sábado, 23 de diciembre de 2023

EL ENTRERRIANO (Texto extra)


Se oyeron ruidos sordos y gemidos en todo el subsuelo del edificio. Nadie supo decir de qué sector específico provenían. Pero en un cuarto casi oscuro, había un cuerpo tirado en el piso sucio, retorciéndose de dolor, y de cuya boca —o de cuyas tripas— provenían los gemidos. Un hilo de sangre brotaba de sus labios que se mezclaba con lágrimas y eso colaboraba a que descendiera más rápido hasta el cuello. Apenas podía abrir los ojos y veía muy turbio dos pares de ojos que lo observaban detenidamente.
—Este no va a botonear más —escuchó decir a uno de los dos, no supo cuál.
Recibió una última patada en el estómago de la cual no se quejó, no se pudo quejar, y lo dejaron solo. No sintió ese último golpe porque los anteriores habían sido mucho más fuertes. Escuchó pasos que se iban, murmullo sobre un determinado plan que no alcanzó a entender. No obstante, escuchó la respuesta enérgica de uno de los dos: “¡Comprendido, cabo primero!”.
No tuvo fuerzas para levantarse. No sentía sus piernas, estaba como anestesiado. Quiso gritar pero solo logró vomitar sangre. Perdió el conocimiento.




A las siete y media de la mañana en la Base comenzaba el horario de trabajo habitual. Luego del desayuno y de la rutinaria formación en la Plaza de Armas, todos, desde capitanes a conscriptos, se retiraron a sus puestos de trabajo.
—Bueno… otro día más —dijo el conscripto alto y flaco mientras abría la puerta de la sección Justicia.
—Espero que hoy no haya laburo —agregó el suboficial encargado de la sección—, porque estos últimos días nos tuvieron al jaque.
Entraron los cuatro: el suboficial, el cabo segundo Fernández y los dos conscriptos que trabajaban en la sección: el petiso Luis Vezpa y Felis Nasal, el flaco alto. Era muy temprano como para ponerse a trabajar y Felis Nasal preparó unos mates. Era una oficina chica, aburrida. De sus paredes solo colgaban placas de vidrio con los nombres de los últimos desertores escritos con fibrón negro, gráficos de accidentes y uno o dos gabanes verde oliva que eran sostenidos por un perchero. Luis Vezpa sacó sus apuntes de abogacía y exclamó:
—A mí me van a perdonar, pero yo me pongo a estudiar…
—Si tendrás tiempo para estudiar abogacía acá adentro… —le dijo irónicamente el cabo Fernández.
—No tanto, no tanto —contestó defendiéndose—. El que tiene bastante tiempo acá adentro es usted, cabo. Yo en unos meses me voy a casita…
—Y el suboficial también —agregó sonriendo Felis Nasal—: toda una vida.
—Bueno, bueno, che. ¡A laburar! —dijo el suboficial y puso un poco de orden y de seriedad a la conversación.
Pero nadie le hizo caso. Las máquinas de escribir no es escucharon hasta después de un buen rato. Una vez acabado el diálogo entre los que manejaban los trámites de la Justicia Militar en la Base, se abrió violentamente la puerta de la oficina.
—¡Hay que trabajar! ¡Y mucho! —gritó el teniente de navío Castellanos exponiendo ante los presentes de manera imperativa su voluminoso cuerpo. Era el jefe del Departamento Secretaría del cual dependía la sección Justicia. Ni siquiera saludó.
—¡Buenos días, señor teniente! —gritaron casi a dúo los conscriptos poniéndose de pie en posición de firmes.
—¡¿A quién le importa si son buenos o malos días?! —contestó nerviosamente—. A ver: una hoja en blanco… ¡Rápido!
El suboficial y el cabo segundo Fernández se miraban con cara de asombro y no emitían sonido alguno. El teniente Castellanos comenzó a escribir rápidamente en la hoja cosas ininteligibles. La situación era cómica. Ninguno de los miembros de la sección Justicia se movía, no decían una sola palabra. No sabían qué era lo que pasaba. A Felis Nasal le causó gracia la situación y sonrió.
—¡Esto no es chiste, conscripto! Tome, cabo, haga tres copias y llévemelas a mi despacho enseguida. Y prepárense también para laburar. Tenemos un caso inusual y jodido.
Hizo varios movimientos torpes al guardar su lapicera, dándose vuelta para salir y trastabillando al querer caminar. Las sonrisas fueron generales menos en él, que continuaba serio y furioso. Antes de que se retire, el suboficial arriesgó una pregunta:
—¿De qué se trata, señor?
—Muerte de un conscripto… Muerte dudosa. Todo el papeleo será estrictamente confidencial —agregó—, por lo que no quiero que trabajen en esto los conscriptos, sino ustedes dos. ¿Comprendió, suboficial?
—Perfectamente.
—¿Comprendió, cabo?
—Comprendido, señor teniente.
Y se retiró.
—Ya sé —exclamó Vezpa apenas la puerta se cerró—. No tenemos que decir nada de que al trabajo lo vamos a hacer nosotros a pesar de ser confidencial, ¿no?
—Me gusta porque vas aprendiendo, Vezpa —contestó el cabo.
Fueron pasando los días y el trabajo era cada vez más intenso. Las máquinas de escribir estaban en actividad la mayor parte del día. Cientos de papeles mecanografiados. Otros cientos que había que rehacer. Vezpa y Nasal tenían callos en los dedos y frecuentemente se equivocaban, rompían hojas, volvían a escribir y volvían a romper. El cabo redactaba oficios y memorandos. De vez en cuando agarraba alguna de las máquinas y se ponía a teclear él. Peor aún. No se rompían tantos papeles como cuando él escribía. El suboficial ni siquiera se animaba a escribir a máquina por temor al fracaso. El papeleo era confidencial, pero si no lo hacían los conscriptos se hubiese demorado el triple de tiempo.
A las pocas horas de la muerte del conscripto se había dispuesto el traslado del cuerpo con una comisión especial a su hogar, a Entre Ríos, donde vivían sus padres y hermanos. Partieron en avión un guardiamarina, dos cabos y cuatro conscriptos. Al regresar, el informe del guardiamarina pasó a formar parte del gran papeleo. Según el informe, como se preveía, no fueron recibidos muy cordialmente por los familiares de “El Entrerriano”, como lo llamaban sus compañeros. Hubo grandes discusiones y casi se fueron a las manos. No los había conformado el informe de la Armada. “El Entrerriano”, según sus familiares, no había muerto por causas desconocidas, sino por golpes que había recibido en todo su cuerpo. Los médicos particulares habían descubierto muchos órganos estropeados que solo podrían haber sido producto de golpes. Fue rápida la comisión encargada de entregar el cuerpo y las condolencias. Fue rápida y acompañada por una amenaza de los familiares: recurrirían a la justicia civil para la investigación del caso.
Por su parte, la investigación en la justicia militar no cesaba. Todos los que estuvieron cerca de “El Entrerriano” fueron interrogados. Había declaraciones contradictorias y algunos no sabían —o no querían saber— absolutamente nada. Se sospechó de un cabo primero, quien había sido sancionado y había estado arrestado días atrás porque le había pegado una trompada a “El Entrerriano” y este se había ido a quejar a los superiores. El cabo primero manifestó desconocer las causas del deceso del conscripto. Los compañeros de la víctima declaraban con cierto nerviosismo no saber absolutamente nada del caso. Uno de los conscriptos, al estar declarando, sufrió un ataque de nervios y no pudo aportar demasiados datos.
Ya eran trescientas cuarenta y dos las fojas mecanografiadas y todavía no se sabía absolutamente nada. Pero había muchas sospechas. Era seguro que “El Entrerriano” no había muerto naturalmente. Lo habían golpeado y muy fuerte. ¿Causas desconocidas? Sí, porque nadie hablaba ni decía la verdad. Muchos, o pocos, ocultaban algo. No había una sola prueba. Ya se había investigado todo, o casi todo. Ya no había más pistas que seguir. No había más nada que hacer.
“El Entrerriano” estaba muerto, enterrado en su tierra natal. Sus familiares sabían que había un culpable. Sus padres querían saber el nombre de quien les había quitado a su hijo. Querían algo más que la justicia militar: querían la verdad.
En la base se cerraron las actuaciones con inusual rapidez. Fue ordenada la pronta conclusión de la investigación, su archivo, aunque no se había descubierto nada. Para la justicia militar “El Entrerriano” había fallecido por causas desconocidas que nunca se pudieron o supieron dilucidar. Las actuaciones rezaban una verdad a medias, dudosa. Hubo en la Base rumores de un posible culpable y que sería miembro de la propia Armada. Misterio.
—Cabo, ¿no le parece que terminaron muy rápido con el caso? —preguntó Felis Nasal.
—Y… sí. ¿Qué sé yo?
—¿Será cierto de lo que se dice de ese cabo primero que parece culpable?
—Él sabrá… Además, callate, que esto es confidencial y se supone que ni vos ni Vezpa deben saber nada…
—Sí, cabo, se supone… pero al laburo lo hicimos nosotros…
La historia no terminó allí. La historia es eterna, queda flotando en el aire hasta que algún día se descubra la verdad. La historia sigue con la incógnita, como sigue la vida de un excabo primero luego de haber recibido la baja de las filas de la Armada por razones confidenciales.

Marzo 1987

jueves, 11 de mayo de 2023

FINAL ANUNCIADO


14/02/2003

Está acostado boca arriba. Duerme. No se mueve. Solo un imperceptible movimiento del abdomen. Respira. Hace tres horas que estoy a su lado y no reparó en mi presencia. Los ojos cerrados. La boca semiabierta. Respira con dificultad. Está en otro mundo, en su mundo. ¿Qué soñará? Recordará, quizás, tiempos pasados, lejanos, cercanos. Seres queridos que están y no están. ¿Sufrirá? No se mueve, no habla. El suero le penetra por una ya vieja vena. Lo miro y no me mira. Lo pienso y no sé en qué piensa, qué sueña. Respira. Vive... ¿Vive?

15/02/2003

Veinticuatro horas y solo dos o tres miradas perdidas. Ni una palabra. Descansa. Duerme, no come, no bebe. El suero sigue penetrando sus venas. ¿Dónde estará... si está? Es un cuerpo cada día más flaco que sobrevive sobre una cama ortopédica.

16/02/2003

Abrió los ojos. Parece conocerme por su mirada. No quiere agua, no quiere leche. Insisto. Solo un gesto de afirmación que no sé si es sincero o no. Cinco cucharitas de té con leche fueron suficientes. Le digo que Unión empató ayer 2 a 2. Me pregunta con quién jugó, a duras penas. Es un gran avance. No está perdido. Banfield, le digo y me mira. No sé qué piensa. Regreso a Rafaela pensando que todo está igual o peor.

