Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


martes, 25 de octubre de 2016

EN SUS BRAZOS


Adelina acariciaba suavemente sus cabellos, con compasión, con tristeza. Meneaba la cabeza como diciendo por qué, por qué no fue de otra manera. Los ojos de Enrique apenas se mantenían entreabiertos, cansados de tanto ver, pero la belleza de quien lo acariciaba a esa hora, a esa altura de su vida, en esos momentos de desconsuelo silencioso, era demasiada y no quería perderse un solo segundo de ese espectáculo. Ella sabía que las cosas hubiesen podido ser diferentes pero el sino trágico era una herencia familiar y, por lo tanto, inevitable, irreversible. Se sentía culpable de que Enrique a sus treinta y seis años se estuviera apagando poco a poco. Era cierto que él no había hecho nada para estar mejor, pero había vivido su vida como él quiso, sin escuchar a los demás ni importarle que las costumbres de la sociedad no fueran justamente las suyas. Así como alguna vez sus padres habían ignorado los consejos y advertencias, también él cerró sus oídos a los demás. Si el calvario físico que debió afrontar durante toda su vida fue producto o no de la endogamia, era historia pasada. Enrique observaba dificultosamente cómo, de vez en cuando, Adelina dejaba escapar una lágrima que recorría lentamente su mejilla. Quería secársela dulcemente con sus manos, pero no estaba en condiciones más que para esbozar una tenue sonrisa.
Como cuando uno se junta con un amigo o un familiar que hace muchos años que no ve, inmediatamente Enrique comenzó a recordar el pasado como buscando una respuesta, una causa, a esta consecuencia que estaba ahora sobreviviendo. Jamás le había faltado nada en su casa. De sus padres no guardaba muchas imágenes de una vida en común. Se habían separado luego de la muerte de Ricardo, su hermano, cuando él tenía apenas cuatro años. Pensaba ahora cómo le hubiese gustado haber pateado más pelotas con su padre que haber ido tantas veces al museo con su madre. Pero quizás esa pelota nunca hubiese podido ser pateada por Enrique. Una deformidad congénita le impedía caminar normalmente y sus piernas se desarrollaron apenas como para sostener un tronco desproporcionado. No recordaba una infancia feliz. En realidad, no tenía presente en su mente haber sido un niño algún día, aunque a veces emergían imágenes de un circo, así como destellos, en las que sonreía ante un payaso o un trapecista o un tigre de bengala sin dientes.
Ella ahora pasaba la yema de sus dedos suavemente por la frente de Enrique. Acariciaba sus párpados, que se cerraban al mínimo contacto pero que se reabrían lentamente para no perder de vista el bello rostro de Adelina. Varias veces le había pedido a Enrique que se afeitara la barba. A ella no le gustaba y rechazaba los argumentos de Enrique cuando este le aseguraba que se la dejaba para que le tapase un poco el rostro, al que consideraba terriblemente feo, o que no se afeitaba como una manera de demostrar la rebeldía que nacía del rechazo constante del que era víctima por parte del sexo opuesto. Pero a pesar de ese desagrado que la barba tupida le causaba a Adelina, se la acarició y peinó como nunca lo había hecho hasta ahora. La mirada de Enrique estaba fija en el rostro de esa bella mujer. El silencio que los rodeaba era el preludio de una despedida inevitable.
Nunca había tenido Enrique la necesidad de trabajar para poder vivir. La buena posición económica de su familia le había permitido viajar y darse gustos poco comunes. Como con una especie de indulgencia, su madre quiso que a Enrique no le faltara nada. Y lo consintió en todos los aspectos. Enrique sabía que podía aprovechar esa circunstancia y lo hizo sin siquiera sentir el menor remordimiento. Y con tantas libertades llegaron irremediablemente los desenfrenos que con el paso del tiempo se tornaron incontrolables. El exceso en el consumo de alcohol y la adicción a la cocaína poco a poco fueron llevando a Enrique a esa cama desde la que ahora miraba con dolor y pocas fuerzas a Adelina. 
