lapicera, dándose vuelta para salir y trastabillando al querer caminar. Las sonrisas fueron generales menos en él, que continuaba serio y furioso. Antes de que se retire, el suboficial arriesgó una pregunta:
—¿De qué se trata, señor?
—Muerte de un conscripto… Muerte dudosa. Todo el papeleo será estrictamente confidencial —agregó—, por lo que no quiero que trabajen en esto los conscriptos, sino ustedes dos. ¿Comprendió, suboficial?
—Perfectamente.
—¿Comprendió, cabo?
—Comprendido, señor teniente.
Y se retiró.
—Ya sé —exclamó Vezpa apenas la puerta se cerró—. No tenemos que decir nada de que al trabajo lo vamos a hacer nosotros a pesar de ser confidencial, ¿no?
—Me gusta porque vas aprendiendo, Vezpa —contestó el cabo.
Fueron pasando los días y el trabajo era cada vez más intenso. Las máquinas de escribir estaban en actividad la mayor parte del día. Cientos de papeles mecanografiados. Otros cientos que había que rehacer. Vezpa y Nasal tenían callos en los dedos y frecuentemente se equivocaban, rompían hojas, volvían a escribir y volvían a romper. El cabo redactaba oficios y memorandos. De vez en cuando agarraba alguna de las máquinas y se ponía a teclear él. Peor aún. No se rompían tantos papeles como cuando él escribía. El suboficial ni siquiera se animaba a escribir a máquina por temor al fracaso. El papeleo era confidencial, pero si no lo hacían los conscriptos se hubiese demorado el triple de tiempo.
A las pocas horas de la muerte del conscripto se había dispuesto el traslado del cuerpo con una comisión especial a su hogar, a Entre Ríos, donde vivían sus padres y hermanos. Partieron en avión un guardiamarina, dos cabos y cuatro conscriptos. Al regresar, el informe del guardiamarina pasó a formar parte del gran papeleo. Según el informe, como se preveía, no fueron recibidos muy cordialmente por los familiares de “El Entrerriano”, como lo llamaban sus compañeros. Hubo grandes discusiones y casi se fueron a las manos. No los había conformado el informe de la Armada. “El Entrerriano”, según sus familiares, no había muerto por causas desconocidas, sino por golpes que había recibido en todo su cuerpo. Los médicos particulares habían descubierto muchos órganos estropeados que solo podrían haber sido producto de golpes. Fue rápida la comisión encargada de entregar el cuerpo y las condolencias. Fue rápida y acompañada por una amenaza de los familiares: recurrirían a la justicia civil para la investigación del caso.
Por su parte, la investigación en la justicia militar no cesaba. Todos los que estuvieron cerca de “El Entrerriano” fueron interrogados. Había declaraciones contradictorias y algunos no sabían —o no querían saber— absolutamente nada. Se sospechó de un cabo primero, quien había sido sancionado y había estado arrestado días atrás porque le había pegado una trompada a “El Entrerriano” y este se había ido a quejar a los superiores. El cabo primero manifestó desconocer las causas del deceso del conscripto. Los compañeros de la víctima declaraban con cierto nerviosismo no saber absolutamente nada del caso. Uno de los conscriptos, al estar declarando, sufrió un ataque de nervios y no pudo aportar demasiados datos.
Ya eran trescientas cuarenta y dos las fojas mecanografiadas y todavía no se sabía absolutamente nada. Pero había muchas sospechas. Era seguro que “El Entrerriano” no había muerto naturalmente. Lo habían golpeado y muy fuerte. ¿Causas desconocidas? Sí, porque nadie hablaba ni decía la verdad. Muchos, o pocos, ocultaban algo. No había una sola prueba. Ya se había investigado todo, o casi todo. Ya no había más pistas que seguir. No había más nada que hacer.
“El Entrerriano” estaba muerto, enterrado en su tierra natal. Sus familiares sabían que había un culpable. Sus padres querían saber el nombre de quien les había quitado a su hijo. Querían algo más que la justicia militar: querían la verdad.