18/02/2003

Falleció Papá, me dijo Liliana por teléfono. A las veinte. Tuve una sensación de... ¿de qué? La tristeza, la tranquilidad y los recuerdos se mezclaron irremediablemente. No había pasado una buena noche. Sus venas —apenas perceptibles— ya no toleraban la aguja. Cansado quizás de sobrevivir, papá se arrancó el suero. Enfermeros y enfermeras no pudieron volver a colocárselo. Tampoco la emergencia médica. El médico ordenó su internación para canalizarlo a través de una intervención. Al sanatorio otra vez. Seguro papá no lo aguantó. Llegó mal, respiraba mal. El oxígeno ayudaba pero no había nada que hacer. En la pieza del sanatorio, apenas llegó, decidió irse. Tranquilo. Sin sufrimiento. Seguramente pensó que los ochenta años vividos no habían sido en vano. A las veinte, me dijo Liliana por teléfono. Armé el bolso y me fui en el próximo colectivo rumbo a Santa Fe.

lunes, 5 de diciembre de 2022

SIN MOVER UN SOLO MÚSCULO



Se acostó boca arriba y observó las telarañas que había en uno de los rincones del techo. Se propuso limpiarlas, pero en otro momento. En la casa la gente iba y venía por todas las habitaciones, casi todos con un vaso medio lleno en la mano. No había puertas y era difícil diferenciar el living del lavadero o la cocina del dormitorio. Al lado de su cama se escuchaba el funcionamiento del motor de una heladera y más cerca de la ventana que daba al jardín se ubicaba una vieja cocina, pero sin conexión alguna.
Eran las tres de la mañana y la música se seguía escuchando al mismo volumen con el que la venía escuchando desde las seis de la tarde del día anterior. Las risas y corridas por todas las habitaciones eran cada vez más estruendosas. Sintió el cansancio de un día que había comenzado muy temprano y todavía no terminaba. Llegó a sentirse solo entre tanta gente. Siempre había escapado al bullicio, a la muchedumbre, pero ese sábado había sentido la necesidad de agasajar de alguna manera a sus amigos. No sabía por qué, no festejaba nada, pero sentía que la soledad avanzaba inescrupulosamente sobre su vida.
Pero la felicidad apareció de repente. Escuchó pronunciar su nombre en la voz dulce y aguda de una de sus amigas. Fue para él como escuchar un coro de ángeles. Sonrió e intentó levantarse pero ella se lo impidió con un gesto suave. Se recostó a su lado, en silencio, y apoyó su cara de lado sobre su pecho. Suspiró relajadamente. Él besó su frente y ella cruzó el brazo sobre su abdomen. No dijeron una sola palabra, no hubo un solo movimiento de los cuerpos, ahora unidos, que indicara el inicio de un ritual amoroso.
Uno, dos, varios de quienes iban y venían por la casa observaron esa imagen llena de calidez y ternura. Nadie se sorprendió y siguieron su recorrido. Ellos, unidos en un sentimiento hermoso, disfrutaban del calor del otro. No pasaba nada en el mundo que pudiera distraerlos de su felicidad. Ella sentía bajo su rostro cómo latía un corazón cada vez más rápido y él sintió que la respiración de su hermosa compañía no transmitía más que tranquilidad y paz. Hacían el amor sin mover un solo músculo.

domingo, 4 de diciembre de 2022

QUIJOTIZACIÓN



Siempre hay un boludo que te pregunta por qué. Y yo, más boludo aun, pienso y le contesto. Porque me da lástima decirle qué te importa, o directamente mirarlo con autosuficiencia y no decirle nada. Yo quiero que se entere. Quizás le haga un bien… a él o a cualquiera... No es sencillo contar la historia pero intentaré ser lo más claro posible.
Todo empezó porque alguien —ya no importa quién, ya no importan los nombres, ya no hay culpables… ni víctimas— me regaló uno en mi más tierna infancia. Y el tonto, el boludo, lo hizo suyo. Lo terrible fue que me gustó y casi de inmediato hice que me regalaran otro. Pero cuando quise el tercero me palmearon la espalda y me dijeron querido, te lo vas a tener que comprar. El primero te lo regalan… Y caí como un tremendo pelotudo. Me iniciaron… y desde entonces no pude frenar. No hubo nadie a mi lado que hiciera algo para que yo lo abandonara. Todos me miraban de reojo o se hacían sencillamente los giles. Es como si les gustara verme allí, siempre metido en ellos, en mí mismo. Solitario, inofensivo, indefenso. Y lamentablemente no pude parar. Es como realmente te lo dicen los que saben: un vicio. Uno lleva a otro, y otro, y otro… Y ya no hay freno que valga. Te podrán decir pará, te podrán decir vamos a pescar, mirá fútbol, vamos a correr. Mil cosas te van a decir para que te alejes pero cada centímetro de lejanía es un kilómetro de nostalgia. Creo que el primero fue el detonante. Reitero que no sé quién fue ni quiero recordarlo, pero alguien me lo regaló. Y lo hice mío como si fuera mi mayor tesoro.
Nunca pude dejar el vicio hasta que me encerraron acá, hijosdemilputas, y no me dejan ni siquiera mover los brazos. Tengo abstinencia y voy a explotar en cualquier momento. No recuerdo cómo se llamaba, pero no era grande. Era lindo tocarlo, abrirlo y cerrarlo, mirarlo minuciosamente, palparlo, olerlo. Hasta me deban ganas de masticarlo. No tenía muchas páginas pero las pocas que tenía bastaron para enloquecerme. Me tuve que comprar uno porque no me regalaron más. Era necesario tener otro, era necesario llenar espacios y tiempos. Y comprar uno significó comprar dos, tres… y mil, mil quinientos… Los leí a todos sin descanso. Hasta que algo hizo que mermara el fanatismo. La vi un día y me enamoré. Y ya la lectura dejó de ser mi vicio y mi condena. Ella fue más fuerte y me ofreció mucho más de lo que la ficción me brindaba. Y todos esos pasajes leídos en los que el héroe conquistaba a la heroína fueron cobrando colores y calores. Me convertí en ese sujeto que conquistaba a la mujer deseada y sentía por fin entre mis brazos, mis manos, mis dedos, mi piel, mi cuerpo, mi boca, esa ardiente pasión que antes solo quemaba mi imaginación. Y me alejé de los libros por un tiempo, porque de a uno fueron llegando los hijos, y entre noches calientes, de llantos, pañales y mamaderas se me fueron pasando los años. Pero ellos, como espías, me miraban desde la biblioteca, no perdían las esperanzas. Para colmo ese ejército de letras se fue agrandando por nuevos volúmenes que fui comprando y abandonando sistemáticamente en los estantes, bien acomodados al principio, pero luego se fueron amontonando como podían, porque ya no lograban enflaquecer para darle lugar a uno más. Y así se fueron atravesando de costado, lomo arriba o lomo abajo, hasta constituir un verdadero aguantadero de historias conocidas y desconocidas que comenzaron a caer al piso cada vez que alguien de la familia le pasaba cerca. Entonces no solo compré otra biblioteca sino que tuve que construir una habitación especial para guardarlos. Pero no me di cuenta de que construía a la vez mi propia perdición. El tiempo libre comenzó a aparecer cuando los hijos crecieron y empezaron a desenvolverse solos. Entonces comenzó esa picazón que había sentido muchos años atrás, cuando recibí como regalo el primero. Día tras día comencé a ingresar a la habitación-biblioteca y comencé, como en un ritual sadomasoquista, a tomar uno a uno los libros y a acariciarlos. Soplaba el polvillo que se iba amontonando en sus tapas y los abría, pasaba las hojas una a una suavemente, primero sin leerlas, pero luego mis ojos me fueron traicionando y comenzaron por sí solos, sin mi permiso, a captar todo lo que en las páginas de mis libros decía. Las horas que pasaba dentro de la habitación-biblioteca se fueron haciendo cada vez más largas y placenteras, al punto de salir de ella solo para comer e ir a trabajar. Abandoné la vida familiar para meterme en mundos extraños, salvajes, misteriosos, muchos más excitantes de lo que la realidad me ofrecía a diario. Incluso cuando comía y mi esposa e hijos miraban televisión, yo apoyaba uno de mis libros sobre la botella de vino (a la que usaba como atril) y no prestaba atención ni a los gustos de la comida que ingería. En el trabajo comencé a llevarme a escondidas los libros más pequeños para poder leerlos en los ratos libres o simplemente para devorarlos en lugar de trabajar. Incluso comencé a inventar enfermedades y a faltar al trabajo para quedarme a leer en mi casa. Recuerdo que en una oportunidad recibí la visita del médico auditor de mi trabajo y tuve la suerte de que me encontrara justo leyendo El ser y la nada y advirtió no solo que tenía dos líneas de fiebre sino que en virtud de mi estado anímico (producto de esa lectura, seguramente) no podía presentarme a cumplir con mis tareas habituales al otro día. Me dio una semana de reposo que la pasé leyendo desde el amanecer hasta la medianoche sin parar. Mi señora llamó al médico (no al auditor del trabajo sino al mío, al de toda la vida) y decidieron internarme, pero creo que no para curarme de una supuesta enfermedad sino para alejarme un poco de los libros y para que mi familia pudiera estar en el sanatorio, paradójicamente, más cerca mío. Y no lo soporté. Me rehusé a alimentarme -siempre odié la comida del sanatorio- y me colocaron suero. Pero arranqué las agujas que lo conectaban a mi brazo mil veces, cada vez que la enfermera insistía. Tantas veces la puteé... ¡Pobre! Qué culpa tenía ella... Empecé a ver libros en repisas colgantes de las paredes de la fría habitación del sanatorio y se los pedía a mi esposa para que me los alcanzara. Estaban ahí, no entendía por qué no podía alcanzarme uno para que lo leyera y así se me pasara más rápido el tiempo de internación. No hubo caso. Mis hijos deben haber estado confabulados con ella porque tampoco me los querían alcanzar. Decían que no había libros y yo los veía ahí, delante mío. Incluso el médico, si bien no me negaba la existencia de los libros en la habitación, me decía que pronto, cuando me pusiera bien, volvería a casa y podría volver a leer mis libros. Entonces lo agarré de la chaquetilla, lo atraje hacia mí y le pegué tal cabezazo en su rostro que le quebré el tabique. Su sangre manchó toda la sábana de mi cama y creo que se enojó porque nunca más lo volví a ver. A partir de ese día comencé a dormir más de la cuenta. Me colocaron el suero y para que no me lo sacara, me ataron los brazos a los costados de la cama. Pienso que no era necesario que me ataran también las piernas, sin embargo lo hicieron. Y mi esposa y mis hijos también se deben haber enojado porque comenzaron a visitarme día por medio o cada tres días. Luego apareció una médica joven, sonriente, muy simpática. Me trataba como si fuese su padre. No, ni siquiera el padre. Como si fuera su abuelito. Cada vez que ingresaba a la habitación, lo hacía acompañada por un enfermero -ya no enfermera- y yo le decía que me dejara leer uno de los libros de la repisa de la pared. Ella me acariciaba la frente y murmuraba un pobrecito lastimero... Me tomaba la fiebre, controlaba el suero, escribía algo en la historia clínica que llevaba sobre una plancha metálica y me miraba con lástima antes de retirarse.
Ya no sé hace cuánto que estoy acá. Qué importa. Durante todo este tiempo recordé las historias de cada uno de mis libros. Y me divertí mucho. Pero ya me cansé siempre de vivir lo mismo. Necesito conocer nuevos mundos, nuevos amigos, necesito vivir nuevas aventuras, llorar un poco por otra cosa que no sea el olor a enfermo que flota en esta habitación. Me siento impotente en esta cama metálica, atado como un matambre, mientras veo los libros en las repisas de la pared del frente a los que nadie lee. Ya los conté innumerables veces. Hay cuarenta y ocho. Algunos flacos, otros gordos. La mayoría bajitos. Incluso creo que hay un atlas… por el tamaño lo digo. De todos los colores. Muero por saber qué ocurre en el interior de cada uno, de qué color son las imágenes, si tienen tapas duras o tapas blandas… Mi esposa no vino más. Tampoco mis hijos. Solo veo de vez en cuando al enfermero que me trae el té y me lo da con una cucharita, despacio, muy despacio. De vez en cuando me baña y me coloca el papagayo para que orine. No entiendo por qué no me desata al menos para mear y poder sacudirme como lo hacía tiempo atrás. Le digo al enfermero que me alcance uno de los libros de la repisa y sonríe meneando la cabeza. Le digo que al menos me lea uno en voz alta. Prometo no hacer lío ni molestar. Pero siempre me dice después, después… Y yo me duermo de tanto esperar. No vi más a la doctora…
Quiero leer. ¡Quiero leer, enfermero! ¡Hijosdemilputas! ¡Libérenme las manos al menos! ¡Quiero un libro de esos! ¡Suéltenme! ¡Quiero leer!

