Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


jueves, 29 de septiembre de 2011

QUIQUE QUISO SER FELIZ


Fueron tiempos lindos los vividos en Eros, compartiendo mi vida con los libros y el viejo Don Alberto. Y fue en Eros donde conocí a Lucía, estudiante de Filosofía que cursaba cuarto año en la universidad. Fue cómica la situación por la cual entablamos diálogo. Me acuerdo que entró encapuchada por el frío que hacía afuera y ni siquiera podía verle los ojos que mantenía semicerrados. Por supuesto, como hacían todos los estudiantes, lo primero que hizo fue dirigirse a la mesa de ofertas que estaba cerca de donde yo estaba. Recién allí pude verla bien. Se sacó la boina, se aflojó la bufanda del cuello y dejó libre sus largos cabellos rubios que escondía debajo del sobretodo negro que, según parecía, sería por lo menos del abuelo.

Fue cómica la situación porque al verla me fascinó y quise hacerme ver. No tuve mejor idea que intentar acomodar los libros de la mesa en que ella estaba revolviendo todo. Había montañas de libros mal apilados y mugrientos que me dispuse a arreglar. Cuando llegué a su lado me miró y le dije con una sonrisa, sin mirar lo que hacía: Voy a arreglar un poco, porque esto es un quilombo. Terminaba de decir esto cuando con mi codo derecho tumbé al piso una de las tantas pilas de libros que había en la mesa. Mi cara enrojeció y ella, sin ningún tipo de escrúpulos, largó una carcajada, tan linda que hasta hoy la recuerdo. Yo no sabía qué decir, la vergüenza me nubló la vista y me cerró la boca, e instintivamente me agaché para juntar los libros. Ella seguía riéndose y también se agachó para ayudarme. A veces los quilombos son más estéticos que los desastres —me dijo.

A partir de ese día Lucía fue casi todos los días a revisar las mesas de ofertas pero muy de vez en cuando compraba un libro. Casi siempre se quejaba porque no renovábamos los libros de las mesas de ofertas, pero en realidad, con el tiempo me lo confesó, era una excusa para entablar conversación conmigo porque, como ella muy bien me lo señaló, nunca se quejaba adelante de Don Alberto.

Así fue como Lucía se enteró de que yo había abandonado mi ciudad y al mismo tiempo mi carrera de profesor en Letras. Sinceramente, yo ya no tenía más ganas de seguir estudiando porque sabía que sería casi imposible hacerlo trabajando todo el día en la librería. ¿En qué momento estudiaría? Las idas de Lucía a la librería fueron convirtiéndose para mí en visitas, sin embargo jamás habíamos hablado de salir a tomar algo o de nuestras vidas íntimas. Pero una noche tomé coraje y la invité a tomar un café. Nunca esperé una respuesta tan original de alguien que acepta una invitación: ¡Era hora, loco! Y desde ese día fuimos culo y calzoncillo.

(fragmento de la novela inédita -¡como si tuviese algo editado!- "Quique quiso ser feliz" - 1988)

sábado, 10 de septiembre de 2011

CIVILIZACIÓN Y BARBARIE


Acerca de nuestro "gran maestro":
Domingo Faustino Sarmiento dijo acerca de Juan Manuel de Rosas:
“…mitad mujer por lo cobarde, mitad tigre por lo sanguinario…” (Facundo, Introducción).
Cada uno sabrá discernir si fue acertada o no su caracterización, pero adviértase que nuestro “gran maestro” mostró una marcada veta machista (¿o misógina?) surgida desde muy adentro…
Quizás su brillante pelada y su cuerpo lampiño lo hacían mirar con envidia al Tigre de los Llanos, Facundo Quiroga, y en él, a todos los que se le parecían físicamente:
“Hoy, gracias a los caprichos de la moda, no causa novedad al ver hombres con barba entera a la manera inmemorial de los pueblos del Oriente… Un pueblo que habla español y lleva y ha llevado siempre la barba completa, cayendo muchas veces hasta el pecho; un pueblo de aspecto triste, taciturno, grave y taimado, árabe…” (Facundo, Capítulo VI – La Rioja – El comandante de campaña).
Ojo, ciudadanos, con los pueblos de Oriente y sus barbados habitantes. Ya lo dijo nuestro “primer educador”: son todos taimados y, por extensión, lo son también todos los que usan barba completa como ellos, en mayor o menor grado, según el largo. George Bush tuvo de dónde aprender…
Típico de los extremistas, también en nuestro “prócer” podemos descubrir un marcado pensamiento “determinista”, biológicamente hablando. En la correspondencia mantenida con el Gral. Bartolomé Mitre, sostenía sin enrojecer ni siquiera un poquito:
“Quisiéramos apartar de toda cuestión social americana a los salvajes, por quienes sentimos sin poderlo remediar, una invencible repugnancia…”.
“No trate de economizar sangre de gauchos. Éste es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes…”.
Pero volvamos a uno de los considerados hitos de la literatura argentina: “Facundo”. Famoso se hizo el epígrafe que en elegante francés el culto maestro argentino citó al principio de su obra:
On ne tue point les idées – (Fortuol)
Y traduce a continuación —no sé si bien o mal, desconozco el francés—:
A los hombres se degüella: a las ideas no.
Hermoso y significativo pensamiento, si dudas. Pero si alguien pensaba distinto que Sarmiento, si tenía ideas diferentes: ¿qué pasaba?
“No sé lo que pensarán de la ejecución del Chacho (Peñaloza). Yo inspirado por el sentimiento de los hombres pacíficos y honrados he aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se abrían aquietado en seis meses”. (Cartas a Mitre)
Como dice Felipe Pigna en “Los mitos de la historia argentina”: “Algunas ideas no se matan, otras sí”.
El creador de la dicotomía CIVILIZACIÓN Y BARBARIE asoció el primer concepto a la ciudad, a Europa y sus habitantes, al orden, a la pureza, a la inteligencia, a la persona “de bien”; y en el segundo concepto incorporó al indio, al gaucho, a América y por ende a Argentina —salvo la gente como él—, al desorden, a lo impuro, a la ignorancia, a los taimados.
Luego de hacer una lectura detenida y crítica sobre su legado escrito y citado anteriormente, ¿en cuál de los dos conceptos deberemos incluir el ilustre nombre del “padre de la escuela argentina”?

