Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


viernes, 4 de junio de 2010

SIN OLVIDO

Luego de frenar, la primera reacción fue la de tomar el celular para pedir ayuda. Pero no lo hizo. Bajó del auto y corrió hacia el cuerpo tendido. No veía nada. La noche era oscura, estaba estrellada pero no había luna. Por la ruta nadie pasaba. Se preguntó qué haría una persona en la ruta caminando a esa hora. Volvió a buscar la linterna y encendió las balizas. El cuerpo estaba desparramado, boca abajo, en el medio de la ruta. Era una mujer. Sabía que no debía moverla, pero en ese lugar, a esa hora y sin ayuda no había otra cosa por hacer. Más de una vez se había enfrentado con cuerpos malheridos y hasta con cadáveres, pero nunca en una situación así. Los rasgos de la mujer eran bellos. Rubia, tez blanca. Tenía un gesto de dolor. Habría tenido entre veintitrés y veinticinco años. Le tomó el pulso. La golpeó suavemente en las mejillas pero no reaccionó. Abrió su blusa y apoyó su oreja sobre el pecho: no respiraba. No encontró signos vitales. Intentó reanimarla. Empujó fuerte con sus manos sobre el torso en varias oportunidades y no obtuvo respuesta. Probó con respiración boca a boca y tampoco. Su ciudad era la localidad más cercana y estaba a no menos de dos horas. Ante la muerte irreversible y la inutilidad de llamar a un servicio de emergencia, se sentó al lado del cuerpo inmóvil y meditó un momento. Se paró nuevamente y comprobó que no había rastros de sangre en el cuerpo de la mujer. Corrió hacia su auto, unos veinte metros más adelante, y con la linterna buscó rastros del golpe en el frente. Nada advirtió. Volvió hacia la mujer tendida mientras buscaba rastros de la frenada en el asfalto, pero recordó que no la había visto, que no había tenido tiempo de frenar y nada había podido hacer para evitar el accidente. En su mente daban vueltas mil ideas y el celular le temblaba en la mano derecha, mientras con la izquierda se rascaba la parte trasera de su cabeza. Vino a su mente la imagen de alguien barriendo y escondiendo la basura bajo una alfombra. Si bien había sido un accidente, había matado a una persona y no importaba si había tenido o no la culpa. La ausencia de testigos y el hecho de no haber intentado una maniobra para evitar el golpe seguramente jugarían en su contra. Lo sabía muy bien. Su experiencia se lo indicaba. Guardó el celular, tomó el cuerpo de las dos piernas y lo arrastró hasta la banquina. Lo observó y sintió temor. Debía ocultar todo. Volvió hacia el auto asegurándose de que ningún vehículo se acercara, se subió y lo puso en marcha. Se sintió un delincuente, un asesino, y lo sufrió. Suspiró profundamente y apagó el motor. Bajó, se dirigió hacia el cuerpo, lo tomó nuevamente de los pies, lo arrastró campo adentro, como unos cincuenta metros, y lo tapó con ramas y yuyos. Todo lo hacía con la poca luz de su linterna mientras rogaba que no apareciera nadie por la ruta. Corrió hacia el auto y, preso de un terror jamás sentido, lo puso en marcha y siguió su camino. El olvido surgió en él como una necesidad.
Jamás había vivido una situación igual. Sabía que había protagonizado un accidente y que no había sido su culpa. O sí. ¿Cómo no había advertido la presencia de esa mujer en el medio de la ruta? ¿Se había quedado dormido? ¿Estaba demasiado distraído? ¿Cansado? Comenzó a sentirse culpable y a inventar una historia salvadora: sí, era cierto que él a esa hora había transitado por la ruta 468 rumbo a su ciudad, pero nada raro había advertido. No había visto ningún cuerpo, ningún rastro de choque o accidente, ninguna frenada; ni siquiera recordaría haberse cruzado con algún automóvil ni haber sobrepasado alguno. Su auto estaba intacto y ningún rastro incriminador tenía. Se sintió mal. Lo correcto era denunciar el hecho, su obligación era hacerlo, lo sabía, pero ya era tarde y era primordial olvidar. Había abandonado al cuerpo, lo había escondido. Ya era un delincuente. Pero nadie se enteraría jamás de lo sucedido. O, al menos, de que él había sido el protagonista principal.
Bajó la velocidad que, de repente, advirtió era muy elevada. Intentó tranquilizarse y encendió la radio. No pudo sintonizar ninguna frecuencia. No había llevado discos y pensó en ese momento en cambiar el auto, sin saber por qué. También sintió ganas de llegar a su casa y bañarse. La oscuridad era absoluta y la luz del auto descubría a los costados de la ruta un bosque espeso y misterioso. Tenía que sacarse de la mente esa mujer y olvidar su cobarde actitud. Un accidente de este tipo seguramente haría peligrar su trabajo o frustraría toda posibilidad de ascenso. Intentaba nuevamente ignorar todo, pensar en mañana, cuando en el medio de la ruta observó un movimiento extraño. Aminoró la marcha sin saber si hacía lo correcto y siguió con cautela. Con la mano derecha tanteó en su cintura la pistola que siempre llevaba consigo. La silueta de una persona comenzó a vislumbrarse ahora en la banquina. Un hombre pedía auxilio. Eran las tres de la mañana y su presencia, como la de la mujer, no era normal. Sintió temor a pesar del arma que siempre le brindaba seguridad. Cuando estuvo ya cerca del desconocido observó en su rostro un gesto de desesperación, mezclado con súplica y