viernes, 7 de octubre de 2022

DOS MUNDOS



Te sorprenderá verme acá, Marcela, pero sentí la necesidad de volver para hablar seriamente con vos. Hay algo adentro de mí que me lo pide, que me lo exige. Algo que no me hubiese dejado seguir por la vida si no regresaba y te lo decía. Sabés bien que me atrajiste apenas te vi. Fue tu mirada, fue tu cuerpo, fue tu sonrisa, fue tu timidez. Y fueron tu mirada y tu cuerpo los que con el tiempo nos reunieron en una noche inolvidable. Esa última noche que te vi, que te sentí, que fuimos uno, que disfruté tu cuerpo como supongo vos debés haber disfrutado el mío. Fue una noche fantástica en la que no supe interpretar tu entrega y te abandoné. Fueron tres meses y veinte días en los que no pude descansar ni pegar un ojo sin pensar en vos. Tres meses y veinte días, sí, los tengo bien contaditos, porque para mí fueron una eternidad, fueron un calvario del que hoy quiero liberarme para siempre. Por eso volví. Por eso estoy acá y advierto en tu mirada que no entendés nada. ¿Me escuchás, Marcela? Antes de que nos hiciéramos tan compinches, yo creía que nunca podríamos llevarnos bien. No formábamos parte del mismo mundo. El tuyo no iba más allá de tu humilde trabajo, de tus telenovelas siesteras, de la cumbia y de tus lecturas de autoayuda. Yo trabajaba en el diario casi todo el día y el poco tiempo que me quedaba lo aprovechaba para continuar mi novela eternamente inconclusa, para esbozar algún nuevo cuento, para leer y releer literatura rusa del siglo XIX y para escuchar música clásica y rock nacional. Pero esas diferencias para mí no existían cuando pasabas cerca de mi computadora, en la redacción del diario, con el escobillón o con el balde y el detergente entre tus manos, sin siquiera reparar en mí. Pero entre noticias internacionales, bombas de Al Qaeda y globalización, se paseaban tus pantalones de jean ajustados, muy ajustados, gastados, perfectos; tu pelo y tus ojos negros, tu sonrisa bien natural. Me mirás extrañada y sonreís sin entender. No digas nada. Dejame a mí. Soy yo el que debe hablar y darte una explicación. Reconozco mi error, mi cobardía. Cuando te echaron del diario por reducción de personal, mi trabajo dejó de tener sentido y nació en mí la necesidad de seguir viéndote. Por eso te fui a buscar a tu casa esa tarde y te pregunté si querías limpiar de vez en cuando mi departamento, que no tenía más de cincuenta metros cuadrados y que jamás había necesitado a alguien para que lo limpiase. Si ni comía en él, qué podría ensuciar más que los ceniceros, los vasos y las tazas... Y aceptaste de buena gana, con esa sonrisa de siempre pero con tu típica timidez que a mí me atraía y me hacía sentir cierto poder sobre tu persona. Comenzaste a tocar el timbre tres veces por semana a las siete de la mañana y me obligabas a levantarme a pesar de que hacía pocas horas que me había acostado. Pero lo hacía feliz porque volvía a verte y desde el día anterior ya me ponía de buen humor porque te vería sonreír a mi lado otra vez. Y te cebaba mates mientras limpiabas el departamento, demorando tu tarea a propósito porque no te hubiese llevado más de una hora hacerlo por completo, y te quedabas hasta el mediodía, tomando mate, charlando o leyendo algo que me pedías prestado y yo te invitaba a quedarte y vos aceptabas sin hacerte rogar. Te quejabas de los rusos porque no los entendías y además te asustaba el tamaño de los libros y la letra tan chiquita. Me pedías poemas cursis que yo no tenía y pensaba que nunca los tendría, pero los empecé a comprar para vos, para verte leer en casa, para verte sonreír, suspirar y, a veces, hasta llorar. En fin, una excusa para tenerte a mi lado. Y un día te quedaste a almorzar y otro día te ofreciste para preparar la cena y tu mirada me gustaba cada vez más y tus cabellos negros eran cada vez más negros, al igual que tu mirada, y no sé si te dabas cuenta o no, pero yo advertía que los pantalones de jean ajustados te quedaban cada vez mejor y me empezaba a importar dos pepinos esa diferencia de mundos que vivíamos y que a pesar de todo, compartíamos. Me hacías reír mucho con tus ocurrencias y tus salidas ingenuas ante los problemas del mundo que yo, aburrido, te comentaba como última noticia cuando nos juntábamos a cenar. Pero ahora estoy acá, Marcela, pidiéndote perdón. Fueron tres meses y veinte días los que me hicieron estallar la cabeza pensando en esa última noche en que te acaricié mucho y disfruté mucho tu hermoso cuerpo trigueño. Noche en que me perdí en tu mirada oscura y en tu cuerpo infinito, en esa mirada que ahora observo y me gusta cada vez más. Y en esa sonrisa que me hace pensar que me escuchás pero que no me entendés, Marcela. Volví para decirte que estos tres meses y veinte días fueron fundamentales para darme cuenta de todo lo que te necesito. Y de lo que quiero al fruto de nuestro amor. Sí, por más que abras de esa manera tus hermosos ojos negros, quiero decirte que volví para hacerme cargo, para estar con vos para siempre y compartir la felicidad de nuestro hijo. Y te veo delgada como siempre pero sé que debajo de tu camisa seguramente la pancita ya debe estar asomando. Me dijiste esa noche que no te habías cuidado y lo soñé durante los tres meses y veinte días: vas a tener un bebé, nuestro bebé. Por eso, Marcela, estoy de vuelta, para mirar hacia adelante juntos y vivir definitivamente para él... o para ella. ¿Sí?
Su cara había ido cambiando desde el mismo momento en que me vio aparecer. Sus ojos negros fueron agrandándose segundo a segundo hasta casi estallar. Y luego de haberle ofrecido con tanto amor mi reconocimiento de paternidad, me gritó con toda su bella personalidad:
—¡¿Pero qué decí, bolú?! ¡¿De qué guacho me hablá?!

FIN DE UNA ETAPA


Nos sentamos en un banco de la plaza. No lo convenimos previamente, pero elegimos ese porque estaba alejado de las grandes farolas. Al menos eso pensé yo. Junio empezaba a entristecer aún más las noches ya entristecidas por mayo. El cielo estaba cubierto. No garuaba, pero casi. Eran las once de la noche de un insignificante jueves cualquiera. El paso lento y elegante de un galgo muy flaco interrumpió la quietud del lugar. Intenté pasar mi brazo derecho por su espalda pero un movimiento de rechazo veloz, instintivo diría, me lo impidió. Supe comprender. O no.
Minutos antes me había dicho que no estaba bien. «¿Estás descompuesta?», reaccioné de inmediato. Su mirada fue fulminante. Evidentemente, no lo estaba. No dije más nada, caminamos en silencio e ingresamos al corazón de la plaza. La humedad era mucha. Antes de que se sentara, sequé con la manga derecha de mi campera la parte del banco donde apoyaría sus pantalones blancos. Literalmente, se dejó caer y yo me senté a su lado. La humedad de las tablas se hizo sentir en mis nalgas. Después de mi intento de abrazo fallido, la miré de reojo. No me animé a hablarle. Tenía la vista fija en el galgo, o en el prócer sentado sobre su caballo de bronce, o en la nada… Sí, era ahí, en la nada. Fueron varios minutos de silencio los que interrumpió el ruido del camión barredor de hojas que pasó muy lentamente por la parte sur de la plaza. Eso pareció despertarla.
«Hace mucho que estamos juntos…». Estampó sus palabras secas en mi cara húmeda. No la entendí. Nunca la entendía cuando decía cosas que no tenían que ver con el hilo del discurso que veníamos sosteniendo antes de los prolongados silencios, que seguramente los aprovechaba para pensar y preparar sus palabras. Pero comprendí a los pocos segundos que era cierto: habíamos compartido ya varios años.
«…Pero me siento sola», remató la idea sin mirarme. Sentí el frío en mi cuerpo que hasta ese momento no había advertido ni me había molestado. Su perfil perfecto dirigido a la nada semejaba una estatua de mármol: brilloso, frío, duro…
Sus palabras fueron crueles. Un cross a la mandíbula, diría Arlt. Pero enseguida comprendí que la situación era lógica. El tiempo que llevábamos juntos fue enfriando poco a poco la relación. Lo sentí desde antes de que me lo hiciera saber con sus propias palabras. Pero debo confesar que no me las esperaba. Suspiró profundo y cerró los ojos. No sé qué habrá pensado de mí en esos segundos y reaccioné con lo primero que me vino a la mente… o al corazón.
«Vamos», le dije tomándola de la mano.
Caminamos en silencio hasta su casa. Antes de abrir la puerta e ingresar nos miramos por unos segundos. No necesitamos las palabras. Ambos supimos que algo se había roto, que algo había llegado a su fin.
Su mirada reflejaba pena y no supo seguramente qué decir. Retumbaban en mi mente sus últimas palabras: «Me siento sola». No nos dimos el beso de despedida como lo hacíamos siempre. Me dio la espalda, ingresó a su casa, cerró la puerta y el giro de la llave cerró para siempre una etapa.
Sentí que había fracasado, sin dudas. Me alejé caminando despacito bajo una incipiente garúa, cabizbajo y con las manos en los bolsillos. Intenté silbar la melodía de una canción pero no pude. No fui a mi casa. Caminé sin rumbo por la ciudad oscura y silenciosa.
No la volví a ver. Ella merecía vencer su soledad.