En la base se cerraron las actuaciones con inusual rapidez. Fue ordenada la pronta conclusión de la investigación, su archivo, aunque no se había descubierto nada. Para la justicia militar “El Entrerriano” había fallecido por causas desconocidas que nunca se pudieron o supieron dilucidar. Las actuaciones rezaban una verdad a medias, dudosa. Hubo en la Base rumores de un posible culpable y que sería miembro de la propia Armada. Misterio.
—Cabo, ¿no le parece que terminaron muy rápido con el caso? —preguntó Felis Nasal.
—Y… sí. ¿Qué sé yo?
—¿Será cierto de lo que se dice de ese cabo primero que parece culpable?
—Él sabrá… Además, callate, que esto es confidencial y se supone que ni vos ni Vezpa deben saber nada…
—Sí, cabo, se supone… pero al laburo lo hicimos nosotros…
La historia no terminó allí. La historia es eterna, queda flotando en el aire hasta que algún día se descubra la verdad. La historia sigue con la incógnita, como sigue la vida de un excabo primero luego de haber recibido la baja de las filas de la Armada por razones confidenciales.

Marzo 1987

martes, 3 de junio de 2025

EN EL HOSPICIO


Me habla, me mira fijamente a los ojos y mueve los labios con lentitud. Yo entiendo. Pero no, no entiendo. Ella dice que yo me llamo así pero no sé realmente cómo me llamo. No sé desde cuándo estoy acá, con toda esta gente. No somos muchos, pero nos llevamos bien.
—Guillermo —me dice que me llamo—. Gui-ller-mo. ¿Entendés?
Le sonrío pero no entiendo quién es Guillermo. Meneo la cabeza y sacudo un poco mi cuerpo como festejando mientras ella silabea ese nombre. Tengo frío. Siempre tuve frío en este lugar aunque tengo puesta ropa de abrigo: pantalón largo y pulóver. Quizás andar descalzo no sea lo recomendable.
—¿Entendés, Guillermo? Yo soy Marina y te estoy cuidando.
Asiento con la cabeza y le sonrío. No entiendo pero quiero que vaya a hablar con otro. Que me deje tranquilo un rato. ¿Quién carajo será Guillermo? ¿Y por qué Marina me cuida?
Con mi indiferencia logro que se aleje un rato. Ahora se dirige hacia una mujer que vive con nosotros. Mirta se llama. Tiene cara de sufrida. Yo de vez en cuando hablo con todos y ellos me cuentan sus vidas. No sé si dicen la verdad o no. Me parece que a ninguno le funciona bien el mecanismo acá adentro y seguramente mienten. Pero no lo hacen por malditos, lo hacen para divertirse. Y me divierto. Para colmo yo casi ni hablo. Si ni sé cómo me llamo y no me acuerdo mucho de mi vida ni por qué estoy acá. Guillermo dice esta mujer que me llamo, pero no sé.
Con Mirta no hablo mucho, pero la primera vez que lo hice me contó su historia. Y la repite cada vez que estoy con ella. Pobre… No la debe haber pasado bien. Al menos ella me dijo que sufrió mucho cuando el Juan Carlos cayó en cana. Ella sabía que andaba en algo raro pero nunca le había preguntado. Lo confirmó cuando lo agarraron y lo metieron preso. No me acuerdo qué hizo, pero Mirta me dijo que estuvo tres años a la sombra. Lo recuerdo bien. Yo la miraba sin pestañear y no le decía nada. «¡Preso! ¡Estuvo preso!», me dijo casi gritando porque yo no hacía un solo gesto. Entonces le sonreí. Y me dijo que ella sola no podía vivir y que al año y medio de que al Juan Carlos lo encanaron, se metió con Francisco. Debe haber sido linda Mirta en su juventud. Yo la seguía mirando, esperando que continuara la historia. «¿Y sabés qué?», me dijo. «Volvió». Pero me dijo que ella ya estaba con Francisco y lo mandó a pasear al Juan Carlos. Se fue amargado y cree que siguió en la joda, porque seguía choreando. Francisco no conocía el pasado de Mirta y cuando lo supo, la dejó. Ella, como yo, tampoco sabe por qué está acá.