miércoles, 7 de septiembre de 2011

2 - TIEMPO DE TRANSICIÓN


Junta esperiencia en la vida

hasta pa dar y prestar,

quien la tiene que pasar

entre sufrimiento y llanto;

porque nada enseña tanto

como el sufrir y el llorar.

Martín Fierro

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Las piernas cruzadas, la mirada dirigida al suelo, en las manos un libro sin abrir. La cama soporta mil kilos de recuerdos, de ilusiones, de amor. Se escucha en la habitación una suave canción que ayuda a crecer la melancolía. Sus ojos miran sin ver. O sí, ven, pero hacia adentro, lejos, a miles de kilómetros, lugares invisibles, abstractos, inciertos. Una mosca inquieta zumba alrededor de su oreja pero él no se inmuta. Está lejos de esa mosca, de esa habitación, de esa Divina comedia. Sube la vista y ve su escritorio desordenado, con tierra, repleto de libros y carpetas cerradas, vírgenes, inexploradas. Una rosa blanca se marchita luego de cinco días de haber sido mutilada de su cuerpo materno, sin sangrar, pero sí sufriendo la dolorosa separación. Piensa que las rosas se marchitan, pero su incertidumbre no.

Estira ahora sus piernas y se acuesta en la cama. Su cabeza se hunde en la almohada como en un colchón de agua, al mismo tiempo que su mente se hunde en el recuerdo. El techo grisáceo no le alcanza para imaginar algo o a alguien que no está. De vez en cuando abre su libro pero no ve las letras, no ve a Dante y a Virgilio juntos recorriendo el infierno, no sabe que está mirando cosas ideales, personas ausentes, lejanas; pero sí sabe que no son inalcanzables.

No está en paz con su mente, con su cuerpo; no está en paz porque en sus ojos se ven brillar lágrimas que se van formando de a poco para después, quizás, no descender por sus mejillas. No. No caerán. En vez de recorrer sus mejillas, se hundirán en su interior y herirán algo más delicado: su espíritu.

El almanaque le informa que está respirando un miércoles quince de setiembre y la ventana semiabierta le muestra que no solo el techo de su habitación es gris. Siente frío porque está desnudo, desparramado en su cama, y recuerda esos momentos cálidos que algún día vivió, pero no en soledad.

Y ahora está solo, siempre mirando el techo con sus ojos marrones que no ven, con su mirada dirigida al pasado que espera recobrar, ¡pero cuándo!, se grita a sí mismo sin escucharse. Gira en la cama y la almohada construye un muro impenetrable delante de sus ojos y lo obliga a suspirar profundamente sin tratar de hacer nada para romper dicho muro. Se relaja. Su brazo izquierdo cuelga al costado de su cama, sus piernas están separadas y la mosca se apoya sobre su espalda. Él está viajando por tiempos remotos y la almohada besa sus labios. El insecto recorre velozmente su espalda, sintiendo quizás el fuerte latido de su corazón. Abraza su almohada sin dejar de hundir la cabeza en ella y la acaricia. La mosca vuela violentamente hacia la ventana pero se estrella antes de llegar contra una ráfaga de viento que la hace retroceder.

Reacciona y ve la Divina comedia en el suelo, semiabierta y con un par de hojas dobladas. Afuera llueve y es de noche. Cierra la ventana y siente el zumbido de la mosca cerca suyo. Con una carpeta la aplasta contra la pared. Está entredormido. No sabe qué hora es. Piensa que durmió muchas horas y que no leyó nada. Acomoda un poco su escritorio y limpia el polvillo que hay sobre él. Abre una de las carpetas, enciende la luz y se sienta delante de ella, listo para internarse en la lectura. No entiende la letra, su propia letra, y suspira. Con sus manos refriega fuertemente sus ojos. Piensa en el tiempo, en el día que está viviendo, quince de setiembre. Piensa en su soledad y mira el reloj despertador: ¡las dos y media de la tarde!

Apoya sus codos en el escritorio, su cabeza sobre sus manos y mira a través de la ventana: el sol brilla muy fuerte. Una mariposa se pasea entre los árboles.

Sonríe al pensar que a las dos de la tarde se había puesto a leer el libro de Dante sentado en la cama.

Pero sufre al sentir que su soledad no termina más.