COMO UNA PALOMA BLANCA


Cuando en aquella tarde de mayo de no me acuerdo qué año me dijo que algún día iba a llorar su partida, no le di demasiada importancia. Siempre me lo decía, pero esa primera vez fue cuando más me impactaron sus palabras. Un tonito misterioso hizo aún más hermosa esa sentencia. Pero con el paso del tiempo fue perdiendo importancia para mí. Y cuánto lo lamento ahora. En realidad, no sé si Alejandra era una mina de carne y hueso o pertenecía a otra dimensión.
La conocí en el colegio. Era un año más chica que yo. Cuando ingresó al primer año de esa secundaria todos los chicos, de todos los cursos, no pudieron evitar mirarla con la boca abierta. Era realmente hermosa. Era el tipo de chica que a mí me gustaba. Y así como todos trataron de conquistarla desde un primer momento, yo ni siquiera me acercaba a ella. Mi timidez para entonces era ya exagerada. Siempre que alguna chica me gustaba, le daba la espalda. ¿Por qué? Todavía no lo sé... Miedo, vergüenza, estupidez... Lo cierto es que el noventa por ciento de los chicos del colegio estaba atrás de Alejandra durante los recreos y más de una trompada se repartió por su culpa. Lo asombroso era que ella ni siquiera les sonreía. Era antipática con todos los que se le acercaban y hasta los maltrataba. Y ese mal trato no desalentaba las esperanzas de ninguno. Al contrario. Y yo, al ver todo lo que pasaba a mi alrededor, ni siquiera me animaba a mirarla. Si no les daba bolilla a quienes eran mucho más atractivos que yo, ¿qué esperanza me quedaba? Yo era un flaquito, cabezón, que siempre estaba vestido al revés de todos los que estaban a la moda... Y así fue que Alejandra para mí en esos días no fue más que una chica como las otras. Qué me iba a imaginar que hoy me iba a sentir como me siento...
Ese mismo año —yo tenía dieciséis recién cumplidos— me habló por primera vez. Fue durante el recreo largo. Tenía una medialuna en mi boca cuando olí el perfume a savia de sus cabellos y escuché su voz, dulcísima, de la que inmediatamente me enamoré. Me sonrió con un hola en sus labios y casi me ahogué con mi desayuno. No pude contestarle sino hasta después de haber tragado todo ese mazacote, y creo que habrán pasado siglos. A pesar de ser físicamente más grande, me sentí insignificante a su lado. Alfileres y clavos me traspasaban: no había un solo chico en el colegio que no me estuviese mirando. Debo confesar que me habló durante todo el recreo y que no recuerdo ni una sola palabra de lo que me dijo. Ese día nació nuestra amistad.
Se me eriza la piel cada vez que la recuerdo, su cara muy cerca de la mía, diciéndome en voz baja: Algún día vas a llorar mi partida. Qué extraña era Alejandra. Hubo momentos en los que sentía miedo. No era una chica como las demás. Era enigmática y con un carácter muy dulce y podrido a la vez. Creía a veces que en los momentos en que estaba enojada por algo y se la agarraba conmigo no era sino para que me vaya de su lado y la dejara en paz. Pero si yo me iba, al otro día aparecía con su voz más dulce y me invitaba a caminar. Algo de todo eso me atraía, y mucho. Fue por eso que estuvimos juntos hasta aquel día en que la lloré.
Nunca llegamos a ser novios formales, pero qué lindo era estar con Alejandra, verla llorar, reír, callar... Recuerdo la época de esa secundaria como una de las mejores de mi vida, sobre todo, los momentos que compartí con ella. Por suerte esa amistad tan fuerte que nos unía no nos prohibió tener nuestro grupo de amigos y amigas en común. Los chicos me envidiaban por esa amistad y me preguntaban qué estaba esperando para atracármela. En realidad, nuestros momentos amorosos habíamos tenido, pero ninguno de los dos los habíamos tomado como un compromiso demasiado serio. Y así pasaron los años y yo llegué a mi quinto año Perito Mercantil. A duras penas, pero llegué. Un lindo año, quizás el mejor. Con Alejandra había una onda fantástica y ella seguía repitiéndome, cada vez más seguido, la frase enigmática. Yo seguía sintiendo una extraña sensación cada vez que lo hacía. Incertidumbre. En todo sentido. Por su voz extraña, por su mirada profunda, por el futuro. Y le hablé. Tenía que hacerlo porque yo quería llegar más allá de una simple amistad. Recuerdo todavía sus palabras, que en ese momento no comprendí... o no quise comprender:
—Escuchame, Quique, todo lo que te digo va a ocurrir. Y es inevitable. Yo algún día me voy a ir... qué sé yo a dónde. No me lo preguntés. Hoy somos felices, pero la felicidad no es eterna. La dicha eterna es falsa. Y además no es buena. No sé si me entendés. Los dos tenemos mucho por vivir y pienso que sería fantástico que cada uno lo haga por su lado. Aprendimos muchas cosas juntos, ¿no creés? Recordá la canción que siempre escuchamos juntos —y cantó, siempre con esa dulce voz—:

Llorarás, amigo,
y me buscarás.
Será cuando yo me haya ido
a prepararte un lugar.
Pasará un poco de tiempo
y ya no me verás.
Y otra vez pasará el tiempo
y a verme volverás...

—Te quiero mucho, Quique. De eso no te olvides nunca. Te quiero mucho y siempre te querré.
Esa noche lloré mucho y no fue porque Alejandra me hubiese abandonado —todavía no lo había hecho— sino porque algún día, indefectiblemente, lo iba a hacer y no podía entender que alguien que te quiera tanto te pueda abandonar así porque sí. Luego de ese día ella comenzó a decirme que se iría feliz, volando por las nubes, como siempre le hubiese gustado andar por el mundo. Feliz por mí, feliz por ella.
A la fiesta de graduación, por supuesto, fui acompañado por Alejandra. Estaba como nunca. Brillaba. Hasta me daba bronca que mis compañeros se dieran vuelta al pasar para mirarla. Fue una noche estupenda, la mejor que pasamos juntos. Pero lamentablemente, la última. Cuando la fiesta terminó, me tomó muy fuerte del brazo y me invitó a caminar. Fuimos a la costanera y caminamos tomados de la mano por el puente colgante, que las furiosas aguas años después se encargarían de arrastrarlo hasta el fondo de la laguna. Hablamos poco y nos miramos mucho. Presentí que el final llegaba. El silencio nos comunicaba. Me preguntó si la quería y mi respuesta fue inmediata y obvia, le dije que sí, se lo repetí mil veces, lo grité a los cuatro vientos y creí que toda la ciudad había escuchado mis gritos. Ella también me dijo que me quería. Estaba nervioso y ella parecía feliz. En un momento que no advertí se subió a la baranda del puente y yo, muerto de miedo, le grité y la tomé de la mano. Soltame —me dijo con la misma voz dulce y tranquila de siempre—. No me olvides nunca. Te quiero mucho. Yo veía desesperadamente cómo corrían las aguas barrosas bajo el puente y no sabía qué hacer ni qué decir. Y saltó. Grité muy fuerte, con desesperación, miedo y bronca a la vez. Vi a Alejandra caer en cámara lenta, envuelta en su vestido blanco y su cabello rubio. Las lágrimas habían comenzado a brotar de mis ojos y vi cómo ese cuerpo delicado se convertía en una pequeña nube de donde, luego de un suave estallido, salió volando con todas sus fuerzas y ganas una hermosa paloma blanca, que se dirigió hacia el horizonte todavía oscuro.
Ya no me importa saber quién —o qué— fue Alejandra. Solo sé que hoy debe ser feliz por haberse dado el gusto de volar. Y yo, aunque triste por su ausencia, estoy también contento por saber que, al menos, hubo alguien que me quiso de verdad..

ME EQUIVOQUÉ


 

Creo que los sueños son sucesos creados en el cerebro desinhibido de un individuo mientras duerme, y que son provenientes de un intenso deseo que permanece oculto en lo profundo de su corazón al estar despierto.Un evento en un sueño es un fenómeno extraño que posiblemente no pueda ocurrir en la realidad… y aun así posee sentimientos sensoriales como si fuera una experiencia real. Esto sucede porque el sueño es el fruto del más puro e íntimo deseo humano. En mi opinión, el sueño es el máximo medio de expresión posible de esos deseos íntimos.

Akira Kurosawa



Me desperté feliz. A pesar de que en mi sueño me había rechazado diciéndome «te equivocás», estaba convencido de que no era cierto.
Conocía a Irene desde hacía mucho tiempo pero hacía muy poco que nos habíamos vuelto a ver. El tiempo había pasado y ambos habíamos cambiado. Irene ya no era la niña que había conocido en la infancia, pero conservaba la misma sonrisa, esa sonrisa que me contagiaba desde entonces, esa sonrisa que aún hoy me contagia…
Anoche me abrazó y me dijo que me quería mucho, que nunca había conocido a alguien como yo. También la abracé. Y le dije que era una mina genial, que también yo la quería. Y nos abrazamos muy fuerte, mucho tiempo… y no aguanté. La besé. Fue solo un segundo en que mis labios se apoyaron en los suyos. «Te equivocás», me dijo retrocediendo y le pedí perdón. Pero sabía que si pudiera, volvería a hacerlo una y mil veces.
Siempre creí en mis sueños y tengo la ventaja de recordarlos muy bien. Y a este en especial no podría olvidarlo. Recuerdo segundo a segundo mi abrazo con Irene, y si algún episodio se me borra, lo recreo a mi antojo.
«Te equivocás», me dijo. Pero qué hermoso fue acercar lentamente mi rostro al suyo y tomar esa decisión. El beso duró un pestañeo que en mí será eterno. Creí que su rechazo había sido una reacción lógica ante una actitud inesperada. ¿Haría lo mismo en la realidad?
Más de una vez Irene me dijo que yo era un buen tipo, que me consideraba su mejor amigo. Y hoy por la mañana, en la oficina, me lo repitió. Yo escribía en la computadora una amarga carta ordenada por el jefe, cuando se me acercó y se sentó a mi lado. Disfruté el aroma del perfume de siempre, la miré a los ojos y pensé: ¡Cómo me gustó besarte anoche! Irene sonreía. Me acarició la espalda —siempre lo hacía antes de hablarme— y me dijo:
—Negrito, sabés bien cuánto te quiero y que confío en vos enormemente, ¿no?
Asentí con la cabeza, con una sonrisa, y ante mi mirada asombrada, siguió:
—Te voy a contar un secreto hermoso y quiero que seas el primero en saberlo…
Me acomodé en la silla, me olvidé de la fría carta y la escuché con atención:
—Estoy saliendo con Jorge y estoy reenamorada. ¿No es genial? Quería decírtelo a vos primero porque sos mi mejor amigo…
Irene seguramente esperó mi sonrisa sincera, mi alegría, mis felicitaciones y mis palabras. No pude fingir. Solo sonreí sin ganas y acaricié sus manos suavemente y con bronca a la vez. Mientras retumbaba en mi cabeza ese «sos mi mejor amigo», la felicité falsamente.
Me había equivocado.
Una vez más.