Estamos todos ahora en un salón grande, blanco, frío. Las ventanas dan a un jardín. Es de día y el sol afuera brilla sobre los naranjos. Creo que son naranjos. O mandarinos. ¿O serán toronjas esas pelotas anaranjadas que cuelgan de las ramas? Miro apoyando la nariz contra el vidrio que se empaña.
—Guillermo…
Alguien habla a mi espalda. Una voz dulce de mujer. Me doy vuelta sin estar seguro de que me habla a mí y se presenta: «Soy Ana». Le sonrío y vuelvo mi cuerpo hacia el salón. Ella, un poco acelerada, me dice que quiere bailar. Yo no sé bailar. Nunca bailé. Ana empieza a dar vueltas sobre sí misma, sonriendo y alzando los brazos. Yo siempre la veo sola, pero feliz. «Soy un hada», me dice y me toma de las manos. Quiere que baile con ella. Me quedo duro. «Juguemos entonces». Me lleva hacia el centro del salón y se sienta sobre una alfombra donde hay unos cubos plásticos. Coloca uno arriba del otro y se encierra en sí misma. «Hoy tampoco quiero dormir…», escucho que murmura mientras me alejo lentamente hacia una de las puertas que da al patio.
La puerta está abierta a pesar del frío. Quien quiera pasear por el jardín, puede hacerlo. Aprovecho que Ana se olvidó que querer bailar conmigo y salgo. Arranco del árbol una naranja… o mandarina… o toronja, ¿qué se yo qué es? Decido comerla y empiezo a sacarle la cáscara con la mano. No es tan fácil. Se me acerca un gordo petiso un poco mayor que yo. Lo intuyo porque está muy desmejorado. Yo hace mucho que no me veo en el espejo pero creo que tengo mejor aspecto que él. Me apunta con su dedo índice y levanta el pulgar, simulando tener un revólver.
—¡Pum! Estás muerto —me dice mientras lo festeja. En la otra mano lleva un cigarrillo encendido que no fuma.
No sé cómo reaccionar y me paralizo. Muerto no estoy. Pero él cree que me mató. ¿Me tendré que tirar al piso y fingir para que no se enfade?
—Si no mueres, te arrancaré de a una las uñas de las manos.
Instintivamente convertí mis manos en puños y me dio un escalofrío horrible al pensar en el dolor. No suelo ver a este hombrecito muy seguido, quizás no vaya a ese lugar todos los días. No sé cómo se llama. Tiene mala cara. Pero no porque él esté mal sino porque seguramente hace o hizo alguna vez el mal.
—O te pondré una bolsa de nailon en la cabeza…
Retrocedo mientras se me viene encima.
—O puedo quemarte con mi cigarrillo… ¿Qué preferís? —me increpa casi gritando.
Sigo retrocediendo ahora más asustado, trastabillo y me caigo de culo. El hombrecito se me aproxima lentamente con el cigarrillo encendido dispuesto a clavármelo en alguna parte del cuerpo. Mi cara y mis manos son las únicas partes libres que tengo. Con una de mis manos sostengo la naranja a medio pelar. Me tapo la cara con la otra con desesperación porque lo tengo casi encima.
—¡Juan! ¿Pero qué hace, Juan? ¿Está loco? —dice Francisca mientras lo toma por la espalda y lo aleja de mí hacia otro lado del jardín.