La Buveuse - Toulouse-Lautrec.
Susana fue una buena mujer. Cuando estaba con él era un amor. Pero Enrique sabía que no la había encontrado en la casa de unos padres protectores que deseaban para su hija lo mejor en la vida. La conocíó en la casa de Arístides, el dueño del prostíbulo principal de la ciudad. Susana era atractiva. Las bondades de la juventud todavía podían ser aprovechadas para cobrar a sus clientes un poco mejor que sus más experimentadas compañeras. Y si bien Enrique nunca decía estar enamorado, sentía una atracción muy particular hacia aquella mujer mundana, la única, quizás, que se fijó en él seriamente. Fueron varios los meses que vivió con ella en esa casa de citas. Era consciente Enrique en estos momentos en que Adelina lo acompañaba llorosa, de que esa vida de desenfado entre prostitutas, cocaína y alcohol era la verdadera razón de su situación actual. Incluso el contagio de sífilis años atrás le acarreaba todavía consecuencias nefastas. Pero Susana no estaba al lado de su lecho ahora. Era Adelina quien lo acompañaba y consolaba.
Intentó pedir a Adelina que llamara a Gabriel, pero sus labios apenas pudieron separarse para dejar escapar un sonido débil e
ininteligible. Gabriel siempre había estado a su lado, incondicionalmente, a pesar de que Enrique lo menospreciaba por contrastar en todo sentido con su persona, tanto física como moralmente. Gabriel fue su mejor amigo, a quien a menudo insultaba y lo ponía en ridículo ante los demás. Sentía en ese momento la necesidad de disculparse, o mejor aun, de justificarse, porque siempre se había sentido un ser infame al lado de Gabriel y esa perfección de persona que veía en su amigo lo hacía reaccionar agresivamente. A pesar de todo, Enrique jamás había sido objeto de reproche alguno por parte de su incondicional compañero de vida.
Hacía varios meses que estaba encerrado entre esas paredes frías y varios días que no se levantaba de la cama. Y ahora, ni siquiera podía hablar. Enrique había dejado de responder a la realidad luego de haberse puesto cada vez más nervioso y tiránico debido al excesivo consumo de alcohol. La ironía había pasado a ser su característica sobresaliente por lo que había comenzado a alejarse paulatinamente de la sociedad en la que siempre había estado inmerso. Susana no soportó más los malos tratos y sus familiares y los pocos amigos que le quedaban, incluido el incondicional Gabriel, hicieron todo lo posible para internarlo en la clínica neurosiquiátrica que lo veía apagarse lentamente.
Sabía, a pesar de todo, en esos momentos de dulzura extrema en que los dedos de Adelina recorrían su rostro con suavidad, que ya nada podía hacer para volver el tiempo atrás. Nada lo hacía arrepentir de la vida que había llevado adelante y que, paradójicamente, terminó llevándoselo por delante a él. Nunca le había gustado estar solo y ahora deseaba que ese mundanal ruido que lo acompañó durante la mayor parte de su vida apareciera de golpe y lo ayudara a despedirse alegre y en paz.
Y de pronto el rostro de Adelina se fue transformando en el de Susana, que le susurraba palabras de amor. Y escuchó una música de fondo que lo remontó a uno de esos locales nocturnos que tanto había frecuentado, donde el bullicio, el humo y el alcohol conformaban un marco de libertad en el que las bailarinas deleitaban a un público que no hacía distingos entre nobles y burgueses. Cerró los ojos y comenzó a sentirse cada vez mejor. Escuchó la voz de Gabriel que sonreía y lo saludaba. Vio —o creyó ver— a su padre, o a su silueta, que lo tomaba de la mano y lo llevaba nuevamente al circo. Y cuando quiso reaccionar, levantarse y abrir los ojos para decir basta, voy a cambiar, a ponerme bien, escuchó el llanto desconsolado de Adelina, su madre, que advertía que en ese preciso instante dejaba de respirar.
La condesa de Toulouse-Lautrec - Toulouse Lautrec