PREDICATIVO OBLIGATORIO



Desde el último banco del curso tenía una panorámica inmejorable. No solo me gustaba el lugar porque desde allí tenía el control del más mínimo movimiento de mis compañeros sino también porque podía manejar los tiempos respecto del accionar de mis profesores. Cuando veía que alguno se dirigía hacia mi banco, tenía tiempo suficiente como para esconder los dibujos que surgían de mi lápiz como consecuencia de mis eternos aburrimientos en el aula. Pero para ser sincero, lo que más me gustaba de mi ubicación era la perfecta visión que tenía de Verónica, que se sentaba en el primer banco, dos filas a la izquierda de la mía.
Me pasaba horas enteras mirándola. Me apasionaban sus largos cabellos brillosos, castaños, mezclados con un caoba indefinido. Yo era consciente de que en el frente había profesores que se esforzaban por explicar sus materias, pero qué me importaban a mí las ecuaciones, los sujetos y predicados o las cuentas del activo y del pasivo...
Amaba cada uno de los movimientos, todos delicados, de Verónica. Me gustaba verla participar en la clase, levantar su mano pidiendo para pasar a decir la lección, hablar con picardía con Carolina, su compañera de banco. Pero mi mayor felicidad era verla pasar al frente, cuando escribía en el pizarrón. Su guardapolvo siempre estaba impecable, inmaculado y bien planchadito; debajo siempre usaba polleras, nunca pantalón, medias tres cuartas blancas y un par de zapatones negros bien lustrados. Y para colmo siempre tuve la impresión de que al regresar a su banco, antes de sentarse, me miraba por una fracción de segundo, con un poco de vergüenza, como buscándome, y cuando yo reaccionaba ya era tarde: ella ya estaba sentada en su banco prestando nuevamente atención a las explicaciones del profesor. Pero esa fracción de segundo en que me sentía observado bastaba para mantenerme de buen ánimo hasta el final del día. A veces pasaban días en que no advertía que Verónica me mirase y terminaba convenciéndome de que esas fugaces miradas que yo suponía dirigidas a mí, no eran más que producto de la casualidad.
Una mañana como otras tantas, en la hora de Lengua, mientras navegaba con mi imaginación fecunda por entre los hombros y cabecitas de mis compañeros y, sobre todo, los de Verónica, escuché cómo alguien se acordaba de mí:
—Fernández, vuelva al curso y pase a analizar esta oración... —me dijo con voz socarrona la vieja profesora con su eterno peinado de peluquería.
Reaccioné tarde y lo hice gracias a las risas instantáneas de mis compañeros que, al igual que la profesora, advirtieron mi viaje áulico.
Me levanté y lentamente me dirigí hacia el pizarrón. Tuve vergüenza al sentirme observado por todo el curso, pero por sobre todas las cosas, al verme expuesto ante la belleza de Verónica. Agradecí no andar tan mal para el análisis sintáctico y pude sortear los primeros pasos: sin dificultad descubrí inmediatamente el verbo y separé a la perfección el sujeto del predicado. El núcleo del sujeto y sus modificadores no tuvieron secretos para mí, pero al internarme en ese predicado maldito, luego de marcar con decisión el verbo núcleo, tropecé con mi primer escollo. Clavé los ojos en el pizarrón y me puse a jugar con la tiza en la mano, simulando estar pensando.
—¿Qué clase de verbo es «ser»? —preguntó impaciente la profesora.
Me di vuelta y miré al curso buscando auxilio. No me di cuenta, pero mi cara debió expresar en esos momentos terror. La profesora estaba parada en el fondo del curso, entre los bancos, y vio cómo la mano de Verónica se elevaba solicitando la palabra para contestar. Ante mi evidente ignorancia, la profesora la autorizó.
—Verbo copulativo —contestó orgullosa y todo el curso escuchó el «Muy bien, Verónica» de la docente.
—Entonces, ¿qué función cumple lo que le sigue en la oración, Fernández? —me siguió preguntando la pobre ilusa.
Yo no lo sabía y vi que Verónica amagó levantar la mano para contestar, pero se contuvo. De inmediato me miró, acomodó su cuerpo como para que la profesora no la pudiera ver desde el fondo del aula y haciendo mímica con sus labios me dio a entender la respuesta: pre-di-ca-ti-vo-o-bli-ga-to-rio. Sentí un escalofrío hermoso. Disfruté como nunca antes lo había hecho esos tres o cuatro segundos en que Verónica me miraba fijo a los ojos y movía sus labios en cámara lenta dándome la respuesta. Le sonreí en agradecimiento y contesté orgulloso, en voz alta y sacando pecho:
—¡Predicativo obligatorio!
—Muy bien, Fernández. Complete la oración en el pizarrón y tome asiento.
Flotaba en el aula mientras con la tiza marcaba en la oración el predicativo obligatorio más hermoso que había resuelto en toda mi vida. Regresé a mi asiento no sin antes expresarle a Verónica con una gran sonrisa todo mi agradecimiento. Al pasar a su lado, me extendió su mano derecha como diciéndome choque esos cinco y de inmediato sentí el contacto de su piel suave con la mía. Nuestras manos se unieron con un delicado golpe cómplice que a pesar de haber durado un abrir y cerrar de ojos para mí fue eterno.
Quedaban aún veinte minutos para el timbre de salida y no hice otra cosa que pensar en ese hermoso e inesperado gesto de Verónica. Mientras, no le sacaba la mirada de encima. Mi mente adolescente de chico de segundo año de escuela secundaria me llevó a plantearme cientos de posibles significados de esa ayuda clandestina. Una, que Verónica, luego de contestar la primera pregunta que estaba dirigida a mí, se sintió mal, por lo que decidió ayudarme a contestar la segunda. Otra, que Verónica me había ayudado al verme titubear, como por lástima. Pero la peor de las interpretaciones que le di a ese gesto fue que Verónica colaboró conmigo como lo hubiese hecho con cualquiera de los otros treinta y cinco compañeros del curso. ¡Pero no! ¡Me había ayudado a mí! Había sido yo el que había disfrutado por unos segundos el movimiento de sus labios dándome la respuesta salvadora. Había sido yo el destinatario de tan sensual gesto. Había sido yo el blanco de la hermosa mirada de Verónica... Había sido yo quien había chocado, casi como una caricia, esa hermosa mano fraternal... ¿fraternal? Obviamente, de inmediato, me hice la película. Pensé que esa ayuda se debía a que ella sentía por mí algo más que ese simple compañerismo de aula. Y volé... Mi cuerpo quería estar en cualquier parte menos ahí adentro, entre esas cuatro paredes horribles y escuchando sujetos, predicados, núcleos y modificadores. Quería irme de ahí, irme con Verónica... Cinco meses habían pasado desde el primer día de clases y durante cinco meses la había observado sin cansarme y sin que ella me diera una señal concreta. Y ahora me la había dado. Verónica al menos sabía que yo estaba allí, que yo existía y que no era uno más del montón. Apoyé los codos en el pupitre y me sostuve la cabeza con ambas manos. Maldije —una vez más en mi vida— mi timidez y me propuse tomar coraje. Aunque sea, tenía que hablar dos palabras con Verónica a la salida. Esos veinte minutos fueron interminables.
El timbre sacudió mi modorra mezclada con ilusión y nerviosismo. Agarré mis carpetas sin dejar de mirar a Verónica, que guardaba sus libros en la mochila. Hice tiempo como para dejar que saliera ella primero y me propuse seguirla unos metros antes de llamarla. ¿Qué le diría? Qué importaba. Le agradecería su ayuda, no sé, algo me iba a salir...
Observé primero sus pasos lentos y graciosos. Luego aceleró y apresuré mis pasos tras ella: ya era el momento de darle alcance y hablar. Estaba decidido a todo pero de repente el sueño se esfumó. Debí haber parecido un pobre pibe al pasar frente a semejante cuadro, porque creo que hasta se me escapó un lagrimón. Los labios que minutos antes me habían soplado un predicativo obligatorio hermoso y salvador, se estrechaban ahora en un beso con los labios de un estúpido alumno de quinto año «A».

AMOR DE ADOLESCENTES



—¿Qué podemos hacer?
No sabía qué contestarle. Yo tenía ganas de hacer tantas cosas con ella que no podía decirle ni siquiera una. Siempre me pasaba lo mismo: no me animaba a hablar. Hasta entonces me había caracterizado por ser medio quedado. Y una vez más me habían faltado las palabras. Mejor dicho, me habían dejado sin palabras. Nancy me gustaba mucho y además la quería mucho también. Era una mina que me daba vuelta, siempre estaba de buen humor, siempre tenía una sonrisa para regalar. Además era provocativa. A veces me decía que era el mejor chico que conocía, que yo era su mejor amigo, que me quería muchísimo y terminaba dándome un beso en la mejilla. Yo quedaba loco y me daban ganas de agarrarla y apretarla, y darle un buen beso, pero en la boca, y gritarle que la quería, que quería que sea mi novia, que no aguantaba más… Pero la historia se repetía: yo no abría la boca. Me pasaba tardes enteras tirado en la cama con el grabador a todo volumen planeando cómo hacer para animarme. Siempre que estábamos juntos me daba pie como para que yo tomara la decisión y mi gran duda era si me estaba provocando o si lo hacía como un juego en el que solo ella conocía las reglas. Entonces me daban ganas de gritarme «¡Imbécil! ¿No ves que te está esperando?» Y me contestaba sin pensarlo: «¡Ma sí, yo me tiro!». Y cuando la veía nuevamente era como si me estuvieran agarrando de los pantalones, como si me estuvieran diciendo que no, que se me reiría en la cara. Y ese día la tenía frente a mí, sentada en esa mesa de bar con su cara hermosa, como siempre, mirándome con cariño. Cuando estaba por abrir la boca para decir cualquier idiotez, me tomó de la mano y me sacó casi corriendo de ese bar mugriento rumbo a la calle.
—Caminemos —me dijo.
Y, por supuesto, acepté. Obviamente, habló todo el tiempo ella. Qué sé yo lo que me decía, yo solamente la miraba. Movía los labios de una forma muy dulce, siempre con esa sonrisa en su rostro, y caminaba con una gracia especial. De vez en cuando se me adelantaba unos pasos y caminaba marcha atrás, frente a mí, como jugando. ¡Qué ganas de abrazarla! Me miraba con esos ojos pardos irresistibles y amorosos como diciéndome: abrazame. No sabía qué hacer. A los pocos minutos ella me tomó de la mano y me dijo con una simpleza sin igual que yo era muy dulce. No sé de dónde saqué coraje y la abracé. Mi mano derecha se apoyó en su hombro derecho y caminamos lentamente hacia su casa. Le pregunté si le molestaba mi abrazo.
—No, al contrario. Me siento protegida.
No cabían dudas: estaba muerta conmigo y no podía perderme esa oportunidad. Tenía que actuar rápidamente, sin pensarlo demasiado. Pero antes de que yo atinara a hacer algo, me preguntó si iba a ir al boliche el viernes a la noche. Iba a decirle que sí, pero antes quise asegurarme de que ella iría.
—Por supuesto —fue la respuesta contundente.
Pensé: ¿y si en vez de apurarme ahora, espero hasta el viernes? Seguramente voy a estar más decidido… y con un poco de alcohol encima, seguro que me animo. Además, iba a poder planear todo con mayor serenidad. Y esperé.
El jueves por la tarde no fui a gimnasia. Media falta más en el colegio no me haría nada. Decidí salir a caminar por la ciudad. Luego de una hora de deambular, fui a la casa de Esteban a tomar unos mates y le conté lo que me pasaba y todo lo que sentía. Hablé como media hora sin parar y él solo se limitaba a mirarme y escucharme atentamente. Parecía no entender, no escuchar. Se levantó de repente, se dirigió a la ventana de su cuarto y miró hacia la calle.
—Che, ¿qué pasa?
Dio media vuelta y me lo dijo, no muy tranquilo:
—Me pasa lo mismo que a vos con una mina y me estoy haciendo, como vos, mucho el bocho. Siento lo mismo que vos y no sé qué hacer. Ella también me dice esas cosas lindas, estoy seguro de que me quiere y tengo ganas de encararla.
Me alegré, le dije que me parecía bárbaro, que quizás a los dos nos iría bien, y que luego podríamos salir los cuatro juntos. Le dije que cambiara la cara, que entendía que estuviese nervioso, yo también lo estaba, pero que tenía que confiar porque las cosas estaban dadas como para que los dos ganemos, que se dejara de joder.
—¿Quién es, Esteban?
—Nancy —dijo con la voz entrecortada—. Y quedamos en encontrarnos mañana en el boliche…
El viernes nos pasamos toda la noche con Esteban sentados en el umbral de mi casa fumando, tomando cerveza, mirando hacia la avenida desierta y sin decir una sola palabra.

