Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


viernes, 5 de noviembre de 2010

EN EL BAR DE LA FLACA


Hacía mucho que no me pasaba. Pero esa noche decidí salir. Había estado todo el día lidiando en casa con asuntos hogareños que lograron ponerme nervioso. Apenas si me cambié la camisa y estuve listo para olvidarme de todo. Caminé lento por esas calles oscuras que separaban mi casa del bar de la Flaca. Manos en los bolsillos (siempre elegí mis pantalones por la capacidad de sus bolsillos: mis manos deberían estar cómodas), vista al frente sin mirar y una canción de Víctor Heredia dando vuelta en la cabeza.
En el bar me encontré con solo tres mesas ocupadas. En una, una pareja mucho más joven que yo se disputaba la última aceituna de una especial con morrones; en otra, un gordo pelado y mal vestido, con los ojos cerrados, sostenía en una de sus manos una copa de vino tinto; y en la otra, Julia. Ninguno de ellos advirtió mi ingreso. Solo la Flaca, desde atrás de la barra, mientras secaba un vaso de vidrio, me hizo un ademán de bienvenida con su cabeza.
Tuve que mirar fijo a Julia para asegurarme que era ella. Una botella de cerveza y un pebete de jamón y queso sin tocar ocupaban su mesa. Leía un libro amarillo. Me acomodé al lado de una ventana grande que daba a la calle. Siempre que podía me sentaba en el mismo sitio. Ver a través de la ventana pasar la gente era uno de mis entretenimientos preferidos mientras en mi cabeza se mezclaban los pensamientos más insólitos. Además, en esta ocasión, la ubicación me permitiría mirar a Julia con solo alzar la vista.
Estaba ensimismada en la lectura y sola. Yo también. Pero… ¿estaría sola? Las otras tres sillas de su mesa no evidenciaban la presencia de un presunto (o presunta) acompañante que, momentáneamente, podría haber ido al baño. Levanté el brazo para atraer la atención de la Flaca con la esperanza de interrumpir aunque sea por un segundo la lectura de Julia para que reparara en mí y poder saludarla, pero solo la Flaca advirtió mi intención.
No hacía mucho tiempo que conocía a Julia. Trabajábamos juntos pero no sabía demasiado sobre ella. Vivía con sus padres y en los pocos diálogos que habíamos mantenido, jamás había hecho referencia a su situación sentimental. Tampoco recuerdo haberle comentado a Julia cuál era la mía. Era menuda, tímida y se vestía sencillamente. Evidentemente, que no le gustaba llamar la atención. Pasar desapercibida era quizás su intención pero su personalidad no la dejaba. Además, sus camisas y remeras holgadas no lograban disimular sus buenos pechos ni sus pantalones (siempre un talle más grande de lo necesario) alcanzaban a esconder lo que seguramente quería ocultar.
La Flaca se acercó y le pedí una cerveza. Pensé en ir a sentarme a la mesa de Julia. Dos soledades podrían verse aliviadas por una compañía agradable. ¿Sería yo mejor compañía que el libro de Galeano?
Julia era un enigma para mí. Nunca la había considerado más allá de una buena compañera de trabajo. Pero en ese momento, verla en el bar, sola, leyendo un libro e imaginándola aburrida y en busca de compañía, hizo que la mirara con otros ojos. Empecé a darme cuenta de que me gustaba, y no era por esta situación solamente.
La Flaca trajo la cerveza y mientras me servía un poco en el vaso que yo sostenía inclinado para que no hiciera tanta espuma, me preguntó si me gustaba. Sus palabras me tomaron por sorpresa y la miré como pidiendo una explicación. ¿Te gusta la piba?, repitió mientras me señalaba con la vista a Julia. Sentí vergüenza. ¿Tan evidente habría sido al mirarla que la Flaca advirtió que estaba pensando en ella? Solo sonreí y bajé la vista. Parece muy entretenida, comenté. O muy aburrida…, sugirió la Flaca y se retiró a la barra.
Bebí el contenido del vaso sin respirar y cuando estuve a punto de ir a sentarme a su mesa, cerró el libro, lo guardó en el bolso en el que apenas entraba y no había lugar para más nada, y se levantó para ir a abonar la consumición. Hablaron con la Flaca unos minutos y las escuché reír, quizás porque el pebete y la cerveza en la mesa de Julia estaban todavía intactos. Creo que hubo un segundo en que entre risas Julia se dio vuelta y me miró, pero yo estaba sirviéndome más cerveza.  Al salir, pasó a mi lado. ¡Ey, Fede! ¿Cómo andás? Le sonreí y arriesgué un muy bien tímido pero sincero. Me dio un beso en la mejilla pero no se detuvo. Nos vemos mañana, dijo y salió del bar.
Me serví más cerveza y por la ventana la miré irse. Caminaba decidida y en ningún momento —aunque lo deseé fervientemente— volvió la vista a bar.

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