Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


miércoles, 20 de octubre de 2010

PAUSA

He notado que me sigue hace un buen tiempo. La vi muchas veces cerca de mi casa, parada en la esquina del almacén o apoyada en el viejo jacarandá. Sé que me está vigilando, que está estudiando todos mis pasos como para algún día frenarme en medio de la calle y decirme todo lo que piensa. Es cierto que le estoy escapando. No tengo ganas de hablar con ella, no por ahora. También sé qué es lo que quiere de mí y no lo disimula. Cada vez que paso cerca de ella me clava la mirada y me anula. No la puedo mirar, es más fuerte que yo. Sé que quiere que la mire, que repare en ella, que le haga un gesto, pero no puedo. Reconozco que Laura durante mucho tiempo estuvo a mi lado y en mi mente, pero algo pasó y la dejé. No tengo ganas de ponerme a pensar por qué, lo cierto es que no puedo volver atrás. Sería hermoso, pero necesito un tiempo para hacerlo. Es cierto que no le di una explicación valedera… pero no tenía —ni tengo— por qué dársela. Y para colmo siempre está con ese tarado de Juan… Un imbécil que cree que se las sabe a todas y ni siquiera tiene bien claro cuál es su función en este mundo. Algún día tendré que ponerme las pilas y enfrentarla, decirle que me deje en paz, que por ahora no tengo tiempo de ocuparme de ella ni de su amiguito y todos los rollos que tienen en su cabeza. Le tendré que ser sincero: tengo ganas de seguir con lo nuestro, sé que algún día vamos a retomar nuestro proyecto, pero no ahora. Tengo mucho laburo, pocas ganas de pensar y muchas ganas de dormir con la música a volumen diez. Pero no la quiero ver más ahí parada, al acecho. No quiero pasar frente a ella e ignorarla. No quiero esquivarla. No quiero negarla. Me da vergüenza hacerlo porque ella sabe todos mis movimientos, ella me vigila y no puedo hacerme el otario. Está esperando algo de mí y yo no le doy la más mínima señal. ¿Qué culpa tengo de estar así? Le voy a decir que se ponga en mi lugar… Pero la vida es así. Ni ella ni yo la podríamos modificar.
Por ahora Laura seguirá parada en esa esquina, bajo ese árbol, esperando que algún día me comunique con ella, que me vuelva a ocupar de su vida, de la de Juan. Hoy por hoy seguiré escapando hasta tener ganas de volver… ¿Y si cuando quiera volver no me da ni la hora? ¿Y si me rechaza? Posibilidades… Pero Laura sabe muy bien que no me va a poder rechazar. Juan tampoco podrá darse ese lujo. Si quieren seguir siendo los personajes de mi novela —hasta ahora inconclusa—, no me van a poder rechazar.

2 comentarios:

  1. Todo está en tus manos. Has jugado magníficamente con lo que parece y con lo que resulta que es al final.

    Un abrazo,

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  2. Felis, ahí estamos con tanta gente o tanta idea clamando por nosotros, ahí tengo yo una renga con una rueda en lugar de pie en un universo cuadriculado, ya lo creo que te comprendo, la tengo pegada en las paredes, pero nosotros los vamos a tomar llegado el momento. En un giro, esos que esperaban se vuelven imprescindibles, lo importante es que vos todavía estés ahí.

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