LA PEATONAL



Siempre me gustó caminar. Considero que es un ejercicio muy efectivo para liberar la mente de la cotidianidad. Además, es un buen ejercicio físico, todo el mundo lo sabe. Los médicos te dan la receta con las soluciones mágicas que le hacen falta a tu salud para estar un poquito mejor, y en otro papelito con membrete de remedio de muestra gratis escriben con letra ilegible cada cuánto las tenés que tomar y, con un poquito más de ganas y prolijidad, anotan al final entre signos de exclamación: «¡Caminar!». Reconozco que nunca lo hice porque el médico me lo recomendase. Lo hago desde siempre. Un día un poco más, otro día un poco menos, pero intento no perder la regularidad. Y recién ahora lo hago para que no se me entumezcan los huesos o para que la espalda no me duela tanto por estar frente a la computadora demasiadas horas por día. Caminar para mí siempre significó despejar la mente. Cuando era joven, los problemas que me rodeaban no eran tantos ni tan graves. Por eso, más que liberar la mente de la realidad diaria, utilizaba las caminatas para soñar. ¿Soñar qué? Que me pasaban las cosas que quería que me sucedieran… así de simple. Eso me hacía sentir un poquito más feliz. O para jugar. ¿A qué? A caminar por una hilera de baldosas, o por el cordón de la vereda, pensando que si pisaba afuera o perdía el equilibrio, caería a un precipicio e indefectiblemente llegaría al final de mis días. Ahora, a mi edad, caminar es casi pura y exclusivamente un ejercicio de evasión, no solo porque lo sigo haciendo solo, como siempre, sino porque me calzo los auriculares y escucho la música que a mí me gusta a volumen diez. Es una linda manera de olvidarme de las obligaciones de todo tipo. Durante una hora, una hora y media, estoy solo en el mundo y nada me puede importar más que tararear canciones mientras camino hacia ninguna parte. ¿Y a qué se debe este palabrerío inútil que a nadie le interesa más que a mí? A que hace un par de semanas volví a recorrer las cuadras de la peatonal de mi ciudad natal, de mi juventud, y me trajo muchos recuerdos. Los más lindos, que por ser tales, se me fueron borrando poco a poco en la mente. Y los otros, tristes y dolorosos, se transformaron en imborrables. Justamente uno de estos últimos se me hace necesario contar, ya que ese día me encontré con Sofía.
No sé si seré preciso en algunos detalles, lo que sí afirmo es que omitiré mencionar nombres verdaderos como una manera de salvaguardar la dignidad de las personas después de unos… treinta y cinco o cuarenta años.
No quedaba cerca mi casa de la peatonal. Sin embargo, jamás tomé un colectivo urbano para llegar. Caminar las cuadras que me separaban de ella era el prólogo necesario para disfrutarla después recorriendo sus cuadras con paso firme pero lento, las manos en los bolsillos holgados de mis pantalones, como disfrutando ese esquivar gente desconocida, indiferente, apurada, ajena a todo lo que la rodeaba. Cosa que me gustaba por lo extraño y normal que era a la vez. Fumaba en aquella época, y los Particulares 30 me daban más seguridad, más confianza, para internarme entre esa muchedumbre. Yo sabía muy bien que esas largas caminatas que terminaban en la peatonal no las hacía por el solo hecho de pasear. Además de ser una forma de perder el tiempo con gusto, también lo aprovechaba para distraerme; pero en realidad, perseguía inexorablemente otro objetivo: encontrarla. La ciudad era muy grande y ella vivía lejos de mi casa. Mucho más lejos de lo que me quedaba la peatonal. Y siempre soñé con cruzármela de frente, entre toda esa gente desconocida. ¡Sofía! —le hubiese dicho— ¡Qué casualidad encontrarte por acá! Demás está decir que por aquellos tiempos nunca me la crucé por la peatonal. Muy de vez en cuando la veía en alguna reunión de amigos pero esos encuentros eran demasiado espaciados, yo era uno más entre tantos y no aguantaba no verla por demasiado tiempo. Por eso iba a la peatonal. A soñar que la encontraba y nos poníamos a charlar. ¿A qué otro lugar que no fuera la peatonal de mi ciudad tendría que ir para encontrarla? Si allí íbamos todos… a caminar, a comprar, a pasear, a perder el tiempo, con nuestros amigos o con nuestros hermanos. Cuando llegaba a la peatonal la recorría de punta a punta cuatro veces. Para mí la peatonal terminaba donde para otros empezaba. Al sur. Por el solo hecho de que yo llegaba caminando desde el norte. Y al sur estaba el teatro municipal con sus grandes escalinatas. Cuando llegaba al teatro, pegaba la vuelta para hacer un nuevo intento de encontrarla. La caminata siempre era lenta y atenta. Miraba para todos lados, deseaba casi con desesperación que ese día ella hubiese decidido ir a la peatonal a pasear o a lo que sea; cada vez que recorría sus calles anhelaba encontrarla. Más de una vez me crucé con algún familiar, o con algún amigo, por lo que terminaba olvidándome de Sofía, de su eterna ausencia, y me distraía con mi nueva compañía. Pero cuando llegaba nuevamente al principio —al norte— de la peatonal, giraba sobre mí mismo y emprendía un nuevo recorrido que terminaba en las escalinatas del teatro municipal, donde me sentaba solo a fumarme un pucho y mirar la gente pasar. Quién me iba a quitar la esperanza de que justo pasara frente al teatro y de que se sentara un ratito, o toda una eternidad, a mi lado para conversar.
Mis caminatas actuales además de servirme como un grato escape del mundo, me ayudan a descontracturarme, a agilizar mis rodillas, a no aumentar el volumen abdominal aún más, a controlar el colesterol. Ahora sí tuve que hacerle caso al médico. Pero le veo el lado bueno: no tuve que esforzarme demasiado.
Quienes me conocen saben que jamás tuve tacto para tratar con las mujeres. Siempre estuve a contramano de mis amigos. Si la moda consistía en usar pantalones bombilla, yo usaba los más anchos que conseguía. Si había que usar el cabello corto, me lo dejaba largo. Si se usaba barbita incipiente, me afeitaba; y cuando se trataba de lucir la tez suave, me dejaba crecer una barba espesa. Si las zapatillas se me rompían, no las tiraba, no las cambiaba: las emparchaba. Ahora, desde la adultez, razono: ¿por qué razón lógica Sofía se hubiese parado o acercado a hablar conmigo, si hubiese pasado frente a la escalinata del teatro, o si me la hubiese cruzado en alguna de las innumerables caminatas por la peatonal? Este continuo fracaso en mi relación con las mujeres, lo corroboré justamente, semanas atrás, cuando volví a la peatonal y, ¡oh, sorpresa!, me crucé con Sofía. Obviamente, no la esperaba y eso me causó un poco de estupor. Fueron dos o tres minutos de una charla sin sentido y por compromiso. ¿Te casaste?, me preguntó como si eso fuese un paso ineludible en la vida del ser humano. No, contesté. Y no me quedó otra que continuar el diálogo: ¿Y vos? Sí, con Francisco, ¿te acordás? No me acordaba, tampoco me importaba. Creo que me dijo que tenía hijos, o hijas, no sé cuántos. Sofía miraba constantemente hacia los costados, como si la muchedumbre que iba y venía a nuestro lado la molestara, la agobiara. Y lo dijo por fin: Odio la peatonal. Jamás me gustó. Tanta gente me molesta… Empecé a sentir que mi estupidez, no solo adolescente sino de toda la vida, no podía ser mayor e indagué: ¿No venías cuando éramos jóvenes a pasear con tus amigas? ¡Jamás! Me parecía tonto venir a perder el tiempo entre tanta gente indiferente. Para pasear siempre encontraba lugares mucho más lindos e interesantes. ¿Acaso vos venías? Creo que cambié de color, tragué saliva y tartamudeé un mentiroso no, no me gustaba… Intercambiamos dos o tres oraciones más y llegó el beso de despedida en la mejilla.
Mientras Sofía sigue su vida con su marido y sus hijos, yo seguiré caminando hasta el día que me muera, los auriculares puestos con la música a full y la mente perdida en quién sabe qué deseos, o qué recuerdos, o qué mundos inverosímiles que, como siempre, se me ocurrirán. Pero quizás ya sea demasiado tarde para plantearme por qué razón siempre hice lo que no tenía que hacer.