—¡Quiero morir! ¡Quiero morirme! —grita Juan mientras es arrastrado por Francisca. Me reincorporo rápidamente y decido ir adentro a bailar con Ana. Es preferible. Pero Francisca me llama con un grito. Acaba de dejar sentado a Juan en uno de los sillones de plástico que hay en el jardín y se me acerca a paso ligero.
—Discúlpelo, Guillermo. Pero Juan tuvo una vida un tanto complicada.
Me dijo Guillermo, como Marina, que me quiere hacer comprender que me llamo así.
—Aparentemente hizo mucho mal durante su vida y ahora no ve otra salida que matarse. Nadie lo quiere acá. Y afuera tampoco. Hay que temerle, es medio loco.
Le sonrío y sigo pelando la naranja. Francisca está parada a mi lado y me observa. Yo de reojo la miro a ella y me parece una linda mujer. No es joven. Nadie es joven acá adentro, pero se ve que alguna vez fue linda. Termino de pelar la naranja, la parto y le ofrezco la mitad a Francisca como un modo de agradecerle que me haya sacado de encima a Juan. La acepta y ambos nos llevamos las mitades a la boca. Al mismo tiempo escupimos y nos quejamos por el asco que nos dio. «¡Son toronjas!», dijo ella y nos largamos a reír con ganas.
Me tomó de la mano y caminamos por el jardín. En silencio. Yo no hablaba casi nunca y ella parecía respetar mi silencio. Me hizo un ademán con una sonrisa cómplice para que mirase al costado. Un hombrecito diminuto, vestido con pantalones muy anchos, camisa estrafalaria y galera intentaba sacar algún sonido de un viejo saxo en mal estado.
—Se llama Gaby. Cree que vive en un circo —me dijo Francisca.
—Pierrot… —murmuré sin ánimos de que me escuchara.
—Sí, un payaso… Y a veces cree que es invisible.
Seguimos caminando de la mano rumbo a ningún lado. Francisca era una dulce compañía y no sé si me hablaba a mí o pensaba en voz alta circunstancias de su vida pasada. Decía que los hombres eran todos iguales pero que los peores eran los viejos. «¡Viejos verdes!», se quejaba. Yo no entendía pero no decía nada. Meneaba la cabeza y seguía su rezo en voz muy baja. «A mi hijita le gustaba correr por el monte y juntar flores en su canastita». Tenía la vista perdida en el infinito. Clavada en el cielo. O en su alma. De repente alzó la voz: «¡Deje quietas sus manos de una vez, señor!» e hizo un ademán como para sacarse de encima a alguien. Después dijo entredientes algo que no entendí muy bien pero fue algo así como que el dinero hacía falta para ser feliz con su hijita, por eso trabajaba. Pero no los lunes. Los lunes se divertía. Yo solo la miraba porque no sabía si me hablaba a mí o si estaba rezando. Y recordaba que me había dicho Guillermo. Yo no soy Guillermo… ¿O sí?
Luego de dos o tres minutos de caminar en círculo alrededor de una fuente que no funcionaba, pasaron corriendo dos hombres desaforadamente. Uno pedía auxilio y miraba desesperado a su perseguidor que le gritaba «¡Amigo! ¡Amigo! ¡No te vayas!». Lloraba desconsoladamente y llevaba una flor en su mano. Francisca soltó mi mano y se fue sin decir nada hacia el salón. Me quedé mirando a los dos hombres que no dejaban de correr ni de gritar. Estaba absorto.
—Estos dos están locos —me dijo una mujer menuda, rubia, de ojos saltones y labios muy pintados mientras se me acercaba.
Mi única respuesta, como siempre, fue una sonrisa. La mujercita se paró a mi lado y continuó su monólogo:
—El de adelante, Sebastián, se cree Jesús. No sé. Siempre anda mostrando sus manos y dice que las heridas sangrantes que tiene se las provocaron cuando lo crucificaron en la cruz. Nunca nadie le vio las heridas…
La mujercita no me miraba. Hablaba como si se estuviese dirigiendo a un auditorio inexistente, con voz afectada.
