Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


jueves, 21 de marzo de 2013

EL FIN DEL MUNDO



El martes 2 de octubre de 2012 no será para Luli un día fácil de olvidar.
Mucho había escuchado y muy poco leído sobre la profecía maya y el vaticinio de la llegada del fin de la especie humana en el año 2012. Pero había visto “2012”, esa película catástrofe en la que su director, Roland Emmerich, nos hizo imaginar cómo iba a ser nuestro final.
Además, hambrunas en países pobres, el terremoto en Haití en el 2010, el tsunami en Japón en el 2011 y algún que otro movimiento de tierra en su país, habían hecho sospechar a Luli que los mayas quizás no estarían tan equivocados. Quién iba a poder afirmar que el fin de la humanidad, el día final, el apocalipsis, no se estaba aproximando. Y para colmo, el 21 de diciembre no estaba tan lejano.
El lunes se acostó un poco más tarde que de costumbre porque después de ver la novela, se quedó un rato más estudiando. El miércoles debía rendir en la facultad un trabajo práctico y le faltaba afianzar algunos temas. Cursaba su primer año en la facultad, en la capital de la provincia, lejos de su ciudad natal, donde volvía cada fin de semana para reencontrarse con su familia y sus amigos. Vivía en un lindo departamento, en el piso 12, en pleno centro de la capital, junto con una compañera de la secundaria con la que se había puesto de acuerdo para compartir el alquiler y los gastos. Pero su compañera llegaría recién al otro día. Esa noche iba a estar sola en el departamento, pero no iba a ser la primera vez y seguramente no sería la última. La adolescencia y la vida segura y tranquila en su ciudad y en su casa empezaban a formar parte de su pasado. Poco a poco estaba acostumbrándose a manejarse sola en una ciudad desconocida y mucho más grande que la suya. Y la adaptación estaba siendo perfecta. Antes de acostarse observó la gran ciudad a través de los grandes ventanales del departamento y la cantidad de luces encendidas que se perdían en el horizonte la regocijaron una vez más. Algún que otro relámpago en el cielo oscuro anunciaba la posibilidad de lluvias.
No sabría decir Luli si lo que la despertó fue una explosión o una pesadilla que estaba teniendo y decidió, inconscientemente, abandonarla. En pocos segundos intentó reaccionar y despertarse definitivamente porque el fuerte ruido que la despertó no se había detenido, era constante, y advirtió inmediatamente que un fuerte viento se había desatado en el exterior. Intentó buscar el velador en la oscuridad de la pieza, al tanteo, y solo encontró el teléfono celular. Apretó una tecla, se encendió la pantalla y le sirvió como linterna para encontrar, por fin, el velador. Click, click… Nada. El velador no funcionaba. Se destapó y se levantó para encender la luz principal de la pieza. La tecla estaba al lado de la puerta de la habitación. Llegó hasta el lugar gracias a la luz del celular. Click, click, click… Advirtió entonces que la energía eléctrica se había cortado y no solo protestó silenciosamente sino que un leve escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
Las velas estaban en un cajón del mueble de la cocina. En el tercero. ¿Y los fósforos? Sobre la mesada, debajo del calefón. Pero estaba inmóvil. No podía caminar. El ruido era cada vez más insoportable, como si alguien, en el piso 12, estuviese golpeando los vidrios de la ventana para intentar ingresar. El viento era cada vez más violento y hacía temblar los vidrios. Creyó incluso sentir que el piso vibraba, que las paredes se movían, pero lo atribuyó a su estado todavía de somnolencia. Tomó coraje y avanzó lentamente, guiada por la débil luz de la pantalla de su teléfono y tanteando además las paredes para guiarse mejor. Llegó a la sala principal y el ruido ahora fue feroz, ensordecedor. Vislumbraba, gracias a los continuos relámpagos, las ventanas que daban al sur y no entendía qué era, además del viento, lo que provocaba semejante ruido. Y se acercó. Advirtió que la ciudad estaba totalmente en penumbras. Mirar hacia el exterior era chocar contra la más profunda oscuridad, era caer en un abismo terrorífico. Los golpes eran provocados por piedras enormes, granizo nunca visto. Supo que en cualquier momento los vidrios de la ventana no soportarían semejantes golpes y entonces en su mente comenzaron a dar vueltas los miedos acerca de qué hacer si semejante tormenta la dejaba sin la protección de los vidrios. El efecto del viento, cada vez más fuerte, hacía vibrar las ventanas, la puerta de entrada y la puerta del lavadero que comunicaba con un pequeño balcón. Como pudo y ya sobrepasada por los nervios y el terror, logró llegar a la cocina y encendió una vela. Su luz tenue y temblorosa hacía más tétrica la situación. Sombras inquietas se dibujaban en las paredes. Lentamente y con mucha cautela se acercó a la ventana. El no poder ver nada más que piedras golpeando los vidrios la paralizó.