martes, 4 de octubre de 2022

CHARLA




Javier estaba decidido a llevar adelante su plan. Hacía ya un tiempo que en su mente, atrapados como en una telaraña, sus pensamientos se mezclaban y lo inquietaban cada vez más. Se lo había propuesto, no podía flaquear.
El día del encuentro inesperado fue un martes y llovía muy despacito. Javier había aprovechado para salir a caminar, para despejarse un rato a pesar del clima hostil. Eran las dos de la tarde y se dirigió hacia cualquier lugar. Compró un diario, lo dobló, lo colocó bajo el brazo izquierdo y con las manos en los bolsillos siguió su caminata. Esperó hasta llegar a un bar cualquiera para abrir el diario. Café de por medio leyó sin ganas los títulos, miró algunas fotos y terminó en los chistes de la última página, que le parecieron estúpidos.
Miró a través del ventanal a la calle y vio correr el agua de lluvia cada vez con más intensidad. Su inquietud se debía a que tenía que prepararse muy bien para llevar a cabo el objetivo y sabía que no estaba actuando con la seriedad que el caso requería. Debía ponerse ya, sin pérdida de tiempo, a desarrollar un plan viable y posible. Pensó que hubiese sido bueno hacerlo con alguien, de a dos. Se podrían advertir con más facilidad las posibles debilidades y buscar las mejores opciones para actuar. Pero estaba solo. Angélica no lo hubiese acompañado, estaba seguro. La conocía muy bien. Debía planear un crimen para él justiciero y no debía pensar nada más que en eso. Cerró las grandes páginas del diario y fijó su vista en la calle pero con la mirada perdida. No observaba nada en particular.
Se le nubló la vista, pestañeó un par de veces y sacudió suavemente la cabeza. Entre el gris de la calle y la cortina de agua, advirtió la presencia de un joven de unos veinticinco años en la vereda del bar, parado —ventanal de por medio— frente a él. Lo miraba con detenimiento y lo incomodó un poco. Era flaco, alto, cuerpo erguido, cabellos claros y profundos ojos negros. No obstante, su aspecto era de dejadez, mejor dicho, de pobreza. Tenía barba de unos tres o cuatro días y fumaba. Javier lo miró por un instante y bajó la vista. Simuló estar leyendo el diario. A los pocos segundos vio cómo el extraño ingresaba al bar y se dirigía a su mesa. La incomodidad de Javier se acrecentó. Cuando lo tuvo frente a él notó que además de su aspecto andrajoso, vestía de una manera absurda.
—¿Puedo sentarme? —preguntó con voz ronca.
Javier lo miró e intentó reconocerlo. No abrió —no pudo hacerlo— la boca.
—No me conocés —dijo el joven mientras se acomodaba en una de las sillas, la que daba espaldas a la calle—. Yo tampoco te conozco, pero creo que te puedo llegar a ser útil.
Llamó al mozo y pidió un vaso de vodka. Javier doblaba y desdoblaba el diario mostrando su evidente nerviosismo. ¿Quién era ese descolgado? Se mostraba como si se hubiesen conocido desde hacía mucho tiempo y actuaba con gran naturalidad. Javier notó que sacaba de su sacón viejo un atado de cigarrillos. Le ofreció uno. No, gracias, al fin abrió la boca. No conocía la marca de los cigarrillos que fumaba. Eran importados, sin duda, y la etiqueta estaba escrita en un idioma que desconocía. Encendió uno, chupó profundamente y despidió el humo con gran ímpetu hacia el techo. Le trajeron la medida de vodka y la bebió de un trago. ¡Ah! A esta hora viene bárbaro, comentó. Javier no dejaba de mirarlo con desconcierto.
—Vos no me conocés… ¡Bah! No sé si no me conocés. Es cierto que es la primera vez que nos vemos… —sonrió irónicamente—. Sé que si te doy mil posibilidades para que adivinés quién soy, no te alcanzarían.
—¿Y quién sos? —se decidió al fin preguntar de mala gana Javier.
—Es difícil decírtelo así, de una sola vez. No me creerías.
—¿Y por qué no voy a creerte? Si ni siquiera te conozco… Decime que te llamás Juan de las Pelotas y te voy a creer.
—¡Ja! —pitó ahora suavemente y con tranquilidad.
—¿Y? ¿Quién sos?
—¿Querés que te lo diga? —preguntó ahora con seriedad, frunciendo el ceño y con su ronca voz de fumador.
Javier recién ahora comenzaba a advertir algo de misterioso en el desconocido. Pensaba que era algún trasnochado que no tenía nada que hacer y se había a sentado a hablar un rato. Era un tipo intrigante. Y el nerviosismo que sintió al principio, poco a poco se fue transformando en miedo.
—¿Quién soy? ¿Querés que te lo diga? Está bien, pero antes dejame decirte que estoy esperando a un amigo…
—Hay varias mesas desocupadas… —le dijo Javier con cara de qué me importa.
—No. Nos sentaremos acá, con vos, en esta misma mesa. Trataremos de conversar largo y tendido —dijo mientras sacaba un reloj de bolsillo antiguo—. ¡Cómo se demora! Somos dos tipos con una gran experiencia.
—¿Experiencia? ¿Experiencia en qué?
—Ya lo sabrás…
—¡Loco, cortala con tus intrigas! ¡¿Quién sos y qué carajo querés?!
—Comprendo tu malestar. Estoy siendo un poco tedioso, ¿no? Me estoy dando cuenta. Me voy a presentar y espero no ver una mueca de sonrisa en tu cara: soy Rodión Romanovich.
—¡¿Quién?!
—Rodión Romanovich. O Raskólnikov, como más te guste.
—¡Ajá! En versión argentina y después de la gripe… —contestó irónicamente Javier.
—Al menos veo que conocés mi nombre, que no soy un desconocido para vos. Sabía que lo tomarías de esta forma. Pero no estoy para bromas. Esta cita fue acordada con la mayor seriedad que el caso requiere.
Javier escuchó estas últimas palabras con un escalofrío que le recorrió el cuerpo entero. No alcanzó a comprender muy bien y, con ahora una incipiente timidez, preguntó:
—¿Cita?
—Sí, todo estaba preparado para reunirnos los tres, hoy, a esta hora y en este bar.
¿Los tres? ¿Raskólnikov? ¿Quién era el otro? Muchos eran los interrogantes que Javier se planteaba y no podía dejar de mirar con gran intriga a ese hombre extraño. Ya dejó de considerarlo un joven.
—¿Cómo que está preparada la cita si yo no sabía nada? —le cuestionó al tiempo que pensaba que hacía como diez años que no iba a ese bar y había entrado al mismo por casualidad.
—¿Te parece que no lo sabías? Sí, Javier, lo sabías. Si no, ¿qué hacés acá? De una u otra manera nos arreglamos para avisarte. ¡Pero cómo tarda!
Javier pensaba que no podía ser real lo que estaba viviendo. ¿Cómo todavía estaba escuchando a ese delirante sin decirle al menos…? ¿Sin decirle qué? ¿A quién estaba esperando? Pensó en pagar el café e irse. Llamó al mozo.
—Espero que no estés pensando en irte. Te puedo asegurar que no te conviene. Además, no te voy a dejar ir —dijo Raskólnikov, ahora con voz amenazante.
—¡¿Pero quién te creés que sos?! Si se me canta, me voy y chau. ¡Mozo!
—Te doy un consejo: no te vayas. Nosotros te podemos ayudar.
—¿Sí? —preguntó el mozo a Javier mientras se le acercaba.
—Eh… Tráigame otro café —dijo Javier sintiéndose derrotado y esperando la sonrisa burlona del presunto Raskólnikov que nunca llegó. Seguía expresando una seriedad absoluta.
—¿Ayudarme a qué? ¿Qué mierda querés? ¿A quién carajo estás esperando? —casi gritó Javier.
—Nosotros podemos ayudarte. Sabemos que estás planeando algo muy serio y no podemos dejarte solo.
—¡Pará! ¡Pará! Primero: ¿por qué hablás en plural? Segundo: ¿qué sabés vos si yo estoy planeando algo? Tercero…
—¡Ahí viene! —exclamó Raskólnikov interrumpiendo a Javier—. ¡Por fin!
Raskólnikov se corrió a otra silla para dejarle la suya al recién llegado. Era un hombre diez o quince años mayor que Raskólnikov. Un poco más alto y más robusto. Vestía modestamente. No parecía tan abandonado como su amigo. No sonreía. Estaba muy serio. Su proceder era muy duro.
—Raskólnikov… —pronunció el nombre de su amigo a manera de saludo y se sentó.
—Juan Pablo… —contestó Raskólnikov cordialmente pero siempre con gran respeto y distancia.
¿Juan Pablo?, pensó Javier. Espero que no sea un Papa, siguió con sus pensamientos, pero serio, sin esbozar una sonrisa, ya que podría ser tomada como una insolencia y parecía ser que el horno no estaba para bollos. Pero qué estúpido se sentía allí sentado entre dos chiflados que no sabía qué pretendían.
—Javier, él es Juan Pablo —dijo Raskólnikov a manera de presentación y el recién llegado hizo un gesto cordial con su cabeza.
—¿Juan Pablo qué?
—Juan Pablo Castel —dijo serenamente el nuevo integrante de la mesa—. El pintor que mató a María Iribarne.
Por más esfuerzo que hizo, Javier no pudo evitar la reacción y largó una gran carcajada:
—¡Ja! ¿No estaremos esperando ahora a Don Quijote y Sancho Panza, no?
Castel lo miró con gran disgusto y recriminó:
—¡Espero que a esa risa burlona no la utilices mientras elaborás proyectos serios!
Javier se contuvo ante el enojo de Castel. ¿Qué le estaba pasando? ¿Cómo tomar con seriedad a esos dos tipos tan ridículos como inexistentes? ¿Qué estaba esperando para irse? El mozo trajo el café a Javier y Castel hizo su pedido.
—Ginebra, por favor.
Javier revolvía su café mecánicamente, sin pensar en tomarlo, como cuando uno se rasca la cabeza sin motivo alguno, como esperando que suceda algo imprevisto. No sabía cómo actuar ni qué decir. Se trataría seguramente de una broma. Además, ¿de qué proyecto hablaban? Él jamás había hecho el menor comentario a nadie. ¿Y entonces?
—Sabemos de tu proyecto —dijo Raskólnikov.
—¿Qué proyecto?
Javier los miraba intrigado y con un miedo cada vez más atroz.
—Lo conocemos y por eso decidimos reunirnos con vos, para charlar muy bien sobre todas tus ideas y tus planes —explicó Raskólnikov—. Sabemos que tenés un temperamento bastante impulsivo y eso te puede llevar a la perdición.
—Exactamente —continuó Castel—. Los hechos, cuando se precipitan alocadamente, pueden ser funestos. No hablamos solamente de terminar en la cárcel después de cometido el crimen, porque como vos sabrás, Raskólnikov y yo terminamos adentro por propia voluntad y no porque nos hayan descubierto. Hablamos de no cometer el crimen y que encima te encierren.
—Creemos que tu mente está un poco excitada y no hay nada peor que eso para proceder. Sangre fría. Si no lográs tener sangre fría en tus venas, no podrás hacer las cosas como se debe.
—Raskólnikov tiene razón. Mientras sientas hervir la sangre en tus venas, no hagas nada riesgoso. La pasión y el instinto son demasiado peligrosos. Hay que usar la cabeza.
—Yo creo, Juan Pablo, que tendríamos que convencer a Javier de que esto que está viviendo, más allá de lo que él piense, es cierto. Mirale la cara, cree que somos unos farsantes.
—No te preocupés por eso, ya se le va a pasar. Más allá de su cara, creo que nos está escuchando con mucha atención. Lo importante es decirle lo que pensamos. Somos conscientes de que no podemos evitar nada, por lo tanto, nuestra voluntad es solo advertir. Es él quien en definitiva va a cometer el crimen.
—Totalmente de acuerdo. Espero, Javier, que nos hayas prestado atención, ¿no?
Javier asintió con la cabeza, no pudo hablar. No sabía si en realidad estaba escuchando a esos dos locos o si trataba de averiguar qué estaba pasando realmente.
—Nosotros estamos muy de acuerdo con las causas que te impulsan a matar —dijo Raskólnikov—. Yo también sentía odio hacia esa vieja usurera y la maté pensando en los demás, no solo en mí. No podía permitir que siguiera lucrando con el hambre de los pobres. Y la maté. Pero a sangre fría. Un hachazo en la cabeza y listo. Lo pensé y pensé mil veces. Es cierto que me daba miedo pero cuando me decidí a hacerlo, dejé los temores archivados en mi pequeño cuchitril. ¿Entendés?
Javier continuaba asintiendo con la cabeza, sin abrir la boca, clavando sus ojos en los de sus ocasionales compañeros de mesa mientras hablaban.
—No tenés que pensar en ningún momento en las consecuencias. O sí, pero para tratar de evitarlas. Que ellas no te hagan flaquear. Yo también tuve mis razones para matar a María y creo que cada uno siempre tiene —o busca— razones suficientes, justas o no, para obrar como le parezca. La decisión y la frialdad son buenas compañeras y difícilmente te harán fracasar.
—No te convocamos para sermonearte, para evitar un crimen ni para inducirte a cometerlo. Solo lo hicimos para que tomés la decisión con fuerza y coraje. Si vas a matar: frialdad, cálculo, precisión. Si no: coraje y valentía. Acordate: los héroes no nacen…
—Además —interrumpió Castel—, tené en cuenta esto: ni Raskólnikov ni yo nos arrepentimos de haber matado a nuestras víctimas. Una vez que lo hiciste, empezás a buscar justificaciones y te vas dando cuenta con el tiempo de que encontrás más de las que te imaginás.
—¡Tu causa es justa! —gritó Raskólnikov con el puño en alto.
Javier sintió un sacudón en todo su cuerpo. ¡Tu causa es justa!, le gritaba ahora una voz de ultratumba. ¡Tu causa es justa! ¡Tu causa es justa! Y sentía los sacudones constantes acompañados de gritos lejanos e ininteligibles. ¡Tu causa es justa! ¡Tu causa es justa!
Un frío intenso recorrió de pronto todo su cuerpo y un sacudón final terminó por hacerlo reaccionar.
—¡Javier! ¡Levantate! —le gritaba Angélica mientras lo sacudía y le sacaba la cobija de encima—. Son las once. ¿Hasta cuándo pensás dormir?
Javier la miró como pudo, sin poder abrir los ojos completamente. Tuvo que sacar la fuerza que no tenía de su alma para incorporarse. Maldijo por dentro y se sentó en la cama. Angélica le dio un mate.
—Tu vieja me dijo que desde las ocho te está llamando. ¿Te acostaste tarde?
Javier no contestó. Sorbió el mate hasta el ronquido final y comenzó a vestirse mientras trataba de ordenar su mente.

sábado, 29 de enero de 2022

EL OSO (Texto extra)


Hablo de cosas que existen,
Dios me libre de inventar cosas
cuando estoy cantando.
(Pablo Neruda)