—Y el que lo corre es Pototo. Dice que tiene miedo de quedarse solo y por eso lo sigue constantemente. Sebastián huye y pide ayuda. Pototo lo sigue y le dice que sean amigos, que no lo deje solo. Todos los días es así. Siempre igual…
Me animé a interrumpir su relato.
—¿Le quiere regalar una flor?
La mujer meneó la cabeza y me dijo que para Pototo la flor era vida y que se la quería dar a Sebastián como un símbolo de paz y amistad. Dijo que Pototo estaba loco porque aseguraba que si los amigos se separaban, la soledad era inevitable. Y sin amigos prefería morir.
—¿Y por qué se escapa Sebastián entonces? —insinué.
—Porque no quieren que lo sacrifiquen otra vez. Se ve que alguien lo traicionó alguna vez y se lavó las manos. Se quiere salvar de una nueva traición. Quizás piense que Pototo lo traicionará.
Me invitó a caminar a la par. A diferencia de Francisca, no me tomó de la mano. Alicia. Me dijo que se llamaba Alicia y que siempre había vivido al revés del mundo. «Quizás por eso estoy aquí», dudó.
—Yo vine por propia voluntad acá. Acá me cuidan. Afuera está el peligro. Allá quieren volver los que van a acabar con el mundo. Hay que estar preparados y prender velas para que la suerte nos ilumine. No nos pueden vencer.
Yo no entendía de qué me estaba hablando y le pregunté:
—¿Quiénes quieren acabar con el mundo?
—¡Ellos! —me gritó—. Ya se acabó esa vida de cuentos en la que fingíamos ser felices… —dio media vuelta y se fue dejándome confundido.
No supe qué hacer. Nunca supe por qué razón yo estaba entre toda esa gente que parecía no estar en su sano juicio. Cada uno tenía su historia, incomprensibles algunas, otras no tanto. Yo les conocía sus nombres pero a mí me decían Guillermo y no tengo idea si soy o no soy Guillermo. ¿Y si no quién soy?
Se me acercó Marina.
—¿Disfrutando el fresco y el aire libre, Guillermo?
Le sonreí. Me invitó a ingresar al salón. Seguramente vio que comenzaba a temblar y se imaginó que yo tenía frío. En realidad, desde que estoy acá, que no recuerdo cuánto hace, nunca dejé de tener frío. Es como si viviera eternamente adentro de una cámara frigorífica. Marina pasó su brazo izquierdo por mi espalda y apoyó su mano en mi hombro derecho. Me dirigía. Se nos acercó una mujer muy linda, de unos cincuenta años más o menos. Balbuceaba y aparentemente le quería decir algo a Marina. No se le entendía nada a la pobre y vi cómo le comenzó a colgar un hilo de baba de su boca.
—Ella es Ludmila —me dijo Marina—. En su vida se entregó al amor sin reparos, ciegamente, casi irresponsablemente, y lo sufrió. Terminó sola y abandonada la pobre…
Un flaco alto y canoso daba vueltas en el medio del salón con los brazos extendidos. Como si estuviera volando. Supuse que era feliz o que intentaba serlo. Se lo señalé a Marina con un gesto.
Fermín, él es Fermín. Es feliz dando vueltas y más vueltas. Cree que vuela y que al final de su vida lo vendrá a buscar un pájaro, una gaviota dice, que lo llevará a descansar al mar.
Marina acercó una silla a una mesa donde se encontraban sentados dos hombres, aparentemente cada uno en su mundo. Me invitó a sentarse allí y se fue hacia otro sector del salón.
El que parecía ser mayor en edad era robusto y vestía un enterito de jean al estilo jardinero. Tenía puesto un sombrero de paja de ala ancha. Le observé sus manos grandes, callosas. Imaginé que en su vida pasada esas manos habían sido un instrumento fundamental de supervivencia.
Baltazar —me dijo mientras me extendía la mano derecha a modo de saludo.