sufrimiento. Siempre se había jactado de identificar a gente de mal vivir con solo observarle la cara, la mirada, pero este hombre no tenía la más mínima apariencia de serlo. Cuando llegó a la par, conducía a una velocidad mínima y no le sacaba la vista de encima. Siguió sin parar y escuchó un grito suplicante, ¡por favor, por favor! Se tiró a la banquina unos veinte o veinticinco metros más adelante, frenó pero no paró el motor. Observó por el espejo retrovisor pero la oscuridad le impidió ver. Tomó la linterna y se bajó con mucha cautela. Con su mano izquierda dirigió la luz buscando al hombre mientras con la derecha tocaba la empuñadura de la pistola, debajo de la remera. El hombre se le acercó corriendo y agitado; vociferaba un gracias ahogado y cuando lo tuvo a unos pocos metros le gritó que se detuviera, ahora no sólo apuntando con la linterna sino también con la pistola. El hombre frenó su corrida de inmediato y como si acabara de cometer un delito y se estuviera entregando ante la autoridad, gritó ¡no dispare, no dispare!, mientras sus dos brazos se elevaban al cielo, desesperados. Su joven rostro reflejaba un pánico pocas veces visto. Un poco más tranquilo explicó que junto con su novia habían subido a un camión que los llevaría a la ciudad y que el camionero, un tipo totalmente loco, había obligado a bajar a su novia unos kilómetros antes y a él lo había hecho bajar allí, o unos kilómetros más adelante, ya que había comenzado a regresar para buscar a su chica. La historia no hubiese sido creíble en situaciones normales pero él sabía de la existencia de la mujer perfectamente. Accedió a llevarlo hasta la ciudad. Bajó la pistola y la acomodó nuevamente en su cintura. Pero el hombre no quería ir a la ciudad. Quería regresar a buscar a su novia. No podía dejarla sola. No vi a nadie en la ruta, afirmó. No puedo volver, es peligroso a esta hora. El hombre insistía, suplicaba desesperadamente y, ante la respuesta negativa, con un movimiento imperceptible extrajo de entre sus ropas un revólver y le apuntó a la cabeza: ¡Las llaves! Las llaves se extendieron lentamente hacia el hombre armado, que las tomó, pero sorpresivamente recibió una patada en los testículos que le hizo doblar el cuerpo en dos. Una nueva y rápida patada impactó en el brazo armado que lo hizo gatillar. Se escuchó un estampido seco mientras el cuerpo caía al suelo, con las llaves en la mano izquierda, el revólver humeante en la derecha y un agujero sangrante en la sien.
Le apuntó enérgicamente con su pistola y la linterna. No se movía. No respiraba. No gemía. Estaba muerto. Y en su cabeza las ideas eran cada vez más confusas. Dos muertes en unos pocos minutos. Un accidente, una pelea. Protagonista principal en ambos casos. Pero él no había disparado. Se había matado solo. Si no moría uno, moriría el otro. No había otra alternativa y había actuado en defensa propia. Lo sabía y eso jugaba en su favor. Sabía también, y lo sabía muy bien, que si se hacían las pericias correspondientes, se comprobaría claramente quién había gatillado el arma. Nuevamente tomó su celular para pedir ayuda y esta vez tampoco lo hizo. La falta de testigos lo perjudicaría. Razonó: si silenciaba el hecho, ¿quién lo iba a acusar de haber estado ahí, ese día, a esa hora? No movió el cuerpo que había quedado tendido en la banquina. Preso de una inminente crisis de nervios, subió al auto y emprendió viaje hacia su ciudad, ahora sí a una velocidad extremadamente mayor a la que acostumbraba a hacerlo. Solo un camión, pocos kilómetros antes de llegar a la ciudad, pasó en sentido contrario. Debía olvidar ahora una muerte más.
A las cuatro y media llegó a su casa. Guardó el auto en el garaje y con mejor luz comprobó que, efectivamente, en el frente no habían quedado rastros del golpe. Se desvistió lentamente y tiró la ropa a lavar. Le dolía la cabeza y sintió ganas de vomitar. Se duchó durante quince minutos, como nunca, y se tiró a descansar. Vivía solo y a nadie tenía que dar explicaciones sobre su estado. Durmió hasta las siete. A las ocho debía entrar a trabajar. Se duchó nuevamente pensando en el trabajo, en sus compañeros, en la gente que debería atender esa mañana. Siguió intentando olvidar, algo que se le tornaba imposible. No tuvo ganas de desayunar. Nunca había tomado calmantes y en ese momento sintió la necesidad de tener uno a mano. Se puso el uniforme y se dirigió hacia su trabajo. Sabía que sería difícil borrar de la memoria lo ocurrido esa noche, pero seguramente el tiempo y la actividad diaria lo ayudarían a olvidar. El retorno a la vida cotidiana, el encuentro con sus compañeros y el contacto con la gente, con sus innumerables e insólitas historias, serían un buen remedio. Lo prioritario era no pensar más en esa fatídica noche y olvidar... tratar de olvidar... Se sintió seguro de poder hacerlo y poco a poco fue recobrando el bienestar perdido.
Pero el día recién empezaba y la pesadilla del recuerdo también.
El comisario Fernández, su jefe, lo recibió ansioso y con los brazos abiertos. Por ser el oficial más eficiente y experimentado, le encomendó hacerse cargo de la investigación de las dos muertes ocurridas esa noche en circunstancias muy extrañas en la ruta 468, jurisdicción de la comisaría donde trabajaba.