El cinco de noviembre de mil novecientos ochenta y dos Felis Nasal llegó en un tren extenso y oscuro a la Base de Infantería de Marina Baterías, ubicada en la Base Naval Puerto Belgrano, al lado de Punta Alta. No llegó solo sino junto con unos cientos de conscriptos como él, cabizbajos y asustados.
El cuatro de octubre había comenzado la pesadilla en su ciudad natal y al otro día en el CIFIM (Centro de Instrucción y Formación de Conscriptos de Infantería de Marina), cerca de La Plata. Ese primer mes había sido caótico. Supo luego de estar allí por qué lo llamaban «el infierno verde». Entre gritos, maltratos sicológicos, corridas y ejercicios absurdos, su delgadez se había acentuado. La extrema actividad física y el mal comer habían marcado no solo su cuerpo sino también su cara y su ánimo. La cabeza rasurada había dejado al descubierto sus orejas, a las que el sol y el frío seco les habían dejado huellas: una ampolla al lado de la otra. Había transcurrido un mes y ya se había acostumbrado a levantarse a las cinco de la mañana a los gritos, a lavarse los dientes con tres gotas de agua en diez segundos, a mear pero no todo lo necesario porque no le daban tiempo, a marchar al compás de sus compañeros como manso rebaño de corderos, a obedecer, a callar y a bajar la cabeza.
Les habían dicho que en su nuevo y definitivo destino las cosas serían diferentes. Y a simple vista le pareció que así sería. De un verdadero «infierno», donde todo era yuyo seco, tierra árida y sol calcinante, lo habían destinado a un lugar que se caracterizaba a simple vista por su gran arboleda, sus edificaciones pintadas prolijamente de blanco, con tejas inglesas y jardines con césped bien cortado: prolijidad y limpieza casi perfecta. Además, la brisa proveniente del mar hacía presentir que no se encontraría demasiado lejos de sus olas. Los gritos y las corridas no cesaban pero al menos sintió que el ambiente podría llegar a ser un poco más placentero.
Con los grandes bolsos marineros al hombro los condujeron a la cuadra, inmenso galpón/habitación que sería en el futuro su dormitorio comunitario. Les asignaron su cama/taquilla en cuchetas triples y les dieron diez minutos para que acomodasen su ropa e hicieran la cama. Su mente se relajó un poco ya que era la primera vez desde que lo habían incorporado al servicio militar que le daban diez minutos seguidos para organizarse sin que le gritaran al oído que se apurase. Por algunos segundos pensó o intentó imaginar cómo serían los próximos trece meses que aún le quedaban por vivir en ese lugar.
Antes de que los diez minutos se cumplieran escuchó un nuevo grito:
—¡Atención!
En milésimas de segundos todos los conscriptos dejaron de hacer sus cosas y salieron al pasillo como rayos para ponerse en posición de firmes y escuchar al dueño del grito. Era un cabo —ya había aprendido a leer las jinetas— que avanzaba por el pasillo con cara dura y desafiante. Miraba uno a uno a los conscriptos que, sabían, no debían mirar a la cara al superior. Pero siempre hay alguno que no recuerda las reglas y sin mala intención las infringe. La reacción no se hizo esperar:
—¡Qué me mira, conscripto, ¿le gusto?!
Se escuchó algunas risitas casi imperceptibles que duraron no más de dos o tres segundos y el cabo continuó el recorrido. No habrá tenido más de veinticinco o veintiséis años, delgado, cutis blanco y cabello bien negro y abundante, demasiado largo como para un militar. De pronto, lanzó un grito a manera de pregunta:
—¡¿Alguien sabe escribir a máquina?!
Sintió un escalofrío y recordó todas las recomendaciones de los mayores y de los que ya habían tenido la experiencia de hacer la colimba. De todas las actividades que le podían tocar en suerte desempeñar durante el servicio militar, convenía siempre la de chofer, porque así se evitaban los ejercicios físicos y la preparación militar más pesada. En ese momento lamentó el no haber aprendido a manejar nunca. A la cocina le convenía ir solo si quería no pasar hambre, pero suponía que el trabajo de pelapapas además de ser muy monótono, seguramente sería igual de cansador. Le habían advertido además que si preguntaban quién sabía manejar la máquina, no dijera nada, porque era el viejo chiste por el que te mandaban a cortar el césped durante horas. Pero ahora le había parecido haber escuchado «escribir a máquina». La cuestión cambiaba y él sí que lo sabía hacer… y rápido. Había aprendido hacía varios años a pegarle a las teclas de la vieja Olivetti de su padre y lo hacía con bastante habilidad. Pensó que la pregunta se dirigía a buscar conscriptos para trabajar en una oficina. Sabía que para él sería bueno porque no trabajaría a la intemperie y además le gustaba la idea de estar detrás de una máquina de escribir y no manipulando un fusil, una escoba o un cuchillo para pelar papas. No sabía si levantar la mano, si adelantarse un paso o gritar «¡Yo sé!». Pero se reprimió porque nadie lo hacía y temía que sea una broma del militar, quien con voz ronca y más volumen insistió:
—¡¿Es que nadie sabe escribir a máquina, carajo!?
Uno de la punta se animó a balbucear un tímido «Yo». El cabo le clavó la vista y gritó:
—¡Yo, ¿qué?!
—¡Yo, cabo —contestó un poco más decidido el conscripto.
—¡Carrera march afuera!
Y el colimba salió corriendo como si hubiese visto la libertad al fondo del pasillo. Entonces Felis Nasal se decidió:
—¡Yo también, cabo!
El cabo estaba de espaldas, giró y preguntó:
—¡¿Quién abrió la boca?!
Se arrepintió inmediatamente de haberlo hecho, pero ya estaba jugado:
—¡Yo, cabo!
Lo miró serio y dijo:
—¡Bien! Así me gusta... ¡Carrera march afuera! ¡¿Quién más?!
A los cinco minutos eran cinco conscriptos esperando afuera de la cuadra la salida del cabo y con la incógnita de qué pasaría de ahí en más.
—¡Firmes!
Cinco estatuas.
—¡Alinearse uno atrás del otro!
Corridas cortas, nerviosas y veloces.
—¡Por orden de estatura, estúpidos!
Se miraron y midieron unos a otros y formaron nuevamente.
—¡Pero no! —se ofuscó el cabo—. ¡De menor a mayor!
Nueva corrida, ahora al revés.
—¡Firmes! ¡De frente, march!
Fueron desfilando hacia el este, hacia la plaza de armas. Eran cinco conscriptos coordinados pero inseguros, cabizbajos y vergonzosos.
—¡Vista al frente! ¡Saquen pecho, colimbas! ¡Un-dos-tres-cuatro, izquierda-derecha-izquierda!
Llegaron a un gran edificio cuyos frentes estaban recién pintados de un blanco inmaculado, tenía veredas anchas y césped con rosales florecidos.
—¡Al-to! ¡Descansen!
Los hizo ingresar a una gran oficina. Varios escritorios con máquinas de escribir, varios ficheros y muebles metálicos. El cabo ubicó a cada uno en un escritorio, frente a una máquina de escribir que ya tenía colocada en su carro una hoja en blanco.
—¡Cuando les diga ya, escriban algo durante cinco minutos!
Los conscriptos se miraron desconcertados. El cabo advirtió el gesto. Siempre con voz elevada aclaró:
—¡Cualquier cosa! ¡Inventen! Escriban sus datos, lo que piensan... ¡Algo!
El desconcierto siguió pero más disimulado.
—¿Preparados?... ¡Ya!
Los primeros dos o tres segundos reinó el silencio.
—¡Escriban, carajo!
Y el sonido de las teclas comenzó a invadir la oficina. Tímidamente, pero comenzó. El cabo, con sus manos agarradas por detrás, se distrajo mirando hacia al exterior a través de un gran ventanal. Pero volvió enseguida la vista porque advirtió alguna anormalidad.
—¡¿Qué le pasa, conscripto?! —le espetó a un morochito tímido que no había tocado aún las teclas.
—Es que yo no sé escribir, cabo...
—¡¿Cómo?! ¡¿No sabe escribir a máquina?!
—No, cabo... No sé leer ni escribir...
El cabo cambió de color. Pegó un golpe de puño al escritorio que tenía más cerca y lo fulminó con la mirada. Trató de calmarse y suspiró profundamente.
—¡Y me puede decir por qué carajo dijo que sabía escribir a máquina… y para colmo fue el primero!
El colimba se sinceró:
—Es que nadie decía nada y no quería que se enoje y nos haga bailar a todos...
Lo hizo levantar y acercar.
—¡Salto arriba, colimba!
Y mientras los otros cuatro seguían tecleando nerviosamente, el morochito rebotaba contra el piso cual muñeco de goma.
Cumplido el tiempo, el cabo ordenó dejar de teclear, ordenó que le pongan el nombre a cada hoja y las retiró de las máquinas. Ordenó al morochito que descansara, se sentó en uno de los escritorios y comenzó a leer una por una. Cada tanto levantaba la vista y miraba a los conscriptos como buscando al responsable de lo escrito. Se paró y con una de las hojas en su mano, preguntó con calma, con mucha calma que evidentemente simulaba ira:
—¿Quién es Felis Nasal?
El nombrado levantó su mano sin decir una sola palabra pero con la tranquilidad de haber escrito bastante bien y —creía—, sin errores.
—Póngase de pie, por favor —solicitó el cabo que seguía hablando con una calma preocupante. Obedeció. Y el de las jinetas, sacando pecho y modulando un poco la voz, leyó en voz alta, para que todos escuchasen:

Yo vivía en el bosque muy contento,
caminaba, caminaba sin cesar.
Las mañanas y las tardes eran mías,
a la noche me tiraba a descansar.

Pero un día vino el hombre con sus jaulas,
me encerró y me llevó a la ciudad.
En el circo me enseñaron las piruetas
y yo así perdí mi amada libertad.

La afectación y el desprecio por lo que leía, hizo que Felis Nasal presintiera un posible enojo. Y no se equivocó.
—¡Salto arriba, colimba! —gritó el cabo casi con furia. Y mientras el copista de Moris chocaba las rodillas contra su pecho sin parar, el recitador —con su voz irónica y aflautada— continuó leyendo:

«Conformate —me decía un tigre viejo—,
nunca el techo y la comida han de faltar,
solo exigen que hagamos las piruetas
y a los niños podamos alegrar».

Felis Nasal no dejaba de rebotar contra el piso, ojos cerrados, dientes apretados.

Han pasado cuatro años de esta vida,
con el circo recorrí el mundo así.
Pero nunca pude olvidarme de todo,
de mis bosques, de mis tardes y de mí.

Sus piernas comenzaron a flaquear. Las rodillas ya no llegaban al pecho y los saltos eran cada vez más débiles y espaciados. El cabo caminaba con el papel escrito frente a sus ojos, sosteniéndolo con los brazos extendidos como si tuviese entre sus manos un añejo papiro.

En un pueblito alejado
alguien no cerró el candado.
era una noche sin luna
Y yo dejé la ciudad…

Ahora piso yo el suelo de mi bosque,
otra vez el verde de la libertad.
Estoy viejo pero las tardes son mías,
vuelvo al bosque, estoy contento de verdad.

Los compañeros sufrían con él y en silencio rogaban que el cabo no hiciera lo mismo con sus escritos.
—¡Descanse!
Felis Nasal dejó se saltar de repente, buscó estabilidad y le temblaron las piernas.
—¡Firme!
Quedó erguido pero le costó lograr una total inmovilidad.
—¡El señorito es poeta! —ironizó el cabo evidenciando el total desconocimiento de la letra de la canción.
El conscripto estaba serio y miraba al frente, a la nada. Sus compañeros apenas esbozaron una sonrisa. El cabo se le acercó y a pocos centímetros de su cara, le gritó:
—¡Acá no necesitamos poetas sino hombres con los huevos bien puestos dispuestos a defender la Patria, carajo!
Comenzó a resignarse a no pasar los próximos trece meses en una oficina sino barriendo calles, limpiando baños o pelando papas. Al menos había hecho el intento.
—Y no tuvo un solo error, carajo… —masculló el cabo, como aceptando que el conscripto poeta no era tan malo para la máquina—. Bien… bien…
Los demás no habían hecho un mal papel tampoco y seguramente habían escrito palabras menos enojosas para una mente militar en pleno 1982.
El cabo abandonó la oficina sin decir una sola palabra y los cinco conscriptos quedaron en silencio. Se rieron cuando el morochito dijo jocosamente que ni su nombre sabía escribir, pero los otros enseguida comprendieron su triste realidad. Sin la presencia del cabo estaban más distendidos y aprovecharon para conocerse un poco. No obstante, el relax se terminó a los pocos minutos. El cabo volvió a aparecer en la oficina con la misma cara adusta de siempre. Los cinco conscriptos se pusieron firmes y quedaron en silencio.
—¡Conscriptos: bienvenidos a la Sección Secretaría de la Base! —y, sorpresivamente, sonrió.
Los cinco jóvenes se animaron también a una sonrisa, menos el morochito, porque no sabía cuál sería su destino.
—Y usted, también —le dijo—. Desde hoy será el nuevo ordenanza de la Sección.

2014