Se la estreché devolviendo el gesto y sentí un apretón fuerte de una mano gigantesca y pesada al lado de la mía, y muy áspera. No supe cómo presentarme y le dije lo que me pareció más conveniente en ese momento y en ese lugar:
—Guillermo… Un gusto.
—Disculpe usted si mis amigos lo molestan.
No entendí. Miré al otro hombre y parecía estar durmiendo. Nadie cerca nuestro interrumpía nuestra tranquilidad.
—Ellos siempre están conmigo. Desde que abandoné el campo del patrón, ellos me siguieron. Estos caballos, estas vacas —decía mientras movía sus brazos como mostrándome algo que yo no alcanzaba a ver—, las gallinas, los gorriones y las mariposas blancas son quienes le dan sentido a mi vida. Sin ellos no podría seguir.
Me encogí de hombros y no dije nada. No creí conveniente preguntarle dónde estaba toda esa fauna. De repente, el segundo hombre pareció despertarse de un sueño profundo. Me miró y me tomó fuerte de mi brazo derecho.
—¿Sabe usted por qué dicen que estoy loco?
Sus ojos querían salirse de órbita. Su mirada era fulminante.
—La sociedad me hizo así. No fue mi culpa. Yo siempre fui un buen tipo, bonachón, demasiado. Siempre viví pensando en los demás, en hacer feliz al otro, en dar todo lo mío sin pretender nada a cambio. ¿Y cómo me pagaron?
Yo no sabía si realmente estaba esperando una respuesta de mi parte o hablaba de esa manera para darle fuerza a sus palabras. Estuve a punto de decirle que nadie estaba loco en ese lugar pero siguió hablándome, creo que sin mirarme.
—«Miguel, te volviste loco», me decían constantemente. Yo no entendía qué era lo que estaba haciendo mal. Mis padres me enseñaron que debía ser generoso y no negar el amor a nadie… ¿Pero sabe qué? ¡Me lo creí! ¡Sí, me lo creí y me despellejaron!
Mientras hablaba apretaba cada vez más fuerte mi brazo y luego de terminar su discurso, aflojó. Me compadecí de Miguel, sentí pena. Y para que no se sintiera solo le conté que yo podía seguir viviendo ahí gracias al amor de mi vida. «Cadenet», le dije y está siempre a mi lado.
—Quizás usted no la vea. Incluso yo muchas veces no la veo. Pero está conmigo cuando yo quiero, cuando la deseo. Se despierta a mi lado, desayunamos juntos, hablamos mucho. ¿Vio los animalitos que acompañan a Baltazar? Bueno, yo tengo a Cadenet.
Marina se paró en el medio del salón, pidió atención con un par de aplausos y con su voz tranquila y maternal anunció que el horario de recreación había terminado. Se me acercó y me extendió su mano suave. Me paré lentamente y sonreí a mis compañeros de mesa que me saludaron con un ademán. Marina me dio un vaso y puso una pastilla sobre mi lengua. La tragué y bebí el agua natural. Lentamente fui abandonando el salón frío mientras el bullicio de los demás iba desapareciendo de mis oídos. Marina me ayudó a ingresar a la pieza, blanca, más fría que el salón, me acostó sobre una cama y me tapó hasta el cuello. Luego de un «buenas noches, que descanse, Guillermo», apagó la luz. Salió de la pieza y cerró la puerta con llave.

jueves, 8 de mayo de 2025

La mano

 


Estoy acostado en mi cama, solo.
A las 11 de la noche, después de relajarme y poner mi mente en blanco, me dormí profundamente.
Hace más de diez años que vivo sin compañía y la más terrible soledad inunda mi casa todas las noches. Por eso me aseguro de cerrar puertas y ventanas con la máxima seguridad antes de ir a dormir.
Son las tres de la mañana y me desperté sobresaltado.
Una mano, que no es la mía, acaba de apoyarse sobre mi hombro.