6 comentarios:

  1. Sumamente atrapante esta historia, Felis, me mantuvo alerta todo el tiempo y me fascinaron las varias vueltas de tuerca que le pusiste. Un relato excelente.
    (Si me permitís el atrevimiento de hacerte una pequeña observación, te diría que en "Preso de una inminente crisis de nervios, subió al auto y emprendió viaje hacia su ciudad, ahora sí, deliberadamente a una velocidad extremadamente mayor a la que acostumbraba a hacerlo." me parece mucho la presencia de esos dos adverbios en la misma frase)

    Cariños!

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  2. Sol, muchísimas gracias. Espectacular lo tuyo. Muchas veces, de tanto leer lo que escribimos, no advertimos esos detalles. Un beso grande.

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  3. Me ha gustado mucho la intensidad del relato. La incertidumbre en la toma de decisiones está muy bien tratada.

    Enhorabuena.

    Un saludo,

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  4. Gracias, César, por tu comentario. Un abrazo

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  5. Ey, ¡hola! Me atrapó la historia. No pude evitar relacionarla con el juez Brusa, cuando dejó abandonado a Pedernera en el medio de la laguna Setúbal. ¡Nos vemos! Beso.

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  6. Muy buena tu comparación/relación, Claudia. Gracias por pasar por este espacio. Un beso

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