Su mente imaginó que el río podría haber colapsado, salido de su cauce y comenzado a inundar la ciudad. Que en esos momentos, por allá abajo, en la calle, la gente estaría buscando desesperadamente reparo en algún lugar seguro y que cada uno estaría luchando por salvarse por encima de la vida de los otros. Que las fuerzas de seguridad estarían intentando calmar la barbarie de la gente y que la locura generalizada podría llegar a provocar una incipiente guerra civil. Pero la tormenta desatada era atroz y la oscuridad reinante seguramente impediría que la gente actuara como se lo imaginaba. Quizás más tarde, cuando las primeras luces del día llegaran, la situación sería distinta. Si llegaba alguien vivo…
En estas divagaciones estaba cuando un golpe más fuerte de lo previsto sonó entre los demás. Una de las piedras, la más grande seguramente, rajó uno de los vidrios de la ventana. Se comenzaba a cumplir la pesadilla que se había imaginado. Con semejante tormenta, viento y granizada, ¿cómo haría para soportar allí adentro sola, sin ayuda? ¿Se estaría cumpliendo la profecía de los mayas? Comenzó a imaginar ahora las escenas de “2012” en su ciudad y desesperó. La rajadura crecía a cada golpe e incluso ya había caído un pedazo de vidrio. El pánico la invadió. Era muy joven para morir. Y sola, lejos de sus seres queridos… Lloró desconsoladamente y pensó en sus padres. La hecatombe quizás ya había ocurrido en su ciudad natal y ahora le tocaba a ella, tan sola, tan aterrorizada. Marcó el número:
—¡Hola! ¿Qué pasa? —escuchó la voz desesperada de su padre del otro lado del teléfono. Sentirlo vivo la alivió pero a la vez no aguantó el llanto.
—Tengo miedo… —gimió entre lágrimas y mocos.
—¡¿Qué te pasa?! ¡¿Dónde estás?! —la desesperación del padre era evidente. Estaba profundamente dormido y recibir una llamada de su hija, que vivía lejos y estaba sola, a las cuatro y media de la mañana, lo sobresaltó.
—¡Los vidrios! ¡Tengo miedo! —seguía sollozando.
En su ciudad natal no había tormenta, ni siquiera estaba nublado. Su padre no sabía que Luli estaba sufriendo los efectos de una tormenta feroz e imaginó que alguien estaría queriendo entrar en su departamento, o algo peor… No sabía qué pensar.
—¡¿Pero qué pasa?!
Entre llantos y las pocas palabras que pudo tartamudear, alcanzó a explicar a su padre lo de la tormenta, las enormes piedras, el fuerte viento, el vidrio roto, la energía eléctrica cortada... Escuchó que de lejos su padre intentaba tranquilizarla.
—Luli, es solo una tormenta… No es para ponerse a llorar…
Sin pensarlo demasiado y verdaderamente invadida por un ataque de nervios, preguntó angustiada y temerosa:
—¿Y si es el fin del mundo?
El padre se sentó en la cama y sonrió:
—¡¿Me estás hablando en serio?! Luli, ¿es joda esto? ¿Qué decís?
Solo se escuchaba un llanto, ahora más aliviado.
—Luli, es una tormenta que ya va a pasar… ¿Se rompió mucho el vidrio?
Miró el vidrio. Vio que apenas era una rajadura y advirtió que la violencia de la tormenta estaba menguando. Las piedras eran cada vez menos y más chicas. Ahora era la lluvia la que tomaba protagonismo, pero sin tanta intensidad.
—Hacé una cosa, Luli. Tranquilizate e intentá dormir. La tormenta ya va a pasar… ¡Y no es el fin del mundo, tonta! —le dijo riendo.
Saludó a su padre y cortó. Respiró profundo y se tranquilizó un poco. Haber hablado por teléfono la había calmado bastante. Las piedras ya no caían y la lluvia apenas se hacía escuchar. Tomó la vela y se dirigió a la pieza. Se acostó y se tapó hasta el cuello. Apagó la vela e intentó descansar. Horas después tendría que levantarse para ir a clases. Cerró los ojos y se durmió.
A las siete de la mañana se despertó. Las primeras luces del día se advertían a través de la persiana semicerrada de su habitación. Recordó la pesadilla pasada y luego de comprobar irónicamente que seguía viva y de maldecir a los mayas, sonrió y se propuso averiguar qué dijeron los mayas sobre el 2012. Y se enteraría, seguramente, de que según la profecía, el 21 de diciembre de 2012 se iniciaría una nueva era, pero no con catástrofes y muertes. Sabría que los mayas no predijeron el fin del mundo sino un cambio que debería producirse por el descontento con nuestra sociedad y la necesidad de superar tantas diferencias entre los hombres...
Tomó el celular y para comenzar el día, le escribió a su padre:
“NO PUEDO CREER QUE TE HAYA LLAMADO POR ESO... AHORA ME CAUSA GRACIA… AHORA”.

2 comentarios:

  1. Tener con quien hablar ayuda, aun en los peores momentos, mas allá de la imaginación
    Saludos

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    1. Efectos de la inexperiencia con la soledad...

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